• Alfonso Estudillo

    La Voz de Arena y Cal

    El imperio de los granujas

    por Alfonso Estudillo


El viceprimer ministro y ministro de Hacienda japonés, Taro Aso, declaró días atrás públicamente "que hay que dejar morir a los ancianos para liberar al Estado de los gastos en asistencia médica". Y remachó su aserto diciendo "que es imposible resolver el problema sin dejarles morir lo más pronto posible".

Tan sorprendente actitud -aunque decirlo públicamente se sale de toda regla- no puede extrañarnos en absoluto, toda vez que es una decisión política, y los políticos, en general y salvo honrosas excepciones, como todos bien sabemos, tienen tres metas u objetivos fundamentales desde el mismo momento en que decidieron hacer de su ideología una profesión.

El primer objetivo es hacer que, en todo momento y a los ojos de quienes les designaron para el cargo, las misiones que se les encomienden sean brillantes y no dejen lugar a dudas de que son ejecutadas con la mayor eficacia. Para ello, para conseguir esos objetivos, no pueden dejar que se interpongan barreras ni cortapisas de ningún tipo, Si son necesarios sacrificios, se hacen, si hay que prostituir principios, se prostituyen; si hay que ser ciego, sordo y mudo, se pone a trabajar el ingenio y la inteligencia para ser el mejor imitador del distraído, del tonto y del muerto. Y si las soluciones a adoptar pasaran por causar deterioro o menoscabo en los derechos, haciendas o, incluso, la vida de los administrados (como en el ejemplo citado), se recurre a los argumentos clásicos, como el de los "inevitables daños colaterales", o a filosofías como la de Maquiavelo y se afirma que "el fin justifica los medios". Todo ello amparado por los inefables brazos e irrebatibles argumentos de "por el bien de la mayoría".

El segundo gran objetivo es mantener el puesto a toda costa. Y, aunque ya la consecución del primero lleva aparejada enormes posibilidades para esta continuidad -y le son aplicable la mayoría de sus normas-, se debe ser consciente de que hay que potenciar aún más la inteligencia y el ingenio para no ser ni el muerto ni el tonto ni el distraído ante las intentonas de los que vienen detrás abriéndose camino a codazos y bocados. Por supuesto, es imprescindible mucha estancia y presencia ante los ojos del jefe, estar siempre de acuerdo con lo que éste diga o piense y, dentro de una exquisita prudencia, aflorarle muchas veces la sonrisa por medio de bien estudiados y espontáneos halagos. Sutilezas...

El tercer objetivo -por extraño que les parezca, con menos enjundia o importancia que los dos primeros para muchos de estos "profesionales"-, es hacerse con una abundante y saneada hacienda que permita llevar una vida decorosa y le ponga sus buenos cimientos al futuro. Claro que -como nos demuestran cada día- no todos se conforman con el poder y la gloria. Los menos dados a la filantropía no dudan en meter mano donde los dineros y arramplar con todo cuanto se tercie, llámense comisiones, chantajes, cuentas trucadas o cualquier otra figura que le permita preparar sus bien repletos paquetes para Suiza. Hábiles en grado extremo e ingeniosos hasta casi la perfección, la mayoría de ellos suelen ejecutar su quehacer durante años sin que nadie descubra de qué parte de la chistera saca el mago sus conejos. Pero entre sus filas también están los cuatro tontos del culo que, por descuido, soberbia o exceso de peso en el equipaje, se dejan trincar. Son apenas unos miles cada año -la puntita del iceberg-, pero son los más temibles y más repudiados tanto por los ciudadanos como por los propios compañeros de profesión, por cuanto son los que más titulares ponen en los medios y más escándalos y animadversión crean hacia la clase política entre la ciudadanía.

La lista de políticos corruptos, aunque el tema existe desde que el mundo es mundo, toma en estos últimos años calificativos de enorme e interminable y ha copado portadas de medios nacionales e internacionales. Casos vergonzosos que ya han llamado la atención de más de medio mundo y dejado oír voces de algunos dirigentes de nuestra flamante Unión Europea. Y si la completamos con personajes de otras calañas incursos en las mismas trapacerías, altos ejecutivos de la Banca, de la Administración, de las jerarquías de Justicia, de la Policía, empresarios, funcionarios, etc., incluso, tan insólitos como el que afecta a un miembro de la Casa Real, se comprende perfectamente que el pueblo mire hacia arriba chorreante el colmillo y recordando a los muertos más frescos de tantísimos hijos de mala madre.

El origen del problema no es otro que la condición humana. La codicia, la falta de principios y la poca vergüenza de personas que, teniéndolo todo, un buen puesto de trabajo, reconocimiento y consideración social, tranquilidad para su futuro, incluso, muchos de ellos, un buen patrimonio y hacienda, pasan de toda ética y hacen suyo lo que es de todos. Acciones denigrantes ejecutadas por quienes, habiendo obtenido la confianza del pueblo, de Instituciones y amigos, deberían ser los primeros en dar ejemplo de honradez.

Pero no toda la culpa es achacable a los actores de semejantes desvergüenzas, también el gobierno y sus instituciones, por su falta de celo, vigilancia y supervisión de las conductas de todos estos personajes, es responsable de los desaguisados. Urge, pues, no sólo la actualización e incorporación de nuevas leyes que contemplen todos los posibles delitos, sino la ampliación y puesta al día o especialización del personal encargado de la supervisión de todo cuanto pueda ser objeto de transgresión en los diferentes ámbitos.

Es necesario dar paso a esa nueva especie, llamada "responsables", personas de arraigados principios y perfecta conciencia del bien y del mal, donde todos y cada uno de ellos serían capaces, no sólo de reconocer una posible culpa ante los demás, sino de amputarse el miembro infecto si la equivocación o la debilidad les hicieran meter en su bolsa aquello que le es ajeno.

Es necesario. Incluso, aunque sea el propio jefe el que se tenga que cortar la mano.

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