• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad

    Naranja fosforito

    por Susana Maroto Terrer



Zaragoza. jueves 12 de abril de 2012

Esta tarde he hecho un gran esfuerzo para no decepcionar a mi amiga Carmen. Me ha pedido que asista a la presentación del libro de una escritora a la que ella conoce. Quería que le comprara el poemario que presentaba la autora (no recuerdo su nombre, solo que el apellido llevaba H y acababa en “ez”) a las 20.00h en la librería Antígona. Ella tenía las prácticas del máster de educación en un instituto hasta las 21.00h (que luego se alargaron hasta las 22.00; pero esa información no es relevante). Me ha insistido mucho porque sabe que con mi vergüenza es muy probable que me eche para atrás.

Hacia las 16.00h hemos estado en el salón de su casa haciendo batuka. Hora y media después se ha marchado a clase y yo me he quedado sola en su casa repasando mi último trabajo del curso de Formación de Correctores online.

Con el estómago ardiendo en telarañas incendiarias he cogido fuerza y he decidido acercarme a la librería.
Al llegar había ya gente esperando, entre risas, complicidad y charlas amistosas. Empezaba a sudar y se me aceleraba el corazón, pero mantuve la cabeza alta.

Pregunté a la dependienta si efectivamente había una presentación de un libro esa misma tarde y cuál era esa obra. Me informó y, ante su afirmativa, compré el libro con los 10 euros que ya me había dado Carmen. Leí el nombre de la autora, Silvia Castro Méndez, para asegurarme de que no me equivocaba. Aunque, de hecho, tuve la intuición de estar errando, aquel apellido no me sonaba al que me había dicho Carmen. Aún así pregunté quién era la autora y sin vacilar (de lo contrario habría echado a correr nada más ver el percal) me acerqué a ella. Le comenté que era amiga de Carmen y que me había pedido aquel favor, así que le solicité que me firmara el libro para mi amiga si era tan amable. Ella me dijo e insistió varias veces en que no conocía a Carmen. Yo me quedé bloqueada y asustada, temiendo no conseguir mi objetivo. No tuve la menor duda de que aquella mujer costarricense tendría problemas de memoria o que quizá su relación con mi amiga no fuera tan estrecha como para acordarse de ella. Un hombre se acercó a Silvia y ella se olvidó de mi presencia haciendo caso omiso a mi petición.

Los sudores crecían. Estaba segura de que mi rostro había tomado un color rojizo que delataba mi inferioridad, a pesar de mis intentos por parecer una mujer fuerte y segura. Dejé que acabara de hablar con aquel señor para volver a acercarme a ella e insistir en mi petición, pero no fue necesario, enseguida se percató de su poco tacto con una posible lectora y se acercó a mí para firmarme el libro con las palabras que Carmen me había pedido. Le agradecí el gesto y me quedé a escuchar la presentación de aquel libro naranja fosforito.

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