• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (2)

    El Doctor Petrov y el Viento

    por Ricardo Iribarren


Por un desafortunado disparo en la cabeza, producto de la paranoia del gobierno militar, Irma La Morte, conocida y premiada locutora de radio, había caído sin vida. El deceso se produjo unos segundos después que la mujer introdujera el brazo en la espalda del escritor más famoso del momento. Más precisamente, la conductora murió mientras apretaba golosamente el corazón del hombre y en su carácter de difunta, la mano que sostenía la noble víscera contaminó al literato con la muerte, y ahora contaba tan sólo con tres jornadas de vida.

Ganador de importantes premios por sus relatos y novelas, el escritor fue un unicornio al nacer. En su infancia, la doctora Hannah Kobayashi, lo llevó al Japón donde lo sometió a una completa Cripsis , que consistía en una compleja adaptación para que el resto de los hombres no pudieran verlo en su naturaleza cuadrúpeda, mezcla de elefante y caballo, con el enorme cuerno tricolor emergiendo de la frente. Ajustando sutiles diferencias de luz y de sombra, combinando los colores de sus ropas, ideando un costoso maquillaje y sometiéndolo a ajustes de patrones, sonidos y olores en el cuerpo, logró modelar su aspecto como el de un hombre común. El único detalle que no logró disimular, fue el hueco verdoso en su espalda; el punto vulnerable por el cual podían abordarlo y llegar hasta el corazón; la oquedad por la que entrara el puño de Irma La Morte poco antes de morir.

La doctora Kobayashi había fallecido hacía tres años, y el escritor tenía el problema de encontrar quien reparara el desgaste del camuflaje producido por los años. La otra alternativa era revelar su verdadera naturaleza y aceptar ser tratado como un fenómeno hasta el final de su vida.

En el lecho de muerte, la anciana médica había mencionado al doctor Petrov, un galeno solitario, amigo del buen vivir que se alojaba en un enorme caserón de los suburbios. El escritor nunca había hecho nada por verlo, pero dada la grave situación que debía afrontar, aquel mismo día lo llamó reclamando una cita. Al escuchar el tono de alarma que vibraba en el pedido, el médico accedió a recibirlo.

En horas de la tarde el gobierno militar levantó el toque de queda y el literato pudo caminar hasta la antigua mansión de las afueras, donde vivía doctor Petrov. Al llegar supo que en el jardín se suspendía la pesadez del mundo. Duendes, dioses, demonios, hadas, pululaban en él y el aguzado sentido de unicornio le permitió detectarlos.

Un criado contrahecho lo condujo a un pequeño cuarto y le indicó que debía someterlo a una “Desinfección de mundos”. Con un dispersor, lanzó sobre él un poderoso vapor y su voz gutural, explicó que cristales diminutos devorarían las chispeantes y minúsculas galaxias que la fuerza de la costumbre, las decepciones cotidianas y la presencia del otoño depositaran en el traje y en el cuerpo del visitante. Al terminar, el jorobado saludó con una reverencia, recogió en un frasco el polvo repleto de mundos, ordenó al escritor que se vista y lo condujo a una sala de paredes blancas, sin cuadros ni ornamentos, con varios cojines rojos en el piso. En uno de ellos estaba sentada una muchacha, con los ojos cerrados en actitud de meditar; pies descalzos, vestido tenue de color natural y largos cabellos que llegaban al piso de madera. Un suave olor a frutas emanaba del cuerpo, llenando la habitación.

El doctor Petrov llegó unos minutos después, caminando con gestos deportivos. Barba cerrada y ojos penetrantes; dejaba tras de sí una nube de Givenchy y vestía un elegante traje de Pierre Cardin y zapatos de Chanel.

Luego de las presentaciones de rigor, pidió al visitante que se siente en un cojín junto a la muchacha. Él hizo lo mismo y la joven quedó en el centro de ambos

- Doctor Petrov, he nacido como Unicornio y recibí la Cripsis de la Doctora Kobayashi en Japón. Hasta ahora he evitado que una mujer me toque y me quite la fuerza, ya que me he reservado puro para la literatura. Ayer fui atacado por una fémina invasiva que penetró el espacio verde de mi espalda y la mataron mientras apretaba mi corazón. El triángulo adquirió un tono azulino, propio de los muertos, pero ahora se ha cerrado y no hay huellas de él. Quiero que lo dibuje otra vez y que me ayude a ser tocado por una mujer viva y de ese modo detener el proceso de muerte que ya lleva un día y una noche.

