• Marina Burana

    EL INFIERNO TAN TEMIDO

    La Quinta

    por Marina Burana


 

Le llamábamos “la quinta” porque era una casa improvisada, con ese algo de no acabado pero cómodo que tienen dichos lugares. Claro que nunca tuvimos una quinta, sólo sabíamos de lo que estábamos hablando por haber sido habitués en la de unos amigos de mis padres.

La casa era amplia y expansiva; uno se movía con la sensación de que cada rincón existía de manera despreocupada. No era infrecuente tropezar con rápidas y temerosas arañas o de repente internarse en una población de bichos bolita; sin olvidar, claro, el ser acunados todas las noches por el torrentoso croar de las ranas o el silbido de los murciélagos. Fue fácil enamorarse de un lugar así, imaginarnos por las mañanas, las tardes y las noches en cada espacio.

Antes de comprarla nos advirtieron: la casa se vende con dueño incluido. Al principio nos pareció algo digno de un cuento fantástico. Mi mujer se puso roja de rabia cuando el de la inmobiliaria le aseguró que no era un chiste. Tardamos en entender que se nos estaba diciendo la verdad y durante unas semanas, mucho antes de firmar, evitábamos hablar de la casa, pensando en otras opciones, como si nunca la hubiéramos ido a ver; como si nunca nos hubiéramos enamorado del sonido torrencial de los pájaros a pocos metros del balcón o del golpe del sol sobre la terraza. Creo que evitábamos hablar para no pasar por idiotas; porque no podíamos realmente plantearnos qué hacer con el dueño.

Las otras opciones nos parecían feas; demasiado perfectitas, siguiendo el diseño de algún arquitecto que hacía que todo cuadrara en un sistema cerrado, cuya premisa básica era el orden en el estilo, algo que a mi mujer y a mí nunca nos convenció. Por el contrario, siempre adoramos la imperfección del esfuerzo: el olor a durlock y a plástico viejo; el jarrón que no pega demasiado con el cuadro de la esquina (herencia familiar invaluable); la silla rústica que apenas entra en el espacio del living. Por eso, desalentada por la creciente sensación de lo nuevo, fue mi mujer la que dio el primer paso. Andá a saber, por ahí lo podemos meter en la terraza y que viva ahí, ¿o no? Luego comenzó a reír y yo hice lo mismo.

Decidimos acatar las reglas fabulosas que se nos imponían y descartamos las opciones que no nos interesaban, regresando así a la inmobiliaria a firmar el contrato de compra-venta de aquella “quinta”. Apuntando un último dardo de realidad a aquel universo fantástico, le pregunté al empleado cuándo podía mudarse el dueño, pero él me miró y se rió, luego trajo el contrato y casi sin real consciencia de lo que estábamos haciendo, firmamos. En la cláusula 5ta se especificaba en detalle: “La parte vendedora entregará la posesión del inmueble materia del presente contrato a la parte compradora en la fecha fijada en la anterior cláusula, manteniendo el derecho de residir en el mismo, ajustándose el valor de su persona dentro del precio total del inmueble.” Es decir, al precio total de la casa se le agregaba un porcentaje que era lo que valía el dueño.

Su nombre era Vicente. Tenía 77 años y en otro tiempo había sido arquero de Cambaceres. No tenía familia y nunca se había casado, pero sabía que tenía dos o tres hijos en Ensenada. A mi mujer pareció indignarle desde el primer día que el hombre no supiera nada de esos hijos ni de las madres. Parte de su indignación estaba fundada en el hecho de que ella nunca había conocido a su padre, quien las había abandonado de muy pequeñas a ella y a su hermana. Por eso a partir de allí, le cayó muy mal. A mí, sin embargo, me pareció macanudo. Quizá me daba lástima que fuera tan solitario y se hubiera vendido junto con la casa. Por eso traté de integrarlo a nuestras vidas y hablé con mi mujer para que entendiera que con aquel hombre íbamos a vivir para siempre.

