• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad

    El silencio también puede matar

    por Susana Maroto Terrer



TENDIDA en la cama, como muerta, sus ojos y su boca se empezaban a tornar en un gesto de tristeza y comenzaban a brotar tímidas lágrimas de aquellos diamantes. Otra vez, en la oscuridad de sus pesadillas podía distinguir la figura del tierno e inocente ángel de su juventud. Jugaban, reían y entre las sombras se bosquejaban ciertos momentos vividos a su lado. Era como vivir en el recuerdo y formar parte de él. Siempre que soñaba con aquel angelito reaccionaba de la misma forma. Era su manera de rebelarse contra lo que había sucedido, aunque inconscientemente. Yo la miraba y me conmovía, pero me quedaba paralizado y se me escapaba alguna lágrima a mí también. Me dolía verla así, incapaz de superarlo.

Por fin se le secaron los ojos y despertó. Me miró y sonrió, entonces sentí que sus ojos me pedían un abrazo. Me quedé a su lado, ella entre mis brazos, su cabeza en mi pecho y mis manos acariciando su dulce rostro húmedo. Giró la cara hacia mí, me miró, me dio un beso y repentinamente, como poseída por el diablo, se levantó y enseguida se puso a hacer cosas. Sabía que haría eso, solía hacerlo cada vez que tenía esos sueños y veía que yo me preocupaba. Ese tierno sentimiento que tenía hacia toda la gente es lo que me enamoró de ella.

Mientras comíamos, callados, no dejaba de mirarme con unos ojitos bordados de melancolía. Cuando estaba recogiendo la mesa, antes de hacer el último viaje a la cocina me dijo: “te quiero” y me dio un beso en la mejilla. Se sentía culpable, no entendía que yo la amaba y era mi necesidad preocuparme y pensar cómo ayudarla.

Por la tarde salimos a la plaza del pueblo a dar un paseo. Me cogió la mano. Se sentía más segura así. Caminábamos en silencio disfrutando de la fría brisa golpeando nuestros rostros, absorto cada uno en sus sentimientos, y regocijados por la leve caricia de nuestras manos. Iluminados por los inmensos destellos, la miraba y veía en sus ojos un brillo especial, fulgurante, como si corriera un río en su mirada.

De repente, oímos un estruendo, parecía el sonido de fuegos artificiales. Nos acercamos más. Había algún tipo de espectáculo en la plaza. Un millón de luces de colores, música angelical que vibraba al son de los fuegos artificiales, la gente feliz, sonriente… Miré a Alba. Estaba sonriendo. Alba tenía dos tipos de sonrisa. Cuando estaba triste y melancólica trataba de disimularlo sonriendo, con una sonrisa falsa que bosquejaba unos hoyitos muy graciosos al lado de su boca de caramelo. Y otra sincera, como la de aquella tarde. Se notaba que el show despertaba en ella algo especial. Me miró. Sus ojos, vivos, tenían un brillo más especial que antes. Eran dos gotas de rocío. Me arrancó un dulce y sabroso beso de amor. Yo la abracé, quería que notara mi presencia, mi abrigo, mi protección, mi apoyo. Fundidos los dos en uno, con nuestras miradas fijadas en el cielo y aquella melodía endulzando nuestros oídos, Alba me cogió de la mano, me dio un beso, sonrió y me alejó de la multitud. Parecía que por un momento hubiera despertado de su letargo de tristeza y melancolía. Sentía que el alboroto se desvanecía. Llegamos a un rincón y entonces se puso seria.

Era toda cristal.

Pasaban los días. Alba volvía a soñar una y otra vez con Lucía, una chiquilla de 12 años a la que vio crecer y con la que compartió su juventud. También se culpaba de lo que le sucedió a su angelito. Siempre decía que tenía que haber sido ella quien muriera y no Lucía.

Alba estudiaba filología hispánica. Le apasionaba escribir, ese era su mundo, su vocación, su válvula de escape.

