• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (5)

    Viaje al Mundo sin nombre

    por Ricardo Iribarren


Desde tiempos inmemoriales, los unicornios convivieron en el planeta con todas las especies. Retozaron con los dinosaurios. Corrieron con los primitivos caballos en las amplias planicies de la edad de hielo. Al llegar los humanos, se convirtieron en sus aliados y les brindaron poderes especiales a cambio de atención y comida.

Cuando se inauguraba una edad oscura y la humanidad olvidaba las palabras que les permitían vivir, los unicornios se metamorfoseaban en hombres para recordarlas. Mantenían la conciencia de la misión originaria a través del cuerno. Al cumplir trece años, la fantástica extremidad se presentaba ante ellos en una brillante epifanía. Entonces, se convertía en un amigo, dispuesto a servirles en todo momento.

Seres aislados, sensibles e intuitivos, se destacaron a lo largo de la historia en diferentes ramas del arte. A medida que envejecían, el cuerno se hacía más pesado y era más difícil adaptarse a la vida humana Muchos de ellos se extraviaron y murieron en la locura.

En el momento en que el corazón del Escritor Unicornio fue apretado por Irma La Morte, un soldado acribilló a la famosa locutora. Entonces la agonía se instaló en el cuello del hombre, como un oprimente y negro collar. Pidió ayuda al doctor Petrov, quien le presentó a Mika, la hermosa habitante del Mundo sin Nombre. La siguió durante días por la ciudad y aquella persecución alucinada lo apartó de la muerte.

En los días que siguieron, sus amigos lo vieron cada vez más pálido y delgado. Raras veces comía. No había vuelto a escribir y pasaba despierto noches enteras. Sentado en un cojín frente a una pared despintada en el pasillo del edificio, hablaba muy poco. Cuando lo hacía, afirmaba estar cambiando de mundo. Para ello, debía atender a las mínimas señales del organismo.

Otras veces pronunciaba frases enigmáticas, como: La muerte se detuvo por mi afán de encontrar a Mika. Lo que espantará definitivamente mi agonía, es que viaje a su universo.

El recuerdo de aquel día, cuando persiguiera a la hermosa muchacha por toda la ciudad sin poder alcanzarla, sostenía al Escritor Unicornio. La cintura estrecha. Los largos cabellos. La humedad de las huellas desnudas que se evaporaban con el calor de la tarde. Ella había detenido la muerte, pero la agonía continuaba. Al llegar al mundo de la hermosa mujer, el hombre confiaba en que la vida volvería a resurgir con todas sus fuerzas.

El doctor Petrov, había dejado sus actividades, concentrándose en él. Asistía diariamente a su casa, y además de guiarlo en el viaje, se ocupaba de retocar la Cripsis. Así llamaban al camuflaje que alguna vez elaborara en Japón la doctora Kobayashi y que procuraba darle un aspecto humano. Con la cercanía de la muerte, las nieblas que rodeaban al cuerno se habían desgastado y los juegos de luz de los crepúsculos, permitían que los demás pudieran verlo como una imagen fantasmal. El galeno desplegó encantamientos, pociones, filtros junto a sofisticadas pinturas lumínicas y modernos maquillajes. Como resultado, el apéndice volvió a ocultarse a los ojos de los hombres.

El escritor, en tanto, debía concentrarse durante horas en el exterior y el interior del cuerpo. Silencios; sonidos; sinestesias. La piel era el primer y único campo que debía recorrer.

Debe saber que los escozores son cadenas de montañas -había explicado el doctor Petrov- muchas de ellas sólo serán elevaciones fantasmas, pero alguna vez llegarán las fronteras naturales del mundo de Mika.

Los ruidos acuáticos producidos por estómago e intestinos, eran el equivalente a ríos y mares del otro mundo. Para promoverlos, el escritor debía llevar una dieta rica en harinas, vegetales de hojas verdes y muy pobre en proteínas.

Para cambiar de universo, debe estar desnutrido. Además, deberá reproducir en su cuerpo y en su mente los síntomas de una esquizofrenia autoinducida.

Petrov tenía una caja pequeña de marfil que en todo momento llevaba consigo. A través de ella podía tener una idea precisa de lo que ocurría con el escritor cuando estaba separado de él. A simple vista, el recipiente se mostraba vacío. Sólo de tanto en tanto, una partícula brillaba en el fondo como una diminuta luciérnaga.

