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    Conductas humanas

    por Marta Díaz Petenatti



Es interesante observar cómo el ser humano reacciona ante las mismas incidencias. A veces uno no entiende el por qué de reacciones tan disímiles. ¿Qué hace que los comportamientos humanos sean tan discrepantes?, ¿qué elemento movilizador impulsa a actuar de distintas maneras ante la misma situación?

El factor primordial influyente es la genética, sumado a la sociedad donde fue insertado, incluyendo cultura, familia, amistades, institutos educativos, situaciones de vida, creencias religiosas, ídolos, posición económica y un sinnúmero de situaciones que influyen sobre el individuo, van formando el carácter y por ende, la conducta.

La palabra conducta proviene del latín que significa conductus = conducir. Se refiere al modo de conducirse de una persona en las relaciones con los demás según normas morales, sociales y culturales.

Ya Platón dijo que “la sociedad es el medio de vida natural del hombre y el mismo se identifica con su vida social”.

Es imposible seguir enumerando los variables mensurables que influyen en la composición de la conducta, pero lo que sí se puede decir es que todo es incrementable, a veces para bien, otras no.
Existen también fuerzas internas de las que las mismas personas no están conscientes, algunos psicólogos llaman a eso “Inconsciente estructural”, explicando que es aquél que el ser humano trae biológicamente desde su nacimiento, que es una fuerza que nos impulsa a ir en busca de aquello que puede causarnos dolor, que es como un extraño que vive dentro de nosotros y nos hace hacer cosas que “no” queremos hacer.

A veces algunas reacciones o actitudes llegan al consciente, otras no lo hacen jamás. Lo interesante es saber que están ahí y que en cualquier momento podrían llegar a aflorar y a hacernos partícipes de conductas que jamás hubiéramos pensado protagonizar, sin siquiera ser capaz de utilizar nuestros propios frenos inhibitorios.

Es también interesante dilucidar de qué manera los medios de comunicación inciden en las conductas de las personas. ¿Cuántas creen en todo lo que oyen, ven o leen sin siquiera analizarlo?

A veces oímos comentarios increíbles que son considerados como ciertos sólo porque lo han leído o escuchado, sin pensar mínimamente en su cuota de credibilidad. ¿Y la redes sociales?, ¿no influyen acaso en las conductas, especialmente en la de los adolescentes?

En ese punto me pregunto dónde está el raciocinio, la credibilidad, la capacidad propia de pensar y discernir si lo oído es creíble o no, como así también la mesura al comentar si en realidad se desconoce el tema tratado.

¿Quién no se ha dado cuenta de situaciones como ésta?, ¿quién no se ha preguntado alguna vez: ¿Tendrá idea esta persona de lo que está diciendo? ¿cómo puede creer y decir semejante barbaridad?

Y sí, puede, y lo hace porque tiene “su idea”, tan diferente a la de muchos como real para ella.

Entonces me cuestiono nuevamente: ¿Su idea es mejor, peor, o igual que la mía?

Comenzando así la duda, la eterna duda, aquella que movilizó a Descartes al tratar de demostrar su existencia, y es precisamente ahí cuando podemos reconocer las limitaciones del otro, pero también tener la humildad para reconocer las propias.

Debemos aplicar la inteligencia, la capacidad, la aptitud para desmenuzar el problema o situación, entenderla, analizarla y luego dar nuestra opinión, sabiendo aún antes de darla que muy bien puede, o no, ser la verdadera, sabiendo también que la verdad no es absoluta y menos aún en cuestión de interpretaciones, pero sí sabernos perfectibles y que podemos mejorar a lo largo del tiempo en todas nuestras dimensiones.

Si cada cual ocupáramos nuestra inteligencia, instinto o capacidad para que nuestras conductas sean acordes a todas las situaciones, adaptándola a ellas y aceptando, explicando, entendiendo, enseñando, quizá el mundo pudiera llegar a ser diferente; quizá la violencia podría evitarse y quizá la paz no sería guerra.

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