• Alfonso Estudillo

    La Voz de Arena y Cal

    El sueño de la razón...

    por Alfonso Estudillo


Nuestro actual sistema político nació como fruto de la pasión entre unos enamorados y biempensantes españoles y la imperiosa necesidad de una sufrida moza que sólo había conocido el déspota dolor de soberbias y tiranías y el continuado sufrimiento del desdén y la indiferencia en sus carnes prostituidas.

La criatura, el fruto de aquel amor pasional y casi prohibido, una niña a la que llamaron Democracia, nació escasa de peso y salud, pero se le advertían sus enormes ansias de vivir por el sorprendente afán con que aspiraba el aire de la libertad y la admirable voluntad con que succionaba los pechos que le daban vida.

Y fue creciendo. Y pasó de niña a muchacha. Y con la ayuda de sus padrinos, Juanito y Sofí, fue sorteando intrigas, ruidos de sables y todos los peligros que en aquellos tiempos adolescentes le salían a cada paso. Y se hizo mujer. Y convivió junto a prohombres y doctores de las Ciencias que le procuraban cuidados y remedios para que fuera superando los males y secuelas de las dolencias con que naciera. Y siguió su lucha hasta que la hetaira Vejez, conchabada con el dios Tiempo y los terrenos semidioses del peculio y los intereses, llenaron su rostro de arrugas y pusieron hálitos de muerte en su corazón.

Ahora, retirada a sus aposentos, tomando entre sus manos aquel precioso libro que le diera su padrino Juanito, y que con tantísimo afecto le dedicara y firmara con su propia letra, echó una última mirada por los grandes ventanales que daban al mundo de los hombres. Y vio a aquellos adalides que prometieron y juraron servirla siempre con lealtad, cómo, subrepticiamente, amparados en la oscuridad, llenaban sus alforjas en el granero que habría de servir para las necesidades de todos en los inviernos. Y vio a aquellos otros hombres, validos y favoritos, que esgrimiendo su nombre y amparados en trapaceras banderías proclamaban Igualdad y Derechos y Libertad y Trabajo, se escondían tras las piedras de las murallas para que nadie viese cómo guardaban sus treinta monedas de plata en la faltriquera. Y vio a aquellos otros hombres, caudillos de sus pueblos todos, que le prometieron obediencia y respeto hasta el fin de los tiempos, cómo la negaban en tribunas y estrados pretendiendo repudiarla y extrañarla para abrir abismos de rencores e imponer majestades allí donde siempre latieron corazones jubilosos y florecía la sonrisa franca del buen vasallo. Y vio a aquellos otros hombres, grandes jerarcas, propietarios y prestamistas, que siempre tuvieron a su lado honores y grandezas de aristócratas y próceres, cómo expoliaban a súbditos, proletarios y ahorradores y se llevaban a lejanas orillas las riquezas de todos. Y fue entonces que vio ante sus ojos los otros horizontes, la luz que nacía en su mundo interior, y vio cómo la diosa de la balanza y la espada, maestra y discípula, compañera siempre, harta de las falsedades y blasfemias de los hombres, se arrancaba la venda de sus ojos y la miraba tras la lágrima que brotaba en el dolor de su infinita pena. Y entonces comprendió que entre aquella cohorte de prohombres de miradas ufanas y palabras ágiles, entre aquellos líderes de sonrisas prestas y promesas fáciles, entre aquellos dirigentes y adalides a los que siempre protegió y defendió para cumplir la sagrada misión de regir los pueblos, también habitaba el fantasma de la indecencia y el cáncer de la corrupción, y que muchos de los que pregonaban honor y honradez no eran otra cosa que simples y despreciables delincuentes con las manos y el alma manchadas por la vileza de sus acciones. Y entonces comprendió que aquello era el principio del fin. Y por eso, abrazada a su muy amado libro, se dejó caer en el lecho y entornó los ojos para no abrirlos hasta que sintiera la mano que la redimiera de aquel mundo de indignidad.

Pobre Democracia. Pobre España. Pobre sociedad...


Naturalmente, para hablar de lo que están haciendo con nuestra España toda esa pandilla de granujas, golfantes y sinvergüenzas podía haber dejado a un lado metáforas y figuras retóricas, pero, dado que entre los encartados encontramos gente de prez y supuestos respetos, no quería que se pudieran sentir heridos en su sensibilidad si se me escurría la tecla y, a algunos, en lugar de llamarles por cualquier eufemismo, los mencionaba por adjetivo más apropiado y los llamaba hijos de la gran puta.

Y como ya se acaba la página, tampoco voy a tener necesidad de retórica para decirle a ninguno de estos indeseables que lo que han hecho y están haciendo con los honores conferidos por esa digna muchachota de la que hablaba arriba es una deshonrosa bellaquería indigna de España y los españoles.

Esperemos que esos otros hombres, hijos, adeptos y leales de la diosa de la balanza, hombres buenos por ideas y condición, sin vendas en los ojos y actuando desde la esencia misma que les moviera a atar a ella sus vidas, sean capaces de poner a cada uno donde le corresponde.

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