• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (4)

    El Éxtasis de los Ratones

    por Ricardo Iribarren


Luego del décimo trago del licor celeste, el ratón llamado Cañupán emitió una réplica de sí mismo. Como su original, vestía un gastado traje de Armani. Zapatos deportivos que habían sido negros y brillantes y un par de aerodinámicos anteojos de segunda mano. A su lado, el doble de la ratona Miñajapa, llevaba trenzas infantiles y un vestido amarillo y rojo, sostenido de sus hombros por dos tiras.

El duplicado del ratón ensayó unos tambaleantes pasos de baile. Al sentirse seguro de los movimientos, tomó a su compañera de la pata y ambos se precipitaron al vacío desde el décimo piso. Al caer, la ratona clavó los ojos en el abismo, con una expresión salvaje.

Un par de horas antes, Miñajapa había golpeado la puerta de Cañupán, exhibiendo el licor que los llevaría al éxtasis y que los hombres utilizaban para limpiar ventanas. El ratón se había negado a la propuesta, pero ella suplicó, alegando el doloroso exilio que sufría en el mundo de los hombres. Les bastaba embriagarse, desprender los fantasmas y hacerlos caer desde las alturas. La experiencia no llevaría más de treinta minutos del tiempo humano. Ahora, luego del décimo trago de limpiavidrios, ambos eran dos exhalaciones entre las nubes violetas.

- ¡Como niños. ¡Como niños! - repetían los ratones En la caída vertiginosa, la réplica de la Miñajapa, se había quitado las ropas. Se impulsaba hacia su compañero. Se hundía en el vientre blando y caliente del ratón macho. Se licuaba en la sangre con un gorgoteo y volvía a salir por un agujero de las caderas de Cañupán. Unos segundos más tarde, entre gritos de alegría, el ratón se hundía en la vagina de Miñajapa. En segundos, emergía por el ombligo como un vapor, un soplo, un suspiro del cielo. Para la limitada visión humana, aquella era una unión sexual. Los ratones, en cambio, negaban el erotismo de la práctica. La caída de los cuerpos etéreos no se vinculaba a la reproducción y la excitación era de naturaleza espiritual,
no física.

- ¡Como niños.¡Como niños! -seguían repitiendo, aunque en el mundo de los Ratones Azules no se conocía la infancia. Todos nacían con el tamaño y las responsabilidades de los adultos.

En el apartamento habían quedado los cuerpos inertes, con los ojos vidriosos. Apenas respiraban. Sobre la mesa, tres gotas azules del limpiavidrios formaban dos ojos y una boca que parecía sonreír. Hasta la habitación llegaban los chillidos que proferían los dobles al atravesar los abismos de la caída.

Los Ratones Azules podían emitir siluetas etéreas con las mismas características de los cuerpos físicos. La luz se opacaba a través de las láminas de los fantasmas y al caer, eran balanceados por las nubes violetas y tibias. El viento los arrojaba a cañadas que parecían no terminar. Un nuevo frente de niebla los recibía una y otra vez.

Miñajapa era la que más gozaba. Se desplomaba con un chillido constante y buscaba a su compañero, saltando y rebotando en los cúmulos. Otras veces se limitaba a caer pesadamente, contemplando las crestas blancas de las montañas lejanas. Las plateadas superficies de lagos y ríos que rodeaban la ciudad.

Una hora antes, agitando sus trenzas grises, la ratona confesó a Cañupán que había reflexionado mucho sobre la idea de caer en la botella. (Así llamaban al encuentro extático). El roedor le preguntó tres veces si estaba segura de su decisión. Ella explicó que hacía dos años vivía con un hombre y proyectaban tener hijos. Al decir esto, se interrumpió mordiéndose los labios. No se atrevía a confesar a Cañupán los accesos de celos de Luigi, su pareja. No sólo la golpeaba, sino que había arrancado trozos enteros de la piel del lomo y quebrado una de sus patas delanteras.

- Puedo decir que soy feliz con mi hombre -mintió la ratona-, pero necesito someterme a la caída. Lo pide mi mente para mantener sus límites. De no hacerlo, me esperan las implacables comadrejas de la locura.

Entre los Ratones Azules, beber aquella bebida elaborada con fenoles y alcoholes, permitía equilibrar sus espíritus. Así superaban la dura adaptación que exigía la cultura de los hombres.