El doctor Petrov sacó de su chaqueta una pipa de opio, a la que encendió aspirando una larga y blanca bocanada.

- Es difícil lo que pide. En un ritual complicado, debemos esperar la próxima luna llena cuando en el lago se forme una espuma llamada Adoriza que recibirá a la esfera de Demócrito en el momento de surgir de las aguas. Es lo que ocurrió con el unicornio Esdelpato hace quinientos años más o menos. Además, lo que se impone antes que nada es saber quién es el dueño de su agonía.

- No le entiendo

- Ninguna agonía de unicornio es casual. Todas son provocadas. Siempre hay alguien detrás y si logramos identificarlo a través de complejas ceremonias, la agonía, sea cual fuere su gravedad y causa, puede detenerse.

- Ahora es usted el que no me entiende, doctor. Me habla de rituales largos y complicados, de la próxima luna llena, pero moriré en pocas horas si no recibo el toque de una mujer.

El médico dejó su pipa, se inclinó hacia el escritor y observó sus pupilas.

- Tiene razón al afirmar que morirá pronto, aunque los unicornios que he conocido han manifestado un desprecio casi deportivo por la vida. Si no es su caso, deberá evitar los manejos de la organización Eunuperia, que se encarga de quitar las vísceras de los Críptidos y transformarlas en flores para convertir la noche en día y el día en noche, para lograr el amor de las Ereneidas que viven en las montañas del norte y que nadie ha visto; o simple y rastreramente para moler su cuerno y con el polvo ofrecer a los hombres la potencia sin límites y la inmortalidad. Quizá ya se hayan informado de su próxima muerte y andarán tras sus huellas. También debe saber que en el actual gobierno militar, ocupan un papel muy importante.

El doctor Petrov se extendió sobre los vínculos entre aquella organización especializada en “Necrofilia de Unicornios” y la dictadura que en esos años asolaba al país. En medio de ambos, la muchacha, inmóvil y silenciosa, despedía un leve olor a mandarina y su piel se adivinaba increíblemente suave. Un rizo caía por la oreja y llegaba hasta la boca.

- Yo quiero seguir viviendo, doctor Petrov -interrumpió de pronto el escritor- Lo deseo desesperadamente y debe ser ella la que me toque.

- ¿Ella? ¿Se refiere a Mika?

- Es la única mujer en el cuarto y está junto a nosotros.

Ausente por completo, la joven mantenía los ojos cerrados y el ceño fruncido, como concentrada en sí misma.

- Es imposible -repuso Petrov- Ella no es humana.

- Ya sé que no es humana, que la trajo de alguno de sus mundos. Por eso quiero que sea ella la que me devuelva la vida. Las féminas de este planeta son demasiado estúpidas.

- En eso estoy de acuerdo, mi querido unicornio, pero debo decirle que las reacciones de esta niña son impredecibles. Diez años me costó llegar al mundo que habita; decirlo suena fácil, pero hay que concentrarse en las pequeñas incomodidades producidas cuando uno está inmóvil y en silencio; los gorgoteos del vientre, el escozor en algunas partes que hay que mantener sin aliviar, como si se tratara de oro líquido; el pequeño dolor que se produce cuando plegamos las piernas en la posición en la que ella se encuentra ahora. Sin contarle los ayunos y la esquizofrenia autoinducida. La mañana en que pude llegar a su universo, la encontré convertida en un soplo entre dos arces. Estaría horas contándole los sacrificios que debí realizar para darle esta humana forma que tiene ahora.

- Ella tiene oídos. Nos escucha. Puedo pedirle que me toque.

- Recuerde que primero debo dibujar el triángulo en su espalda. Si lo toca así, sin más, quizá no produzca ningún efecto.

- Claro, pero usted me dice…

- Sé que su problema es de vida o muerte y que usted no desprecia la vida como sus congéneres -el doctor Petrov se incorporó arremangando la camisa- tengo una nueva pintura a la que elaboré con aleteos de ratas pertenecientes a un mundo donde los roedores pueden volar. Me gustaría que la pruebe.