Después de cenar, nos tiramos al sofá a ver la tele. Hablábamos, reíamos, nos mirábamos con admiración. Se acercó a mí. Su sola mirada me aceleraba el corazón, su dulce cara me enamoraba. Rozó mis labios con los suyos, su lengua acariciaba la mía. Sentía una mano acariciándome el torso, tratando de quitarme la camisa. Consiguió desabrocharla y dulcemente sus deditos fluyeron por mi piel lentamente calentado mi fuego. Me encantaba mirarla mientras me acariciaba, esa mirada de ángel, tan amorosa y tierna. Nos besábamos, ¡me encantaban sus besos! Podía sentir cómo ella se estremecía cuando sentía el tacto de mis manos acariciando todo su cuerpo lentamente. La desabroché el sujetador, lo tiré al suelo y ella empezó a besarme con más pasión. Me quitaba el pantalón lentamente y sin parar de besarme. Bajaba de la boca dándome besitos por el torso hasta llegar al pantalón. Entonces me lo quitó, me cogió de la mano y me llevó a la habitación. Estaba a oscuras, iluminada por la tibia luz de las mil velas que había alrededor de la cama. Puso música y me tiró a la cama. Siempre le gustaba hacerlo con música de fondo. Notaba cómo el calor de sus deditos iba subiendo por mi estómago, por mi pecho, hasta llegar a la cara. Me acariciaba los labios, las mejillas, nos mirábamos con amor, nos besábamos. Ya desnudos y la temperatura ascendiendo poco a poco, montó encima de mi y cabalgamos juntos hacia un viaje fascinante que desembocaría en el éxtasis. Me daba besitos en el cuello, veía que tenía los ojos cerrados y que se mordía el labio. La oía jadear. Temblábamos y gemíamos. Me encantaba sentir su cuerpo desnudo junto al mío, acariciarla, besarla, oír sus gemidos…

Antes de volverme a la ciudad y separarme de Alba, quedamos con unos colegas y salimos de marcha. Aquella noche Alba estaba espectacular. Se hizo tirabuzones, pintó el contorno de sus sensuales ojos de miel de negro, resaltándolos aún más, se pintó los labios de color carmesí, se puso una falda con botas y una camiseta con un escote muy sexy. En la puerta de un pub había varios chicos, unos drogándose, otros vomitando, otros dando tumbos. Alba odiaba aquel escenario. Le parecía una situación muy triste y penosa. Entramos. Alguno de mis colegas fue a la barra a pedir un cubata, hablábamos, reíamos, y mientras tanto Alba no paraba de bailar. Tenía un encanto especial, su forma de contonearse embrujaba a todo el pub, que no le quitaba ojo. A ella no le gustaba llamar la atención, pero le encantaba bailar y para ella eso era ir de fiesta. Se movía de una forma muy sensual, sonriéndose y lanzando unas miradas penetrantes y picaronas que extasiaban. La verdad es que lo hacía muy bien, como otras muchas cosas. Mis colegas no paraban de repetirme que tenía mucha suerte de estar con ella. Pasamos la noche pululando de pub en pub. Alba acabó agotada.

Por la mañana me despedí de mi nena y marché para la ciudad. Cada despedida era terrible.

Pasaban los días. Hablábamos por teléfono todos los días, pero era muy difícil estar lejos de aquel angelito de chocolate. Un día al llegar del trabajo vi que había una carta en el buzón. Era de Alba:

“Hola amor:
Mi alma se desborda de sensaciones, de sentimientos, y ya no sé por donde empezar a contarte lo que mi corazón nunca se cansará de decirte, de recordarte.
Necesito escribirte para que imagines que estoy allí contigo, a dos pasos de ti, porque sientes que estoy hablando contigo, porque sientes y siento que nuestros corazones laten al mismo compás, porque imaginas mi mirada y puedes ver toda la melancolía del universo escrita en mis ojos. Pensando en ti he construido un mundo lleno de historias, pequeñas complicidades que me permiten vivir alejada de los demás. Creo que también tú lo has hecho, que lo hemos creado juntos por el ansia o la necesidad que tenemos de estar juntos los dos solos a cada momento. Es un espacio propio que habitamos ambos, maravillados de encontrarnos en él.
Hay vidas que se alejan despacio. No se abren inesperadamente abismos de distancia, sino que cada una anda algunos pasos justo en el sentido contrario a la otra. Nacen rendijas que no se perciben, hasta que las grietas las resquebrajan. Sin embargo, hay otras vidas que a medida que pasa el tiempo, al mismo ritmo, se van adentrando más, van profundizando más la una en la otra hasta ser una sola. Así me pasa contigo, amor. Y a veces soy egoísta, pero es el egoísmo de quienes lo quieren todo al instante porque los empuja la urgencia del otro. Cada vez estoy más segura de que estoy enamorada, y aunque sé que algo falla, quiero luchar por este sentimiento. Te quiero Dani.
Fdo.: Alba.”