Nuestros días empezaban con peleas disimuladas en la cocina, dinamitadas luego en la habitación. Cuando a mi mujer se le pone algo en la cabeza, difícil es que cambie de parecer, y Vicente era un personaje que le desagradaba. No sólo por ese detalle de su vida personal sino por pequeñas conductas cotidianas. Es verdad que era un poco fanfarrón y se le escapaba la soberbia con la misma asiduidad e insistencia con la que se le escapaban pedos. Hasta hacía unos años atrás, había recorrido el país en su Harley-Davidson y se jactaba, por esa cuestión, de ser muy macho y malo. Mi mujer reía con principio de lágrima al imaginarlo apretado en cueros, subido a la moto y con cara de interesante. Cuando yo le pedía un poco de compasión, empezaban nuestras disputas. Creo que nunca discutimos tanto como en la quinta.

Fue al encontrar la tapa del inodoro toda meada cuando dio el grito en el cielo y pidió que estableciéramos espacios para cada uno en la casa. Para mi sorpresa, Vicente accedió sin problema, casi como esperando que alguien hubiera planteado aquello más temprano en lo que iba de convivencia. A él se le dio, claro, la terraza. Los otros espacios nos los dividíamos mi mujer y yo de acuerdo a nuestras necesidades. No era nada injusta la repartija. La terraza era uno de los lugares más preciados de la casa, y como era techada y casi como escondida, podía estar tranquilo sin ser molestado por los días lluviosos o por el frío. En un día se instaló allí con todo lo que tenía: su ropa, sus dos o tres trofeos de infancia y un baulcito enigmático que tenía consigo siempre. Créanlo o no, aquella división hizo nuestras vidas un poco más calmas. Mi mujer no veía demasiado a Vicente, salvo cuando se cruzaban en el baño o en la cocina, y yo podía disfrutar algunas de sus anécdotas de fútbol sin los comentarios oscuros de mi mujer, a quien ahora el viejo ya no parecía molestarle.

Lo que ayudó mucho a esa paz hogareña fue que Vicente comenzó a introducir la rutina de la sopa. Después de cenar (nosotros en la cocina, él en la terraza), se ponía a preparar las sopas más ricas que hemos comido en nuestras vidas, que además de alegrarnos el paladar, cumplían la función oculta de estrechar nuestras relaciones. Sin darnos cuenta, pasábamos buena parte de la noche los tres en la terraza, tomando la sopa y hablando de fútbol, de las estrellas, y de cualquier cosa que nos pareciera interesante. Al principio mi mujer era un poco cortante con el viejo y se limitaba a agradecer y alabar la sopa. De a poco, se dejó engatusar por la exquisitez que nacía a partir de aquellas manos prodigiosas y se mostró un poco más dulce. Es que son las mismas manos que usaba para acariciar la pelota. Porque a la pelota hay que tratarla con amor, como a la comida, si no…fuiste, decía Vicente.

Cómo decirlo…era un tipo al que le gustaba mucho hablar de sí mismo, pero creo que a todo hombre grande le gusta hacer lo mismo; hablar de su vida se transforma en una especie de necesidad vital, algo así como plantearle al resto -y sobre todo a sí mismo- que aún habiendo vivido, todavía está vivo. Las historias de fútbol empezaron a interesarle hasta a mi mujer que no entiende nada y se empecina en ser de Gimnasia. Una vez contó la anécdota de un jugador de Cambaceres a quien en mitad del partido, desde la hinchada, su propio hermano lo llamaba y lo llamaba para avisarle que le habían robado su auto y que debía ir urgente a la policía. El tipo escuchó lo que su hermano le decía pero siguió jugando como si nada hubiera pasado. Una vez que te atrapó, te atrapó. Nada te saca. Es un infierno. Es una droga que te consume. Te consume hasta la muerte, dijo Vicente. Tenía esas frases solemnes y trágicas que mi mujer primero catalogó de “exageradas” y luego de “poéticas”.