El médico afirmaba que el viento cargado de vacío que surgía en las tardes de las paredes de su mansión, era un espíritu vivo. Siempre lo había beneficiado. Cuando sopló el día en que se encontraba el Escritor Unicornio, arrancó varias partículas del cuerno. El galeno las recogió y a una de ellas la sometió a un complicado ritual. Dentro de la fina caja, la diminuta porción de marfil estelar le revelaría el estado de su propietario en cualquier sitio donde se encontrara.

Los días del escritor se arrastraban lentos y grises. Al principio, la lentitud del tiempo era insoportable. Luego dieron lo mismo el crepúsculo o el amanecer. Al séptimo día, una glándula ubicada cerca de la intersección de la yugular, propia de los unicornios, emitió poemas, uno tras otro, como descontroladas hormonas. Algunas veces los versos eran aislados, incoherentes. En otras formaban estrofas.

…cuando la tarde golpea los vidrios
los mundos se precipitan
en el polvo del sol.
Cuando la noche golpea los vidrios
en los mundos con los que el gato juguetea,
arden los Kalpas,
palpitan las naranjas de la caída
y una mujer desnuda
persigue dragones en un prado violeta...


Luego de cuatro meses, el hombre unicornio empeoró. Sus amigos pidieron explicaciones al doctor Petrov. El galeno expuso la teoría de la catarsis, las purgaciones y el equilibrio dinámico. Desconformes, algunos de ellos decidieron llamar a un psiquiatra que llegó al día siguiente. Robusto, con el cabello muy rizado, su piel tenía el tono entre rojo y cetrino de los miembros de la clandestina organización Eunuperia. La misma se encargaba de matar unicornios y comercializar los restos.

El nuevo galeno se presentó una tarde en la que no estaba Petrov. Interpeló al escritor, quien accedió a apartarse un momento de su concentración para convencer al facultativo de su cordura. Habló del pasado en las lagunas ubicadas en las fronteras de la muerte. Del despertar en las mañanas, atento a los seres que vivían en los destellos de los volcanes. De los sueños con formas femeninas que planeaban sobre la grupa y que lo proveían de pares de alas.

No contestó a la propuesta del psiquiatra: aquel reino perdido podía recuperarse con una buena dosis de Halopidol. El escritor le dio la espalda y continuó atento a cada uno de los ruidos del cuerpo

Al regresar el doctor Petrov, ambos médicos se enzarzaron en una discusión sobre los alcances de la salud y la enfermedad. Levantaron las voces. Petrov acusó al psiquiatra de ser un miembro de Eunuperia. El psiquiatra lo tildó de supersticioso y oscurantista. Amenazó con denunciarlo al militarizado Ministerio de Salud. Al marcharse el especialista, el doctor Petrov decidió preparar su propia casa para trasladar al escritor. Aquello comprometería el viaje al Mundo sin Nombre donde vivía Mika, pero era preferible a que se interviniera brutalmente desde algún loquero oficial.

Siguiendo las indicaciones del psiquiatra, los amigos del escritor prepararon todo para hospitalizarlo. Buscaron una tía lejana que diera su consentimiento y así justificara la presencia de un pariente. Por consejo del médico, recurrieron a una clínica de cierto prestigio, ignorando que el establecimiento era administrado por Eunuperia.


El doctor Petrov intentó mover influencias, pero no pudo contra el poder de la organización clandestina. La tarde en que esperaban a los enfermeros, el viajero descubrió un escozor que, iniciándose en los tobillos, llegaba hasta las ingles. Se mantenía a pesar de los cambios de posición. Supo de inmediato que no era una sensación fantasma. Había llegado a la frontera montañosa del mundo de Mika. Ruidos acuáticos, iniciados en el submundo del ombligo, revelaron un poderoso río que atravesaba la cordillera. El torrente lo llevaría al Mundo sin Nombre.

Esa misma tarde, una camioneta de la clínica psiquiátrica se detuvo junto al edificio. Descendieron dos enfermeros corpulentos. Su función era hospitalizar al orate. Los amigos del escritor los llevaron hasta el pasillo donde lo encontrarían sentado, mirando la pared. Al llegar, sólo vieron una silueta vacía, apenas sugerida y las huellas de un par de nalgas en el cojín que el hombre unicornio ocupara durante meses.

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