Rincón de la Poesía 

Manuel Mejía Sánchez
Ciudad Real







El Cementerio, eterna vivienda


 
En este lugar silente
donde reina la armonía,
el cuerpo a descansar va
tras deambular por la vida.
Aquí se acaba el orgullo,
se entierra la fantasía,
el poder y la fortuna;
y la pobreza enemiga
se igualan en la necrópolis
interior, aunque distinta
sea la exterior fachada,
una lápida bonita
de mármol bien cincelado
que colocó la familia.
La verdad es y bien cierto
que el cuerpo al final termina
volviendo a ser nuevo polvo
que el viento lo espolvoriza.
No importa que joven seas
y que holgadamente vivas,
aquí te puede la muerte
traer, aunque te resistas,
¡porque su fuerza es tan grande
que no hay quien a ésta le impida
llevar a la sepultura
a quien le tienda la vista!
La muerte no reconoce
sexo ni raza, ni días
cumplidos aquí en la tierra,
ella tan sólo se guía
por el MANDATO SUPREMO,
que es quien da y quita la vida.

Aquí yace Don José,
a este otro lado, Aniceto;
y ahora ya nada discuten
igual que antes en el pueblo.
La muerte los igualó,
limó todos sus defectos,
hizo de Juez imparcial
para cerrar el proceso
de tantas desavenencias
y de tantos desacuerdos.
En noches de luna clara
se vuelve un mar de reflejos
esta gélida mansión,
este recinto simétrico
que está repleto de mármol,
que con su excesivo peso
hunde la tierra y presiona
hasta que parte los huesos
de los que yacen en él,
como José y Aniceto.
Nadie que more aquí, sale,
nadie riñe, por supuesto;
y nadie a otro le pide
si con él tubo algún débito.
Hay quien aquí vino a hombros,
otros en coche vinieron,
pero esto muy poco importa
porque ahora ya da “lo mesmo”;
una vez en el cuadrado,
coto, imperio del silencio,
todo sepultado queda
bajo el frío CEMENTERIO…











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