• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    Víctor Lince, pícaro español

    por Manuel del Pino


Las tardes de domingo no son aburridas en un bar del centro de Madrid, si entre los clientes está Víctor Lince acompañado de Carla Martel.

Aunque ya era otoño y no había demasiada luz, Lince llevaba puestas una gorra y unas gafas de sol apoyado en la barra, tratando de disimular que tenía unas copas de más. Lo que no podía disimular era su atractivo. Las pocas mujeres que había en el bar le miraban, atraídas por él, estuvieran acompañadas o no.

A Carla se la llevaban los demonios, celosa y pasional como era. Su belleza destacaba entre las mujeres del bar, como siempre, así que aprovechaba también para coquetear con cualquier tío que le pidiera fuego o le preguntara cualquier excusa para ligar con ella, que fueron varios.

Espoleado por el alcohol y por su bravura, Víctor Lince estuvo a punto de pelearse con unos jóvenes que piropearon a Carla. Por suerte el barman puso paz a tiempo, pero también mala cara al ver la tarde que se le venía.

Para enmendar, Lince sacó un billete de lotería y se puso a mirar el sorteo por la televisión. Carla se quedó mohína a su lado, porque le hubiera gustado que al chulo de su novio esa tarde le diesen una buena reprimenda.

Con la máxima atención, para no meterse en más trifulcas, Lince seguía uno a uno los dígitos del número premiado en la lotería.

- 3… 6… 8… Los tengo Carla, me estoy acercando al premio gordo.
- Qué más quisieras tú – le espetó Carla –, para estar siempre de fiesta. No tenemos ni un euro. Ni siquiera puedo pagar la factura de la luz, y tú te gastas todo en los bares y en estúpidos décimos de lotería que es tirar el dinero.

La tele dijo el último número. El sorteo terminó.

Lince estalló de alegría, gritando con los brazos en alto.

- ¡Tengo el gordo! ¡Me ha tocado! ¡Soy rico!

Abrazó eufórico a Carla, pero ella se apartó.

- Te habrás equivocado. Estás borracho.
- ¡No, mira! ¡Es el mismo número de la tele! ¡Somos ricos!
- Serás idiota. Cállate, que te va a oír la gente.
- Da igual. ¿No lo entiendes? Somos millonarios.
- Aunque fuera verdad, nunca cobrarías ese décimo. Eres tan inútil que te busca la mitad de la policía de España.

Lince no se dejó arredrar. Invitó a una ronda a todo el bar, incluyendo al barman. Los clientes se lo agradecieron y le felicitaron por su suerte. El camarero le sirvió otra copa y Lince se aplicó a beberla a grandes tragos, mal apoyado en la barra.

Carla le dijo indignada:

- Te espero en el coche. No tardes, o esta noche dormirás en la calle.

La joven se dio la vuelta y salió contoneándose orgullosa, como pudieron apreciar todos los hombres del bar, menos Víctor Lince, que tenía los ojos vidriosos por el alcohol, el billete de lotería en la mano y la mirada perdida en la televisión, ese juguete mágico que le había comunicado su nueva fortuna.
Se le acercó Gabriel, un tío moreno y grande, con las piernas arqueadas, que se pasaba el día en el bar hablando de fútbol, caballos y toros.

- ¡Eh, amigo! – le dijo –. ¿Tiene problemas con la policía? Yo puedo ayudarle.
- Yo no tengo problemas con la policía – dijo Lince resbalándose al apoyarse con los codos en la barra.
- Claro, claro. Sería una verdadera lástima que no pudiera cobrar ese décimo premiado de lotería. Pero se me ha ocurrido lo que podemos hacer para solucionarlo. En vez de usted, lo cobraré yo.
- ¡De eso nada! – Lince se guardó con rapidez el décimo en el bolsillo –. Usted quiere quitarme mi dinero.
- ¡No! Al contrario. Seremos socios. Así saldremos ganando los dos.
- No veo cómo…
- Es muy fácil. Usted tiene un décimo con el primer premio: mil euros a la serie, veinte mil euros. Yo le daré diez mil a cambio del décimo, ¿qué le parece?
- ¡Así perderé diez mil!
- ¡Reflexione! ¿No lo comprende? Usted no podría cobrar nada. Conmigo ganará diez mil euros seguros.
- Lo cobrará mi mujer.
- ¿No querrá que su guapa mujercita acabe también en la cárcel? ¡Vamos, tengo dinero en casa! No sea tonto.

