• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    Lince. Los dramas de Madrid

    por Manuel del Pino


Muchos se alegraron y suspiraron aliviados al enterarse de que la pérfida agente Carla Ruiz estaba por fin en trance de muerte.

Carla había dejado la policía para emprender una nueva vida con Víctor Lince, y así poder ambos cumplir sus sueños: aparte de vivir juntos, Lince se dedicaría mejor a sus fechorías y Carla a su carrera de modelo y actriz.

En teoría era idílico, pero el caso es que le diagnosticaron a Carla Ruiz, en plena juventud, la enfermedad de fibromialgia, que limitaba sus movimientos y le hacía padecer unos constantes dolores neuropáticos, a pesar de los calmantes, hasta que le llevara antes o después a la muerte.

Así era la vida: una chica saludable, con toda la energía de su maldad y los dones de la belleza, y la naturaleza le quitaba de repente tanto como le había dado. Todos sus planes de futuro truncados de un modo absurdo y cruel.

Ellos no querían que nadie lo supiera, pero como es natural en pocos días se enteró todo el mundo en Madrid y en media España. Algunos de sus colegas policías, y no digamos los delincuentes que había apresado, celebraron que esa joven víbora cayese fuera de juego, por muy bello que fuese su porte.

Muy diferente fue la reacción del inspector Jorge Leiva, su antiguo jefe. Dejó de ir por la comisaría. Su amigo el agente Juan Prieto, que había vuelto a ser su ayudante al fugarse Carla, le pidió permiso alarmado al comisario Rivas para ir a buscar a Leiva a su apartamento de la calle Fuencarral, 98.

Encontró al inspector acostado en su cama, con el dormitorio a oscuras, presa de un delirium tremens después de varios días de borrachera.

Con la pistola reglamentaria en la mano temblorosa, Leiva se apuntaba en la sien y se la metía en la boca, mientras lloriqueaba palabras ininteligibles.

Prieto se acercó y le quitó a su superior la pistola de la mano. Leiva tenía barba de varios días, estaba despeinado, su sudor apestaba a whisky y la camiseta vieja que vestía también estaba empapada en sudor.

A Juan Prieto le costó bastante meter a su jefe bajo la ducha, donde estuvo un buen rato con el agua cayéndole para refrescarle las ideas. Después Leiva pudo afeitarse, perfumarse y vestir ropa limpia. Con esto parecía otro hombre. Sólo le quedaban las profundas ojeras oscuras de su alcoholismo y su sufrimiento.

- Vamos, jefe – le dijo Prieto –, Carla aún está viva, y en cualquier caso usted tiene que seguir adelante.
Leiva seguía con la mirada perdida. Prieto insistió:
- ¿Por qué no le hace una visita a Carla Ruiz para ver cómo está? Así ella podrá aclararle su futuro profesional dentro de la policía.

Entonces apuntó en los ojos del inspector un pequeño destello.


* * *


Víctor Lince se había ido a vivir con Carla a un pisucho de la calle Desengaño, céntrico pero mugriento, y en la comisaría todos lo sabían.

Le entreabrió la puerta al inspector Leiva la propia Carla. Su aspecto había cambiado. Llevaba para estar en casa un suéter negro. Pálida, con ojeras, su cabello castaño estaba algo más oscuro, y sus ojos también. Parecía una chica gótica.

- ¿Puedo pasar? – preguntó Leiva.
- Mejor que no.
- Me preocupo por ti. Sé que estás enferma.
- Pues no te preocupes tanto. Si Lince te ve aquí, te matará.
- O yo a él. Por cierto, ¿cómo pagáis este apartamento tan céntrico? Debe de valer más de mil euros al mes. ¿Cómo costeáis todo lo demás, ahora que no tenéis a vuestros papis? Y ¿dónde está Lince? ¿Te ha dejado aquí sola y enferma?
- Eso no es asunto tuyo – Carla escrutó el rostro de su ex jefe –. ¿Y a ti qué te ha pasado? ¿También has estado enfermo? Tienes cara de muerto.

Jorge Leiva se echó de rodillas y se abrazó a las piernas de Carla.

- ¡Lo sabes muy bien! Déjame que te cuide. Yo no soy como ese bandido. Tienes que volver a trabajar conmigo en la comisaría.