Cañupán explicó que no quería tener problemas con la pareja de Miñajapa. Sabía que los accesos de celos, propios de los humanos, podían ser incontrolables. Ella prometió, rogó, suplicó, hasta lograr el consentimiento del roedor. Muy flemático, él disertó durante media hora acerca de la necesidad de adaptación de los Ratones Azules a la sociedad humana. Ella lo interrumpió: debían terminar la ceremonia cuanto antes debido a que su hombre no tardaría volver a la casa y exigía verla allí.

- Entonces el humano no sabe del ritual, señora Miñajapa
- Le recuerdo la enmienda de la legislación ratonil por la que no es necesario decir a los hombres todos los detalles que forman nuestra cultura.

El ratón asintió. En su soledad, él también necesitaba de aquello.

La primera parte de la ceremonia consistía en tragar la luna. Con las luces del cuarto apagadas, invocaron al astro que se manifestó a los pocos minutos como una esfera brillante e intangible. Debían colocar las patas delanteras en las espaldas y tomarla tan sólo con las bocas. Estaba permitido masticarla y recibir la ayuda de la pareja. Era frecuente que ambas bocas y lenguas se encontraran. (Uno de los argumentos levantados por quienes calificaban de erótica a la costumbre).

Después bebieron los diez sorbos del limpiavidrios. Los tres primeros produjeron en los ratones un fuerte dolor de intestinos y vísceras. Al seguir apurando el líquido azul, el sufrimiento se trastocó en una fuerte sensación de éxtasis. Hay quienes describen a la experiencia como “una línea circular iniciada en el bajo vientre, que sube hasta detenerse en el centro del estómago, para luego transformarse en un árbol lleno de flores”. Era entonces cuando el embeleso se transmutaba en el vértigo de la caída.


De los mundos que diariamente descubría el doctor Petrov, los Ratones Azules eran quienes más alternaban con los humanos. El centro vital de los roedores permanecía oculto en un sitio ubicado entre la nuca y el cuello. Allí, un gusano de tres pulgadas, regulaba sus cuerpos. Formado por tejido nervioso, era más que un cerebro. Lo definían como un organismo completo, con autonomía biológica y capacidad de razonamiento. Disponía de un par de gruesas alas que siempre se mantenían plegadas. Al extraer aquella larva, el ratón permanecía en vida latente hasta que se la volvían a insertar. Al intercambiarse con otros seres de la especie, se transfería la personalidad. También funcionaría en cualquier otro animal o en un hombre. Esto no se podía comprobar. La práctica estaba prohibida por la Ley de Defensa de los Derechos de los Habitantes de otros Mundos.

Ante el consumo del limpiavidrios, dicho gusano aumentaba tres veces su tamaño original. Con la inflamación, el deseo del éxtasis era incontrolable. Obligaba al ratón a emitir su réplica y hacerla caer desde una altura considerable.

Casi nunca llegaban al suelo, ya que los dobles regresaban a los cuerpos antes de tocar tierra. Toda caída era detectada por agentes del servicio de inteligencia militar, encargados de “patrullar las fronteras internas y externas de la patria”. En aquella mañana, un par de gendarmes observaron con atención las tenues figuras que parecían volar. Sus trayectorias eran filmadas por una sofisticada y pequeña cámara que las trasmitía al comando central.

- Dos bichos están culeando -comentó uno de ellos
- Por supuesto. Estos bichos no saben hacer otra cosa .

Las cámaras trajeron hasta ellos la identidad de los ratones. Cañupán era un poeta y como todo artista, resultaba sospechoso de apoyar la oposición subversiva. La ratona Miñajapa era la esposa del famoso anarquista Luigi Luscenti, quien colaboraba con el gobierno militar.

Los agentes consignaron los datos. Ni siquiera habían escuchado hablar de la opinión que interpretaba la caída como un hecho cultural. Para ellos, los ratones protagonizaban una unión sexual o “culeaban”, citando la grosera expresión que repetían a cada instante.

Las tenues siluetas eran visibles a simple vista como un par de manchas apenas más oscuras que la bóveda celeste. En medio del cielo de la tarde, se separaban, se buscaban, se unían y no dejaban de caer.

Uno de los agentes tomó el teléfono y buscó el nombre de Luigi Luscenti entre sus contactos.

- …te llama un amigo. No importa mi nombre… es para informarte que tu novia está “culeando” en el cielo con un ratón hijo de puta… Te dije que soy un amigo que te quiere. Por eso te lo informo. Llegarán a tierra en quince minutos.

Los ratones, en tanto, seguían agitándose como dos manchas inocentes y gozosas en los tiernos vientres de las nubes.

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