Una sonrisa. La inmediata reacción a aquella carta fue una sonrisa de alivio. Me sentía feliz.

Cuando entré en casa ya olía a comida, mi madre tenía todo listo para comer.

- Dani, hijo, esta tarde llega la amiga de tu hermano. A las ocho iremos a recogerla a la estación, por si quieres venir.
- Hoy salgo a las 19.30 pero no sé si llegaré a tiempo.

Cuando terminamos de comer Rosario, mi madre, se dejó caer en el sofá y se quedó dormida viendo la tele. Yo enseguida me fui a trabajar. Pensaba en Alba, seguro que se había pasado todo el día escribiendo, pura babosada en su opinión, aunque yo creo que tenía talento. La imaginaba sentada en su escritorio con las piernas cruzadas y desbordada de energía. Nunca la he visto con tanta energía como cuando se posaba frente al ordenador y encadenaba unas palabras con otras de una forma inquietante y asombrosa. En esos momentos daba lo mejor de ella. Era una delicia para mi corazón imaginar a Alba.

Eran las siete, terminé el papeleo y salí para la estación de autobús. Allí estaban mi hermano Alejandro, mis padres y una chica pelirroja, alta, muy guapa, que debía de ser la amiga de Álex. Estaban a punto de irse, cuando Rosario me vio y todos volvieron la vista hacia mí. Me acerqué y veía a Álex desprendiendo una alegría impávida que nunca había visto reflejada en su rostro.

- Esta es Sara, Dani. Dijo mi hermano, sin dejar de sonreír ni un momento. Resultaba gracioso verle así, solo faltaba que se le cayera la baba.

Nos presentamos y nos dimos dos besos. Sara no dejaba de mirarme y a mi me preocupaba no haberle causado una buena impresión. Parecía simpática.

Álex y Sara se conocieron en unas vacaciones de verano en Cádiz. Se carteaban muy a menudo y hablaban bastante por teléfono y Messenger. En casa no sabíamos qué relación había entre ellos, Álex nunca nos contaba nada.

Un día que fueron todos al médico con la abuela, Sara se quedó en casa leyendo. Cuando llegué del trabajo seguía sola en casa sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y una falda roja que mostraba sus terribles encantos. Me pidió que la acompañara a dar una vuelta, que estaba cansada de estar en casa encerrada y necesitaba tomar el aire. Yo me animé con mucho gusto. Sara me desconcertaba, desde que había llegado no había dejado de mirarme, pero siempre con un gesto muy serio. A veces resultaba sensual y me gustaba, pero otras veces me parecía que no le había dado muy buena impresión. Caminábamos entre los chorros de luz, entramos en mil tiendas para no comprar nada, reíamos, decíamos mil tonterías, jugueteábamos, fuimos al cine, cenamos en un buffet libre y nos pusimos las botas. Nunca había visto a una chica comer tanto y tan deprisa. Era gracioso. Se nos hizo tarde y llegamos a casa a la 1 de la madrugada. Cuando cruzábamos la puerta vi que tenía un montón de llamadas de mamá y otras tantas de Álex. Se habían preocupado y ahora llegaría el momento más agrio. Álex se enfadó muchísimo y se pasó un mes sin hablarme. Mamá me echó el sermón y Sara no paraba de sonreír. Yo veía cómo mamá la miraba de reojo con cierta desconfianza y tenía que hacer un gran esfuerzo por no reírme también.

Al día siguiente había tenido una mañana muy movidita en el trabajo y cuando me iba a ir a comer, alguien apareció en la oficina. Más guapa y atractiva que nunca, Sara entró, me dio dos besos y me echó una mirada fulminante que llegó directa al calor de mi corazón. Me cogió la mano y me sacó, casi secuestrado y sin decir palabra, de la oficina. Me llevó a un restaurante que había cerca del trabajo y me invitó a comer. Llevaba una larga melena bermeja, sus ojos eran el cielo, rasgados y contorneados de negro salvaje, su piel morena y muy suave. Llevaba un pantalón corto púrpura con medias de rejilla y unas botas blancas muy altas, una camiseta rojiza muy sensual que enseñaba mucho más de lo que tapaba y un largo abrigo de cuero negro. Mirar sus labios era el paraíso, eran pura tentación. Me miraba, como siempre. No dejaba de mirarme, una mirada oscura, picarona, obscena… Me encantaba.