Carla le dio una patada a Leiva y lo arrojó al suelo.

- Como ves, no estoy tan enferma. Largo de aquí. Yo amo a Lince.

El inspector se levantó del suelo y dijo:

- Averiguaré lo que trama ese canalla. No te entrometas, o te mataré a ti también.

Carla le despidió con su altiva mirada de desprecio.


* * *


Poco después, Carla Ruiz salió en su coche utilitario. Leiva la siguió en el suyo propio, para que Carla no lo reconociera, y no en el de la comisaría. Como se imaginaba, Carla fue a alertar a Víctor Lince: habían caído en la trampa.

Carla condujo hasta una chabola en la zona norte de la Cañada Real. Allí se reunió con Lince, que estaba acompañado del aventurero rumano Lionel Oituz Radescu. El inspector Leiva se quedó espiando fuera.
Oituz podía entrar y salir del país con facilidad con su equipaje a cuestas, ya que había dejado a su familia en Rumanía. Las autoridades aún no sabían que pertenecía a la sociedad criminal secreta La Rosa Negra. De complexión mediana, cabello negro, ojos grandes y nariz aguileña, parecía un joven conde Vlad del siglo XXI.

Carla se acercó a Lince y le besó en los labios. Lince le dijo:

- ¿A qué has venido? Estamos de negocios.
- Leiva anda tras de ti. Ten mucho cuidado. Va en serio.

Lince cruzó una mirada con Oituz, que expresó con sus ojos repulsión y fastidio por la torpeza de Carla Ruiz. Lince le dijo a la joven:

- ¿Cómo te presentas aquí sin avisar? ¿Y si la policía descubre este sitio?
- Estoy enferma y me dejas siempre sola – dijo Carla –. Si quieres, me voy con Leiva. Él sí está enamorado de mí hasta las trancas.

Lince besó a Carla y le dijo:

- Cariño, estamos esperando a una persona muy importante. Haz el favor de irte a casa. En cuanto terminemos el negocio, me dedicaré a ti por entero.

Demasiado tarde. Llamaron a la puerta de la chabola.

Lince abrió la puerta. Entró un señor muy bien vestido, con un maletín en la mano y rodeado de dos guardaespaldas. Era don Óscar Garrido, uno de los empresarios del espectáculo más importantes de Madrid. Afuera había un BMW negro.

Don Óscar saludó a Lince extendiendo en el aire sus dedos índice y pulgar en forma de “L”. Lince le respondió apuntando ante su cara sonriente los dedos anular, índice y pulgar: “V L”, que quería decir en efecto: “Yo soy Víctor Lince”.

Le presentó a Oituz a don Óscar. El empresario dijo:

- ¿Dónde está Torquemada? Creí que se iba a ocupar él personalmente.
- A Torquemada no le verás jamás. Sólo contacta conmigo – dijo Oituz. Apenas se le notaba el acento eslavo en sus expresiones que tenían mucho más de cinismo.
- Quiero tratar directamente con el jefe de la Rosa Negra.
- Me temo que eso no será posible. ¿Quiere sacar el maletín de este país o no?

Garrido se amoldó a la situación. Abrió el maletín en el suelo. En él había medio millón de euros en billetes morados.

- Hacienda me sigue los pasos por Internet – explicó Garrido –. Será más fácil sacar mis bienes del país a la vieja usanza.
- ¿Y sus empleados? – preguntó Lince.
- Ya no me fío de este país – repuso Garrido –, ni de sus leyes, ni de sus instituciones. Antes de quedarme sin nada, llevaré mis ahorros a Suiza. Mis empleados también pueden emigrar.
- ¡Bonita empresa! – dijo Lince.

Oituz se limitó a mirar fijo a Garrido para preguntarle:

- ¿Dónde está nuestra parte?

Don Óscar sacó del bolsillo cincuenta mil euros para cada uno. Se los entregó con displicencia, como quien da una propina. Oituz guardó su dinero en seguida. Lince lo examinó con la sonrisa cínica de quien sabía con quién estaba tratando.

