• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad

    Pesadilla

    por Susana Maroto Terrer



Llevo dieciocho rústicos años en la piel, marcándome como un tatuaje, y cuatro intensos años viviendo en la ciudad. Bajo a la calle: la fragancia que descompone mi olfato es un aire contaminado y sucio; la muchedumbre, en un sofocante ahogo de prisa, serpentea por las calles; multitud de colores, de razas, de estilos penetran en mis ojos, que caminan de estímulo en estímulo. Las noches son un locus terribilis, en la oscuridad siento miradas acosándome y el miedo perpetúa mi soledad y hiela mis venas.

Añoro el sueño bucólico en el que dormía años antes: aquella juventud rodeada de ángeles donde la ley era la música, donde mi lecho era un nido de hierba en el que florecía el más lindo sueño y mi techado eran las nubes. No había ruido ni maldad, la música armonizaba las pasiones y las convertía en Amor.

El viento helado azotaba mi rostro sin piedad, paralizándome los dedos de las manos y los huesos, que crujían a cada paso. Tanto se metía en mis venas que sentía el mundo girar a mi alrededor. Todo me daba vueltas, creía que me desmayaba, y ¿qué pasaría entonces? ¿Me recogería alguien del suelo, alguien mostraría la solidaridad, supuestamente innata al ser humano? Pensé que no. Siempre pienso que no. Creía que me dejarían morir helada en el angosto y frío suelo.

De repente estaba en mi cuarto, compartiendo coloquio con mi hermana y mi prima. Las palabras de mi prima sí que me helaron el corazón: “fue Lucifer, es Lucifer quien te busca, quiere engendrar la fuente de todo mal en tu vientre, pero sólo podrá hacerlo mientras duermes y únicamente si lo haces boca arriba y con las piernas estiradas”. Nunca antes las palabras me habían hecho huir. No podía dormir, aquella preocupación me arrebataba la mente y me encogía el corazón. Pasaba las horas con los ojos abiertos como platos con la esperanza de que ningún ser rojo y cornudo apareciera en mi habitación dispuesto a preñarme, a depositar en mí la semilla del mal, a despojarme de lo único bueno que yo tenía: esa bondad y ternura con que me engendró y crió mi madre. Pasé tres días sin dormir y al cuarto ya me pesaban demasiado los párpados. Preveía que ocurriría, que cerraría los ojos y me quedaría plácidamente dormida y no me enteraría de cómo ni de si ese asqueroso ser me invadiría en la noche y conseguiría su propósito. Lo sentía, sentía cómo mis ojos se cerraban poco a poco, a cámara lenta, y yo, impotente, no podía hacer nada, sólo dejarme llevar al mundo de los sueños en un mar de angustia. Ya estaba yo dormida, no debía ser profundamente como los bebés, pues era consciente de que algo iba mal, empezaba a sentir frío y un vacío dentro de mí… Aquello me recordaba a los dementores que aparecían en Harry Potter, seres repugnantes que absorbían el alma de las víctimas arrebatándolas toda la alegría, y que el famoso niño mágico combatía convocando un patronus. ¡¡¡Pero yo no sabía convocar patronus!!! Así me sentía yo, como sin alma, empapada de desesperación. No podía evitar aquella situación, me hallaba en un mundo de sueños en que yo únicamente era testigo. Me sentía como tentada por el demonio, como poseída, noté cómo mis piernas se estiraban paulatinamente. Notaba que mi cuerpo temblaba espasmódico y desperté. Al abrir los ojos, dos lágrimas corrían hacia mi boca en carrera, una más rápida que la otra, bajando por mis mejillas. Cuando volví en mí, ya no era la misma, nunca volví a ser la misma, no volví a reír jamás. No sabía qué hacer ante tal desesperación. Corrí a contárselo a mi prima: “te lo advertí”, me dijo. ¿Te lo advertí? ¿Qué significaba eso? ¿Creía que yo podría haber evitado todo aquello, creía que podría aguantar toda una vida sin dormir para evitar que aquel monstruoso ser lograra su objetivo? ¿De verdad tenía la esperanza de que yo, yo que soy nadie, ganara cualquier enfrentamiento contra Lucifer? ¡¡Qué fácil!! ¿Qué haría ahora? Huí…

El frío se metía en mis huesos, en cada músculo, como mil cristalitos punzándome la piel. Ya no sentía, ni veía, ni oía, pero noté cómo alguien cargaba mi cuerpo. Debía ser eso, porque un leve calorcito me aliviaba por todas partes. Desperté en mi habitación como cualquier día normal y quería ir a ver a mi prima y preguntarle sobre todo aquello.

“¿Qué me estás contando?, lo habrás soñado, prima”.

¿Soñado? Era tan real… ¿cómo iba a ser solo un sueño?

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