Así transcurría nuestra vida en la quinta. Aunque hubiéramos pagado por ella, siempre me quedó la sensación de que no era nuestra; de que éramos sólo inquilinos, sensación que obviamente venía de la presencia de Vicente en el día a día. Pero al momento de la sopa la cosa cambiaba y aquella comunidad me parecía perfecta, nuestro propio sistema cerrado de cosas. Desde el balcón del fondo, podíamos sentir la naturaleza en su forma más viva: los árboles atropellando a la tierra; la vegetación extensiva haciéndose pájaros y verde; la soltura mágica de las decadentes hojas de otoño; la helada del invierno; las flores de la primavera; el color del verano; y el sonido interminable de las chicharras, que cuando en un momento dado se ponían a cantar todas juntas, parecían llevarse en ese sonido abierto cada pequeña parte de la casa.

Hasta que mi mujer enfermó y la cosa cambió. Un día sintió el estómago revuelto entonces enseguida la llevé al hospital para que le hicieran estudios. Ningún doctor supo decir qué era lo que tenía, pero sin lugar a dudas, estaba muriendo. Quedó internada varios días mientras investigaban cuál era su problema. Sin embargo, nadie entendía lo que estaba ocurriendo. Muchos doctores fueron a verla, todos con la actitud de quien quiere develar un misterio. A las dos semanas seguía en estado crítico, agonizando y con la mirada de despedida que tiene todo ser humano que sabe que se está por morir. Yo no me movía de su lado. Sólo cuando debía ir a trabajar o bañarme la dejaba. Pero luego de un mes de agonía, mi mujer comenzó a mejorarse. De repente, su cuerpo respondió a la extraña mezcla de remedios que le suministraban y un día terminó por sentirse bien, como antes.

Cuando le dieron el alta y ya estuvo repuesta en la quinta, sentí que me podía deshacer de toda la tensión que había sentido en todo ese trágico proceso, en el que, como imaginarán, debía mostrarme fuerte y entero. Por eso, apenas ella estuvo en la casa, empecé a llorar un llanto que duró casi un mes. Claro que era un llanto secreto, perdido entre el agua mientras me bañaba o escondido en algún baño. Siempre, a cierta hora del día, toda la tensión de los pasados meses se liberaba de esa manera. Creo que mis lágrimas también guardaban algo de miedo, porque nadie había podido entender qué le había pasado a mi mujer. Y acaso pensé que podía repetirse.

Sin embargo, ella parecía saber muy bien lo que le había pasado. Una noche, tirados ambos en la cama, sintiendo el croar intermitente de las ranas y el chapoteo de la vida animal allá fuera en lo verde, me dijo “fue la sopa”. Tardé en reaccionar porque era una frase muy vaga para mí. Te digo que fue la sopa, repitió. Le pedí que no exagerara pero, como ya he dicho, cuando a ella se le pone una cosa en la cabeza, no hay nada que cambie su parecer, ni siquiera la constatable verdad de los hechos. Es más, “la verdad” en su universo personal podría estar parada en la puerta de su habitación, observándola o danzándole alrededor que ella la ignoraría por completo, cerrando sus ojos y acatando a rajatabla los empecinados designios de su capricho.

Pronto me di cuenta de que mi mujer, desde que había salido del hospital, andaba un poco perdida y nerviosa. Cuando veía a Vicente se internaba en su pieza y no salía hasta que el viejo no estuviera en la terraza. Parecía odiarlo con ganas y lo miraba con la mirada de la injusticia, de la pena capital, de la angustia más oceánica que podía permitirse.

No sé cómo me dejé engatusar. No sé cómo accedí a su plan. En su momento me pareció, creo, algo coherente. Si no lo matás vos, lo mato yo, pero este viejo asesino tiene que tener su merecido. Esas fueron sus palabras. O no sé si dijo algo así como que tenía que probar algo de su propia medicina. El tema es que estaba convencida de que el viejo debía “pagar” por su intento de homicidio.

