• Ian Welden

    Milagros en Valby

    El arrayán

    por Ian Welden (Dinamarca)


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Fotografía tomada por Ricardo González Lira. El Arrayán 1972


Para Ricardo González y todos los otros...
Para Bernardo Ojeda, donde quiera que estés.
Y para la señora María que hacia unos pesitos cobrando por la pasada del rio Mapocho.


Esto si que es un desafío. Escribir la historia de nuestra casa en El Arrayán.

No pretendo hacerlo. Quisiera sí escribir un corto relato. Un testimonio de una época transparente y mágica pero también violenta y cruel que nos envolvió a todos los chilenos en general y a Ricardo y a mi en particular

Era la época de la juventud y de la revolución en Chile. ¿Qué más pedirle a la vida? Mi compadre Ricardo y yo vivíamos milagros todos los días en la Universidad. Ojo, que esta palabra viene de universo. Queríamos viajar por el universo. Cambiar el mundo. Ser famosos y todo eso...

Deambulábamos como sabios distraídos por los edificios, patios y jardines de la Universidad pintando murales, desafiando a los profesores, conquistando a las compañeras...

Necesitábamos sin embargo un taller. Un lugar especial donde crear, hacer la revolución e invitar a las amigas. ¿Dónde y cómo?

En El Arrayán, por supuesto. Y ¿cómo? Simple, encontrarlo y habitarlo.

El Arrayán es una maravillosa zona fértil a los pies de Santiago. Cerros, río, millones de eucaliptus, pasos cordilleranos a la Argentina, vertientes. Mansiones de los ricos y casuchas donde vivían los pobres.

No teníamos la menor duda de que encontraríamos nuestro taller en la maravillosa Arrayán.

Y lo encontramos. Una casita grande, abandonada, enclavada en los primeros faldeos cordilleranos. Una fuente de agua pura natural brotando de una piedra, tantos árboles y el indómito Rio Mapocho.

No teníamos dinero pero teníamos fe y confianza en nosotros mismos y logramos encontrar al dueño de la casa. El señor Ojeda, un mecánico sesentón, buena persona, que trabajaba en el sector industrial de Santiago. Le pedimos prestada la casa y por supuesto que nos dijo que sí.

Así, tal cual.

La invadimos con nuestra juventud, nuestras melenas y barbas, nuestros colores y músicas y nuestras guitarras, nuestros afiches del Che y nuestras propias obras de arte volado.

Fue como plantar una bomba. Nuestra presencia constituyó un hecho político de consecuencias y nosotros no lo sabíamos. Todos nos observaban. Los ricos desde sus casas con césped inglés hasta la policía, los mineros, y los lugareños que vivían en la miseria y la pobreza.

El presidente Allende y su coalición de la Unidad Popular intentaba hacer una revolución en libertad, chilena, con vino tinto y empanadas. La oposición derechista se sentía herida en el bolsillo y en sus privilegios. Era una época histórica, muy inestable. Pero los chilenos estábamos convencidos de que no éramos argentinos ni peruanos ni bolivianos. En Chile jamás habría una dictadura.

Qué hacen estos hippies, marxistas, marihuaneros, estudiantes, degenerados... están tramando la revolución; no, si son buena gente son artistas, son cubanos, definitivamente no son chilenos, sí, sí, son chilenos, hablan raro, no, hablan como pijecitos. Son maricones. No, son lesbianos...

Nosotros reparábamos la casa. Trabajábamos duro. Ricardo era en esa época, y estoy seguro que lo sigue haciendo, una especie de Leonardo Da Vinci. Podía hacer de todo. Desde reparar los fusibles de una nave espacial hasta dibujar el universo con precisión abismante. El dirigía la obra de reparar techos, poner ventanas, mientras que yo, inútil y confundido atornillaba las bisagras al revés.

Yo hacía música, tocaba guitarra y componía canciones. Tenía un grupo musical llamado Rimpelnudel y éramos buenos. Pero jamás tocamos ante un público. El golpe de estado del miserable Pinochet lo iba a impedir.

Conocimos a lugareños casi mágicos. Recuerdo a dos viejos arrieros que venían de la Cordillera de los Andes hacia la ciudad. Nos contaron los secretos de la hierbita del clavo, un afrodisíaco tan poderoso que podía hacer ponerse duro hasta a un cadáver. Sí señor.

Y una noche en que fuimos a una cantina llena de toscos mineros borrachos. Casi nos mataron porque a uno de ellos se le ocurrió que no éramos chilenos sino cubanos.

O la comitiva del Presidente Allende que pasaba rugiendo por el camino a Farellones.

Y las rocas en la ribera del río Mapocho que Ricardo y yo pintábamos de colores violentos.

Un atardecer rojísimo trepamos los cerros y descubrimos que detrás de nuestra montaña había una cadena de cordillera impresionante perdiéndose en el horizonte hasta Argentina.

Era nuestra noble y violenta Cordillera de Los Andes.

Nosotros y nuestros amigos y amigas estudiantes jamás estudiábamos. No recuerdo haber hecho una tarea o preparar una lección. Íbamos y veníamos desde el Arrayán a la Universidad como Pedro por su casa. Leíamos, sí. Recuerdo a Lenin, Marx, Manns, Lopsang Rampa, y una mezcla mareadora de místicos, materialistas y charlatanes. Sin embargo nos sacábamos las mejores notas de la clase y nos graduamos con honores.

Toda esta época terminó brutalmente de un segundo para otro al amanecer del once de septiembre de 1973. El golpe de estado de la Junta Nacional de Gobierno del ejército de Chile fue como un zarpazo rapidísimo y doloroso que nos pilló a todos soñando con una sociedad socialista humana y generosa.

De alguna forma la mayoría de nosotros chilenos no queríamos despertar a la realidad. Y el golpe de los militares nos sacudió a la realidad violentamente.

La casita del Arrayán fue sistemáticamente vandalizada por la policía, militares, fuerza aérea y naval. Cualquiera. Nos robaron herramientas, destruyeron nuestras pinturas y obritas de arte, mi guitarra fue despedazada minuciosamente con evidente maldad, los afiches fueron quemados.

Seguimos yendo al Arrayán exponiendo nuestras vidas y la de nuestras familias. Una noche nos sorprendió la policía y un siniestro y enloquecido agente del Servicio de Inteligencia Militar. Nos interrogaron y amenazaron de muerte con metralletas y revólveres.

No quiero recordar aquello. No fuimos más a la casita. Se acabó el sueño.

Dejamos de ser jóvenes estudiantes y nos transformamos en hombres. Yo abandoné mi país.

Sentado aquí ante mi computadora despierto súbitamente de un delirio nostálgico e irreal.

Debes ubicarte, Ian. Estás en Copenhague, Valby, tienes sesenta y cuatro años de edad, tienes una familia danesa. Vives en el Reino de Dinamarca, estado de la Unión Europea.

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