• Juan R. Mena

    Contraluz

    La primavera y el Carpe diem

    por Juan R. Mena


El Carpe diem es un tema que está vinculado a la primavera literaria. Por esta razón Horacio en su libro Odas, I, 11.8, invita a gozar del tiempo que se va. Esta invitación es recogida por el poeta del siglo IV Ausonio y ya en el renacimiento nuestro Garcilaso de la Vega se hará eco de ese tópico y lo referirá en su famoso soneto XXIII.


Soneto XXIII

En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre;

marchitará la rosa el viento helado.
Todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.


Fuera de este contexto, la primavera es un tema muy recurrido en la literatura y está en todas las épocas como el tema del amor, la melancolía, la soledad, los recuerdos, Dios y la muerte. Tenemos el caso de la interpretación de Góngora en su famosa réplica a Garcilaso (al menos, a mí me lo parece) al Carpe diem en su famoso soneto.


Mientras por competir con tu cabello
Oro bruñido al sol relumbra en vano,
Mientras con menosprecio en medio el llano
Mira tu blanca frente al lilio bello;

Mientras a cada labio, por cogello,
Siguen más ojos que al clavel temprano,
Y mientras triunfa con desdén lozano
Del luciente cristal tu gentil cuello,

Goza cuello, cabello, labio y frente,
Antes que lo que fue en tu edad dorada
Oro, lilio, clavel, cristal luciente,

No sólo en plata o vïola troncada
Se vuelva, más tú y ello juntamente
En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.


Quevedo también lo interpreta dándole una solución resignada sin renunciar a su aprovechamiento, a pesar de que todo sea polvo al final.


Amor constante más allá de la muerte
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevare el blanco día;
i podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisongera:

mas no de essotra parte en la rivera
dejará la memoria, en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
i perder el respeto a lei severa.

Alma, a quien todo un dios prissión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
medulas, que han gloriosamente ardido;
su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.


Pasamos a un poeta contemporáneo, Antonio Machado, en el poema que lamenta la juventud perdida sin amor, parecido a aquel otro lamento de Rubén Darío en su poema “Yo soy aquel que ayer no más decía…” En concreto: “mi juventud... ¿fue juventud la mía? / sus rosas aún me dejan su fragancia, / una fragancia de melancolía...” Si bien el poeta nicaragüense vincula su juventud con el dolor, que es, en ocasiones, una carencia de amor. Ambos echan de menos una juventud perdida, aunque no la relacionen con una mujer. Sería entonces un Carpe diem emparejado con la vida misma.


El poema de Antonio Machado en cuestión es éste:

La primavera besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda.

Las nubes iban pasando
sobre el campo juvenil...
Yo vi en las hojas temblando
las frescas lluvias de abril.

Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor
-recordé-, yo he maldecido
mi juventud sin amor.

Hoy, en mitad de la vida,
me he parado a meditar...
¡Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar!

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