- ¿Podréis ingresarlo en Suiza sin dificultad?
- Claro. Ahora nos dedicamos a eso.
- ¿Sabes lo que os ocurrirá si este dinero se pierde? – Garrido se apoyó en sus guardaespaldas para mostrar el poder que le respaldaba.
- Sí – dijo Lince –. Que tendrás que contratar a algunos amigos nuestros para matarnos. Pero te advierto de que te costará muy caro.
- Será menos de medio millón.

Todos rieron el chiste. Se sentían muy importantes con los trapicheos de sus negocios turbios, cada cual creyendo que se aprovechaba del contrario.

Carla había estado observando la escena se segundo plano. Le dio un codazo a Lince para que le presentara a don Óscar Garrido, el magnate del espectáculo, que podía acelerar la carrera de modelo y actriz de la joven con un par de llamadas.

Lince se desentendió, para evitar que Carla siguiera luchando en el mundo de la farándula debido a su reciente enfermedad. Pero Carla quería aprovechar su vida a tope hasta los últimos momentos si era necesario.

La joven dio un paso al frente, para hacerse notar ante don Óscar.

- ¿Quién es esta chica tan guapa? – preguntó el empresario.
- Mi novia – dijo Lince –, pero está enferma.
- Una modelo en busca de una buena pasarela – dijo Carla.

Garrido hizo un gesto de comprender y dijo:

- Ahora es mala época para las nuevas modelos. Precisamente estoy pensando en cerrar la agencia, y mis artistas en irse a Londres o a Nueva York.

Carla le hizo una mueca de desdén. Garrido lo ignoró, pues no le importaba, había ido allí a solventar asuntos más urgentes. Cerró el maletín y se lo dio a Lince.

Pero la joven no estaba dispuesta a darse por vencida. Le mandó a Garrido un beso en el aire y le dijo con el encanto de una princesita del siglo XIX:

- De todas formas quiero intentarlo.

Garrido la observó con más atención, dándose cuenta de la belleza de sus rasgos, la potencia de su físico y la delicadeza de su pose, tras la máscara de mujer fatal.

- Demuestra lo que sabes – le dijo –. A ver, desfila con buen paso.
- ¿Qué hago con el maletín? – preguntó Lince –. Da mucho el cante.
- Llévalo a tu coche – le dijo Garrido, y a Carla –: Quítate ese jersey negro, que te veamos mejor. ¿Qué llevas debajo?
- El sujetador – dijo Carla sacándose el suéter –. ¿Me lo quitó también?
- No – dijo Garrido con lasciva sonrisa patética, aunque quería decir “sí”.

Carla tomó el protagonismo. Arrojó su jersey negro a la cara de Lince y comenzó a desfilar, como si la chabola fuera una pasarela improvisada. Todas las miradas se fijaron en ella. El sujetador no podía disimular sus generosos pechos juveniles. Desfilaba con autoridad, alta la barbilla, la mano en la cintura. Sus caderas se bamboleaban al andar, y no digamos sus pechos.

Ahora era Lince quien había pasado a un segundo plano. Con el maletín en una mano y el jersey de Carla en la otra, quedó como un panoli. Hasta el frío de Oituz miraba a Carla con sus instintos depravados. Los guardaespaldas y el mismo Óscar Garrido soñaban con una noche en exclusiva bajo las atenciones de Carla Ruiz.

Pero entonces la chica se desmayó. No pudo aguantar los efectos de la fibromialgia. Los músculos dejaron de obedecerle. Su exuberante cuerpo estaba cediendo a la enfermedad.

Los presentes la rodearon para reanimarla. No sabían qué hacer, pues si llamaban a una ambulancia estropearían sus planes. Oituz miró con reproche a Lince, aunque éste no tenía la culpa de que Carla se hubiera presentado allí de improviso.

El día se estaba estropeando a marchas forzadas.

Entonces les sorprendió el estruendo de la policía al irrumpir en la chabola.