Acabamos de comer y me devolvió al trabajo. La tarde estaba siendo muy tranquila, incluso me aburría. Vi una sombra tras la puerta y pensé que por fin iba a entrar un cliente.

- ¡Sara!

Otra vez era ella. Parecía que me espiara y supiera que estaba libre. No sabía que querría a esas horas, yo no podía salir de la oficina. Pero el solo hecho de verla a mi me fascinaba. Entró, me miró con la inquietante mirada a la que me tenía acostumbrado y cerró la puerta, poniendo una mesa para que nadie pudiera entrar. Por un instante la imagen de Alba se me vino a la cabeza y yo me sentí fatal. Pero entonces aquel diablo se acercó a mí, me susurró algo al oído, vi como sacaba la lengua entre sus labios carmesí, a mi me ardía el cuerpo. Su lengua acarició mi oreja y bajando por el cuello, beso a beso, llegó a la boca y su lengua jugueteaba pasionalmente con la mía… Se alejó de mí y empezó a desnudarse con la sensualidad propia de un striptease. Yo no podía aguantar, algo en mi interior gritaba en rebeldía. Me acerqué a ella y la agarré por la cintura. Estaba completamente desnuda. Sus sedosas manos me recorrían el cuerpo, y en un abrir y cerrar de ojos también yo estaba completamente desnudo. Fue una tarde increíble de sexo, como nunca había tenido en mi vida.

Pero al día siguiente solo podía pensar en Alba, ¿cómo iba a mirarla a la cara después de aquello? Tenía el corazón dividido, Sara en casa y Alba a 265 kilómetros de distancia. Sara, guapa, muy sensual y tremendamente pasional. Alba, muy tierna y cariñosa, una gran mujer.

Notaba que Alba era consciente de que algo raro pasaba, yo me estaba alejando de ella sin querer, por una mujer que me había endiablado. Álex también parecía notar algo, todavía seguía sin hablarme. Sin embargo, yo notaba que Alba había cambiado, algo le había pasado, estaba seguro.

Pasaban, las horas, corrían los días volaban los meses.

Últimamente no había hablado mucho con Alba, ella había intentado contactar conmigo un millón de veces, pero nunca la contesté porque no sabía cómo enfrentarme a ella después de lo que la había hecho.

La noche se disfrazó de amanecer trayendo consigo la hermosa silueta del endiablado demonio. Cuando el primer rayo de luz se sintió, Sara se apareció en mi cuarto como salida de la nada. Sin menguar palabra, con una simple mirada hipnotizadora, me llevó a la playa. A mí, en lo más profundo de mis entrañas empezaba a darme miedo, pero estaba hechizado y no sabía reaccionar. Me tiró en la arena, las olas bañaban mis pies. Ella montó encima de mí y a horcajadas comenzamos otro de aquellos viajes que me habrían de llevar al infierno. En el lejano horizonte se podían ver dos bellas y estremecedoras siluetas envueltas en un dulce abrazo y fundiéndose en un beso pasional. Éramos imagen de película.

Pero entonces apareció Alba con un bebé entre los brazos, y con lágrimas en los ojos me dijo: “Este es Enrique, tu hijo” y salió despavorida, como alma que lleva el diablo. El continuo vaivén desnudo entre los brazos de Sara me erizaba la piel y me hacia temblar así que no pude correr tras Alba. Perdí a la mujer más maravillosa que había conocido y perdí al fruto de nuestro amor. Yo sabía que si hablaba con Alba y se lo explicaba todo ella lo entendería y me perdonaría, pero no quería hacerle eso, la había tratado muy mal y ella no merecía estar con alguien como yo. No intenté contactar con ella, no quería complicarle la vida. Mi único consuelo era pensar que Alba sería una madre ejemplar, la respaldaba su amor y ternura a la humanidad.

Todo color, toda luz, toda esperanza se tiñó de negra oscuridad. Ya no veía nada con claridad.

Ahora me hallo desconsolado, envuelto en mi propia tragedia. Nunca volví a saber nada de Alba ni de Enrique. Aquella mujer fatal se casó con mi hermano Álex, otra víctima de su irrefrenable deseo, y se fueron a vivir a San Francisco. No volví a saber de ellos.

A veces me parecía ver a Sara aparecerse en mi oficina o en mi cuarto. Aquella endiablada mujer me había embrujado. Nunca volví a ser el mismo.

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