Lince se dio la vuelta en la barra para ignorar a Gabriel y bebió tragos de su copa. La gente que había a su alrededor le animaba para que aceptara la oferta de Gabriel. Tachaban a Lince de egoísta e inconsciente.
Cuando Lince terminó la copa, salió tambaleándose del bar. Gabriel le estaba esperando fuera. Le cogió del brazo y le llevó hasta su casa, mientras le convencía del provechoso negocio que se proponían hacer ambos. Lince iba casi haciendo eses. Si Gabriel lo hubiera soltado, quizá hubiese dado un culatazo en el suelo.

Gabriel pensó que podía quitarle el décimo de lotería, dejar a Lince en el suelo y salir corriendo. Pero no se atrevió por cobardía. Nunca se sabe. Borracho y todo, Lince podía agarrarse a él e impedirle huir. La gente de la calle podría verles y llamar a la policía. Además Lince se había guardado bien el décimo en el bolsillo y no era plan de meterle mano tan a fondo.

Era más seguro embaucarle en casa. Gabriel vivía en un viejo bloque de pisos cerca de la calle Atocha. Sin ascensor, los escalones de madera resonaban hasta que llegaron a la segunda planta. El piso de Gabriel era grande pero rancio y destartalado, con pocos muebles. Como no se fiaba de los bancos, guardaba la mayor parte de sus ahorros en escondites aquí y allá.

De una cómoda medio carcomida, sacó una caja de zapatos que contenía facturas y también bastantes billetes morados de quinientos euros. Contó 16 de ellos, los metió en un sobre blanco y le dijo a Lince:

- Ten, ocho mil euros.
- ¿Ocho? Pero si dijo diez mil, y eso era sólo la mitad…
- ¿Quieres el dinero o no? Anda, dame el décimo. Más vale eso que nada.

Lince sacó con tristeza el décimo del bolsillo. El tipo se lo quitó de la mano en un santiamén, cual perro campestre que coge el mendrugo al vuelo.

- Ahora vete, antes de que llame a la policía.
- ¿Y qué le digo luego a mi mujer?
- No te quejes, le llevas dinerito. Muchacho, lárgate antes de que me arrepienta y acabéis los dos en la cárcel con una buena denuncia.

Lince se guardó el sobre con el dinero y salió renqueando del mugriento piso. Cuando se quedó solo, Gabriel besó el décimo de lotería y dio saltos de felicidad.


* * *

Lince corrió hasta Atocha, donde le esperaba como otras veces Carla Martel junto al coche. Al ser domingo por la tarde, la gran plaza no estaba muy concurrida. Después del paseo y el mal rato con Gabriel, Lince casi había pelado la cogorza. Le interesaba estar despejado con Carla, que le esperaba mohína con los brazos cruzados. Sumiso y humilde, le mostró el sobre con los ocho mil euros. Carla montó en cólera.

- ¡Ya te han engañado! Si el décimo vale veinte mil. ¡Y encima en billetes de quinientos, no van a querer cambiártelos en ninguna parte!
- Hice lo que pude.
- ¡Pues tenías que haber hecho más!
- Bueno, guárdalo, que nos van a oír.
- ¡Vete a la mierda, so torpe! No sé qué hago contigo…

Se les acercó una pareja de guiris rubios. Hablaban bastante bien español. El tipo llevaba la voz cantante, se presentó como Jacob. Era muy alto, corpulento y con gafitas, sonreía sin parar; guapo, aunque desde luego no tan atractivo como Lince. Su esposa, Corine, tenía muy buen cuerpo, delgada y algo pechugona. Jacob le dijo a Carla:

- Perdón, ¿le está molestando este hombre?
- No – repuso Carla –. ¡Vete a la mierda tú también!

Jacob se quedó extrañado. Lince le dijo:

- Lo que me faltaba, encima denunciado por maltrato. La culpa es de ella, no quiere estos billetes porque son demasiado grandes.

Jacob miró los abundantes billetes morados del sobre y empezó a comprender. Intercambió con su esposa Corine una mirada que podía ser avariciosa o lasciva. Luego le dijo a Lince:

- Yo tengo la solución a su problema. Precisamente estamos en Madrid por negocios. Se lo cambiaré por billetes más pequeños, de cincuenta y de cien euros. ¿Qué le parece? Sólo tenemos que subir al hotel.
- Imposible – dijo Lince –, en este sobre llevo ocho mil euros.
- ¡Estupendo! Hoy hemos cerrado una buena operación. Puedo cambiárselos en diez minutos. Pero tendré que cobrarle una pequeña comisión, por supuesto.
- ¿Cuánto? Ya he perdido bastante hoy.
- Le cambiaré seis mil. ¿Qué le parece?
- Pero entonces perderé otros dos mil…

Carla insultó a gritos a Lince de todas las feas maneras que se le ocurrieron e intentó arrastrarle para evitar el abuso. Jacob se dio cuenta de que peligraba su oportunidad, así que decidió apostar todas sus cartas.