* * *


El inspector Leiva había pedido refuerzos a la comisaría, en cuanto vio lo que se cocía dentro de la chabola. Ahora avanzaba con decisión flanqueado por sus fieles agentes Prieto y Castilla, que echaron la puerta abajo, y todos los efectivos de la redada armados hasta los dientes.
Don Óscar Garrido no pudo escapar, pues la chabola carecía de puerta falsa. Sus guardaespaldas y Oituz tuvieron que soltar sus armas, bajo peligro de caer acribillados. Los policías les esposaron. Antes de conducirles al furgón, Leiva le dijo a Garrido:

- Evasión de capitales. Te van a caer por lo menos cinco años.
- ¡Ja! – dijo el empresario –. ¡No conoces a mis abogados!
- No sientes nada en el alma, porque no tienes. Sacar el capital de tu país y dejar abandonados a tus empleados a su suerte.
- ¿Qué país? Tenía que haberme ido hace tiempo a Francia o a Estados Unidos.

El inspector lo dejó por imposible. Sus hombres se llevaron detenidos al empresario, a sus guardaespaldas y a Oituz Radescu. Luego Leiva se acercó a Carla, que seguía medio inconsciente en el suelo, asistida con pena por Víctor Lince. Lo primero que hizo el inspector fue coger el maletín que contenía el medio millón de euros.

- ¿No te da vergüenza? – le dijo –. Una ex policía rodeada de delincuentes.

Pero Carla Ruiz no logró articular las palabras.

- Hay que llamar a una ambulancia – dijo el inspector cogiendo su móvil.
- Yo cuidaré de ella – le dijo Lince.
- Si la dejamos aquí, morirá.
- Carla es mi novia, y ya no es nada tuyo. Iré con ella en la ambulancia te guste o no. Después puedes meterme en la cárcel que prefieras.

Lince arropó a Carla Ruiz con el jersey negro para que no tuviera frío y le dio un beso en la frente. Luego ofreció las manos al inspector para que se las esposara.

El inspector esposó a Lince, pues no se fiaba ni un pelo de ese tunante. Luego hizo la llamada. La ambulancia se presentó minutos después. Leiva tranquilizó a sus hombres: él mismo iría en la ambulancia, para acompañar a Carla Ruiz al hospital, y después conduciría a Víctor Lince a la comisaría, para asegurarse de que no intentaba ninguna treta durante el trayecto de su detención.

Los policías condujeron el furgón con don Óscar Garrido, sus guardaespaldas y Oituz detenidos, hasta la comisaría de Centro.

El personal sanitario subió a Carla en la camilla y la llevó hasta la ambulancia. Justo detrás iba Leiva, con el maletín en una mano y su arma en la otra, apuntando a Víctor Lince, que subió con él en la trasera de la ambulancia. El inspector le explicó al personal sanitario que se trataba a la vez de una operación policial, y esas medidas resultaban necesarias. Los enfermeros, resignados con la delincuencia humana y los usos de la policía, subieron a la delantera de la ambulancia y condujeron hasta Madrid.

Detrás, Lince y el inspector competían para ofrecer sus atenciones a Carla Ruiz, con cariñosas palabras de que se recuperaría pronto.

- Déjala en paz – dijo Lince –. Es mi mujer.

El inspector le empujó con odio, y como Lince estaba esposado, se cayó en un rincón de la ambulancia produciendo estrépito.

Era evidente para el inspector que Víctor Lince había perdido. Abrió el maletín con la satisfacción del triunfo, pero se llevó la gran sorpresa de que estaba vacío.

- ¿Pero qué demonios pasa aquí…?

Entonces Carla se levantó por detrás y le dio un buen golpe en la cabeza con la bandeja del material quirúrgico. Leiva se derrumbó al perder el conocimiento.

Carla buscó en los bolsillos del inspector, sacó la pequeña llave y abrió las esposas que oprimían las muñecas de Lince.

Cuando la ambulancia entraba a Madrid, en un semáforo en rojo, abrieron la puerta trasera y saltaron. Carla corría en sujetador, con el jersey negro en la mano. Lince reía corriendo a su lado.

Una vez en su pisito de la calle Desengaño, Carla desanudó el jersey negro, que soltó sobre la mesa medio de euros en fajos de billetes morados.

Se abrazaron y se besaron con gran alegría.

Mientras Carla se deleitaba contando el dinero, Víctor Lince cogió del mueble Las aventuras de Rocambole. Los dramas de París, de Ponson du Terrail y se puso a hojearlo con mucha curiosidad. Con una sonrisa, Carla le dijo:

- ¿Qué golpe rocambolesco estás tramando ahora?

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