• Alfonso Estudillo

    La Voz de Arena y Cal

    Europa, aquella bonita utopía

    por Alfonso Estudillo


La Unión Europea ha sido siempre un sueño para casi todos los ciudadanos de esta vieja zona del mundo. Un sueño, casi utópico, de ver nuestras tierras convertidas en una súper nación que, por años, historia y experiencias, debería contar con cualidades ingénitas para ser la mayor potencia política, económica y social de todos los tiempos.

Pensábamos casi todos que la Unión Europea sería capaz de materializar una eficaz y armónica unión de las diferentes etnias, culturas e idiosincrasias que habitan los países de esta extensa área que cubre desde el Atlántico hasta el Caspio y desde el Mediterráneo hasta el Ártico, que escalaría todos los puestos para ser la primera potencia económica y financiera del mundo, que sería un referente para todo el orbe en cuanto a derechos sociales, libertad, igualdad y derechos humanos en general, que se erigiría en símbolo de justicia para que todos los ciudadanos nos sintiéramos orgullosos de ser europeos.

Pensábamos que las personas que habrían de componer sus órganos y equipos de dirección, y, sobre todo, los componentes de la cúpula, los rectores de esta gran nación, además de hombres íntegros y honestos, serían auténticos expertos en la creación y desarrollo del gran pueblo de la Unión Europea. Pensábamos que, como todos los seres humanos, podrían tener pequeños fallos en los inicios de tan magna obra, errores en la comprensión de las distintas idiosincrasias y la unificación de normas que contentaran a todos sin gran menoscabo de sus legítimos derechos y costumbres. Errores, quizás, en la interpretación, corrección, ordenamiento y aplicación de los muy variados derechos sociales, tan escasos la mayoría de las veces y tantas veces conseguidos en muchos años de auténticos esfuerzos y sacrificios.

Pensábamos, en resumen, que la idea que guiaba a estos novísimos, adelantados y, supuestamente, intachables padres de la patria sería la creación de un gran pueblo en el que no habría otra razón que el bienestar, la prosperidad y los derechos de todos sus ciudadanos.

Y aún lo pensábamos hasta hace pocos días. A pesar de las drásticas normativas impuestas a países como Irlanda, Grecia, Portugal y España, aún creíamos en la buena fe y buen hacer de quienes llevan el timón en la nueva Europa. Sí, aún creíamos... Hasta que llegó la fórmula chipriota, hasta que los gerifaltes de la gran nación europea dijeron cómo había que proceder para que Chipre ordenara sus cuentas, recompusiera sus déficits y se sometiera a la corrección social, política y financiera que exige ser miembro de la UE.

La fórmula no era -como en los otros países rescatados- pedir a su gobierno que aplicara medidas fiscales y recortes sociales a sus ciudadanos -en cierta manera, comprensible-, ni adaptar su economía a, entre otras cosas, unas lógicas normas de conducta y transparencia que evitaran chanchullos fiscales, financieros y bancarios y gastar más de lo que se tiene.

La isla de Chipre, un pequeño país situado al fondo del Mediterráneo, con poco más de un millón de habitantes y un PIB parecido al de cualquier ciudad media de España como Cádiz o Las Palmas -y oscuro paraíso fiscal donde se dan la mano la libra, el dólar, el rublo y el euro, creando un volumen de Banca siete veces superior al PIB del país-, solucionaba su rescate con 15.800 millones de euros, de los que, según la ordenanza propuesta, la UE aportaría 10.000 y el resto debía ser aportado por el propio país.

Y aquí es donde se advierte que la UE parece no estar gobernada por las personas que creíamos ni perseguir los fines que todos anhelábamos. La formula ordenada para el rescate, una quita de 6,75 % para los depósitos bancarios de menos de 100.000 euros y de 9,9 % cuando superan esta suma, significaba literalmente meter la mano en el bolsillo del ciudadano y quitarle su dinero y pequeños ahorros.

¿Un error de bulto? ¿Un lapsus calami sobrevenido por las prisas o la buena voluntad de querer dar cuanto antes una solución a algo que ya se demoraba demasiado? ¿Un "experimento" -como dicen ahora- para frenar -o castigar- los múltiples chanchullos de la Banca chipriota? No. Viniendo de donde viene esta fórmula, de ninguna manera podemos pensar en una chapuza de gente inexperta ni ningún otro subterfugio relacionado con castigos a Bancos o sus procedimientos financieros. Se trata de rescatar un país miembro de pleno derecho de la UE (su curriculum debió tenerse en cuenta en su día) y a sus ciudadanos. Y quitar el dinero a todo quisque no puede ser fórmula lógica ni correcta. Resulta chocante por improcedente e inadmisible por impropia, ajena por completo a todo lo esperable, más aún cuando se salta a piola unas normas tan sagradas -dictadas y reconocidas por la misma UE- como la inviolabilidad de los primeros 100.000 euros que tengan los ciudadanos en cuentas o depósitos. 

Esta solución, que no cuenta para nada con los privativos e inalienables derechos de los ciudadanos, sólo puede ser fruto de una idea, de una filosofía, de una todopoderosa religión que emana -no podría ser otro- del gran capital, del quevediano poderoso caballero, de los exclusivos intereses de unos pocos, del arcaico e incurable gran cáncer de la humanidad, y que, muy a mi pesar, por mucho que nos duela a todos, nos deja perfectamente claro -y así lo debemos reconocer- es lo que guía, lo que mueve, lo que está detrás de todo cuanto se está haciendo para construir la magna obra de la nueva Europa.

Así las cosas, siendo el todopoderoso caballero dueño absoluto de la economía, de la política, de los derechos sociales y de nuestro futuro, sólo nos queda encomendarnos al de arriba por si le place echar un vistazo a este extraordinario paraíso con que nos dotó... y de camino, ver si le puede dar siquiera unos retoques a la figurilla de barro en la que dio vida a su obra más excelsa.

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