- No se ponga así, señorita. Yo no voy a preguntarles de dónde han sacado todos esos billetes de quinientos. Les hago el favor de cambiarles seis mil en billetes pequeños. Además, les invitamos a cenar en nuestra habitación y…

Jacob intercambió con Corine otra mirada lujuriosa, que su mujer respondió con una amplia sonrisa por las perspectivas que les ofrecía ese domingo.

- ¿Y…? – preguntó Carla inclinando su bello rostro con impertinencia.
- Podríamos… ¿cómo se llama?... Intercambio.

Lince intervino enojado.

- ¿Pretende que yo me acueste con su mujer y usted con la mía? ¡De eso nada!

Corine lanzó una risita. Carla vio las cosas de otra manera: los guiris les cambiarían casi todo el dinero, les invitarían a cenar lo que quisieran y ella podría liarse luego con el forzudo de Jacob, para vengarse por fin de la incompetencia de Lince y darle celos, así que se mostró de acuerdo.

Lince no se lo podía creer, y lo peor era que desconocía la salida de aquella encerrona: si se negaba, se quedaría con el dinero sospechoso sin cambiar y era posible que Carla le abandonase, harta ya de sus tejemanejes. Por otra parte, no estaba mal la idea de acostarse con Corine tras una buena cena, ¿pero delante de Carla haciéndolo con otro hombre? Aquello parecía demasiado para la mentalidad hispánica, por mucho que ya hubieran traspasado con creces el siglo XXI.

Jacob se fue con su mujer Corine y con Carla agarradas a sus brazos, así que Lince no tuvo más remedio que seguirles para no quedar como perro abandonado.

Al inicio del Paseo del Prado, el hotel de cuatro estrellas deslumbraba con sus luces la mustia tarde otoñal. La habitación de los guiris estaba en el tercer piso, era amplia, con una especie de recibidor en medio y lujosos muebles. Hasta la moderna cama de matrimonio parecía estar hecha para más de dos personas.
Desde el balcón se veían abajo los árboles del Paseo del Prado y los transeúntes entre ellos. La perspectiva se volvía distinta de repente: todo parecía más pequeño, sin importancia, incluyendo tus propios problemas.

Las chicas eligieron la cena. Carla Martel escogió lo más caro, para su capricho: ostras, gulas, champán francés, ensalada especial y ternera al horno.

Agotaron el champán y pidieron otra botella. Pronto empezaron las risas, los chistes y los toquecitos. Jacob aprovechaba cualquier excusa para tocarle a Carla los brazos y las piernas. Carla se dejaba hacer, miraba con maldad a Lince de reojo, que se dedicó en venganza a Corine. Por suerte la guiri estaba deseando cambiar de aires.

Mientras cenaban, Jacob no olvidó su negocio. Abrió la pequeña caja fuerte de la habitación y contó, entre mucho dinero que había dentro, seis mil euros en billetes de cincuenta y de cien. Los sujetó con una gomita y se los dio a Lince, que a su vez le pasó el sobre blanco donde había guardado los billetes de quinientos.

En cuanto Jacob guardó el sobre blanco en la caja fuerte, su actitud cambió. Antes de acabar la cena, les dijo a Lince y a Carla Martel que tenían que largarse, con un trato despectivo hacia los que consideraban unos latinos desarrapados.

Lince protestó, aunque se alegró en el fondo de no tener que ver a Carla acostándose con ese Jacob. Carla lo sintió más, quería gozar con el guiri y mortificar a su novio a un tiempo, pero Lince la cogió de la mano y la sacó de allí, antes de que Jacob la emprendiera a golpes con ellos.

Corrieron hasta su coche, que les esperaba al final de la Plaza de Atocha. Una vez seguros allí, antes de subir al coche, Lince abrazó a Carla Martel y le dijo:

- Catorce mil. No está mal. ¿Adónde nos vamos de viaje el próximo finde?
- Donde tú quieras, señor Tocomocho.
- No, elige tú esta vez, señorita Estampita.

Y la besó con delicadeza, abrazado a su cintura.

- Sólo me hubiera gustado ver la cara del cabrón del bar – dijo Lince –, al darse cuenta de que el billete de lotería era falso.
- Y yo hubiera dado algo por ver la cara de este asqueroso de Jacob – añadió Carla –, cuando descubra que en el sobre blanco sólo hay recortes de periódicos.

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