Hablar de matar y de muerte así tan a la ligera parece un trámite poco complejo. Pero no lo era. Al menos para mí. Quizá para mi mujer, un poco desenfocada y fatídica en su andar como zombi en la casa después de la internación, todo era una especie de continuación de aquel cuento fantástico en el que nos habían metido a vivir con un extraño. No sé. La cosa es que se lo mató. Un día que Vicente nos invitó a ver las estrellas desde la terraza, mi mujer, casi ansiosa en su exquisita criminalidad, le clavó uno de sus trofeos de infancia en la garganta y el viejo se desangró en el piso; no sin antes alcanzar su baulcito y atesorarlo entre sus manos como si fuera una ofrenda a los dioses en el largo camino hacia la otra vida.

Qué decirles sobre todo lo que siguió: la estupefacción, el silencio que colmó a la quinta durante uno cuantos días, la sangre lavada y el cuerpo oculto entre la maleza del fondo. Una vez escondido el cuerpo, cada rincón ya no parecía existir de manera despreocupada para mí. El cantar de las chicharras y de los pájaros ahora era aquello que no merecía; el canto de una vida apacible que se había transformado en un tormento. Estuve muchas noches sin dormir pero con mi mujer no hablábamos de nada. Ella también quedó un poco tocada con todo lo que pasó, pero le duró muy poco tiempo, enseguida le volvió la antigua felicidad que había sentido el primer día que fuimos a la inmobiliaria y descubrimos la casa, mucho antes de saber que se vendía con dueño y todo. Sin embargo, incluso cuando ella estuvo un poco mejor, omitíamos nombrar a Vicente y durante unos meses no usamos la terraza.

Pero, fieles al animal de costumbre que somos, de a poco el crimen pareció quedarse atrás como un mal recuerdo, como esas cosas que uno intenta olvidar porque necesita seguir vivo. Pero yo lo recordaba todo muy bien: los ojos asombrados, bien abiertos; las manos aferradas al baúl y el ruido de la carne blanda golpeando el piso frío de la terraza. Fue como si no hubiera querido defenderse, como si le hubiera dado lo mismo vivir o morir, siempre y cuando estuviera aferrado a su baulcito.

Mi mujer estuvo ya de buen humor pasado el año de la ausencia de Vicente. Nadie preguntó por él jamás y de a poco fuimos repatriando la terraza. Al segundo año recién pudimos, de vez en cuando, hablar sobre lo acontecido. Es que era un asesino, no podíamos vivir con un asesino, empezaba mi mujer. No, claro, decía yo automáticamente. Siempre que hablábamos de Vicente hablábamos de su perversidad oculta; de la muerte pergeñada en el secreto de la sopa. Era audaz, bicho como todo viejo, decía luego mi mujer. No nos quedó otra, ¿qué íbamos a hacerle?, me preguntaba, pero no era una pregunta.

No sé cómo nunca antes se nos ocurrió abrir el baúl que tanto había atesorado al morir. Simplemente lo guardamos en un cajón de la cocina y allí quedó. Hasta que un día, buscando no sé qué cosa, me topé con él. Era la hora de la cena y mi mujer estaba bañándose. Una temerosa araña pasó rápido por la mesa cuando apoyé el baúl sobre la misma. Desde el baño me preguntó qué quería comer justo cuando logré abrirlo. En él había varios papeles, recortes de diarios sobre noticias de fútbol, algunas monedas ya viejas y, envuelta en un sobre dorado, lo que parecía ser una receta. Era, entenderán, la receta de su sopa mortal. Mi mujer salió del baño y se quedó con la pregunta en la boca. No había nada malo en la receta, es más, parecía ser una de esas cosas que se pasan de generación en generación, de abuela a abuela. Ella misma la leyó y luego la colocó en el baúl sin mirarme.

Al otro día lo quemamos con todo lo que tenía adentro. Porque andá saber qué clave oculta tiene esa receta para que nadie entienda que en realidad es un veneno, dijo mi mujer. Y enseguida retornamos tranquilos a nuestra vida en la quinta, con el croar de las ranas y el silbido de los murciélagos.

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