Al asentir con mirada suplicante, el doctor Petrov se incorporó tomó al escritor de los omóplatos, sujetándolo de la piel como suelen hacer las madres de los perros con sus crías. En ese momento la chica abrió los ojos; eran azules y almendrados. Miró a los hombres con una súbita expresión de asombro y casi enseguida volvió a cerrarlos, pero coincidiendo con el gesto, un resplandor ondulado recorrió muros y ventanas y una intensa brisa llegó de las paredes..

- ¡Ángeles reos disfrazados de mariposas! ¡Ángeles mariposones!, ¡vengan a mí!

El doctor Petrov declamó con voz atiplada. Si bien el conjuro parecía casual, había un exquisito cuidado en el timbre y la entonación. A la tercera vez que lo pronunció, cuatro alados niños rococó surgieron de los rincones del techo de la habitación y planearon sobre la espalda del escritor. Un agujero se abrió en el cielo raso y por allí descendió un resplandor. El doctor Petrov pronunció un poema, con gestos exagerados y voz afectada.

"Dijo el unicornio macho a su hijo:
Recuerda que la agonía es una perla negra.
La verás en el comienzo de la noche
tan sólo unos segundos.
La verás en los lagos helados del invierno
una pequeña eternidad.
Luego la sentirás como un cordón alrededor de tu cuello
que te asfixiará y te protegerá
mientras los labriegos rompen los terrones de la primavera
y un barco encalla en la lejana luna nueva”.

Luego rasgó la camisa del hombre unicornio a la altura de los omóplatos, dejando la espalda expuesta a las aves que entraron atravesando la piel y los huesos con un leve siseo.

Casi enseguida, la luz se descompuso en prismas verdosos que flotando, se alinearon de a uno en la espalda del escritor hasta formar el triángulo verde En el cuarto la brisa se transformó en viento; sacudió los largos cabellos de la muchacha y arrancó tenues imágenes de la misma que estrellaron contra las paredes. Con cada soplo, los muros se cubrían de sutiles gelatinas de colores.

- Listo, amigo. Tuve que romperle la camisa, ya que el ritual exigía ese grado mínimo de violencia. Recuerde que en sus células había una nueva sociedad encerrada en la vieja, y yo fui su partero.

- ¿Tengo el triángulo?

- Lo tiene. Lo tiene. Verde y refulgente como una lechuga radiactiva. Escúcheme bien: al salir debe mirar el cielo. Verá una nube rosada con un cordón violeta. El mismo marcará la duración de su vida. Cada tramo de cordón que se agote, indicará que su existencia está cerca del fin. Antes que el violeta desaparezca, debe encontrar una mujer.

- ¿Y ella qué? -volvió a señalar a la chica llamada Mika- Creo que puede tocarme, Tiene brazos. Tiene manos. Con eso se solucionaría todo y su trabajo quedaría completo.

- Ya le dije que no es humana

El viento se hizo tan intenso que el escritor tuvo que sostenerse del pomo de la puerta. El rostro del doctor Petrov se torció a un costado y la voz se alteró con el ímpetu de las ráfagas.

- Le repito, no es humana. A ver si me cree ahora…

Tomó a la muchacha de los cabellos y la levantó sin dificultad. Se había convertido en un dibujo sobre un cartón. El doctor la sacudió a un lado y al otro hasta que un fuego súbito se encendió a la altura de los pies y ardió despidiendo un penetrante olor a papel quemado.

- Se la acaba de llevar el vacío que a esta hora empieza a soplar en la habitación. Volverá a las cinco, cuando sirvamos el té. Le aconsejo que se vaya antes que el viento lo lastime…

El escritor levantó una de sus manos y observó que la epidermis se despegaba, formando pequeñas nubes de células. Petrov dijo algo más, pero su voz se convirtió en un ulular creciente. Su mejilla derecha fue arrancada por el viento. Dientes y huesos quedaron al descubierto; el hombre unicornio escapó del fragor del vacío y ya en el pasillo vio que la habitación s se levantaba en el aire y flotaba unos segundos.

Una vez en la calle, caminó jadeando por la acera, sintiendo el perímetro caliente del triángulo entre las clavículas. Una mujer debía tocarlo en las próximas veinticuatro horas. De no ser así, su visión de unicornio le mostraba una tumba recién abierta en el cementerio del sur. 

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