• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    Lince en Sevilla

    por Manuel del Pino


Víctor Lince sabía, como tú lo sabes, que cada ciudad tiene su olor. Sevilla no huele sólo a barritas de incienso, como los esnob dicen. El centro de Sevilla huele a colonia de mañana festiva en primavera, un aroma tan fino y alegre que evoca todas las esperanzas de la vida y en efecto no se da en ningún otro lugar del mundo.

Esa hermosa mañana de sábado, Lince se deleitaba en una recoleta librería de viejo cerca de la Plaza de la Encarnación, llamada Zeus, donde se podían comprar por poco dinero maravillas descatalogadas y muy difíciles de encontrar.

La librería Zeus era muy antigua. Los estantes rodeaban las paredes ordenados por temas. En el centro, los viejos libros se apilaban sobre una mesa, en cajas y hasta por el suelo. Al fondo, junto a una puerta en el rincón de los libros policíacos, un pequeño altavoz amenizaba la velada con música clásica, como si los clientes se encontraran en un paraíso aislado de la selva exterior.

Curioseando entre los estantes, Lince dio con un libro que buscaba hacía tiempo, “Arsen Lupin” de Maurice Leblanc, que contenía en su interior lo que resultó ser el mayor misterio de su vida.

Una nota escrita en un papelito decía:

“LADY VAMP, te espera LU CHANG.”

¿Quién, por qué y para qué había dejado olvidado semejante mensaje en las páginas oscuras de un libro polvoriento?

Para disimular, Lince le preguntó al librero, un vejete llamado Medina, cuánto valía ese libro. Medina le dijo que sólo tres euros. Lince hizo un gesto ambiguo y dejó el libro en el estante donde estaba, pero guardándose la nota de papel.

A escondidas le dio la vuelta a la nota. Decía: “LU CHANG S.L., P. I. La Chaparrilla, c/ Virgen de la Amargura, nave 7.”

Las Vírgenes y los Cristos de Sevilla recogen la esencia más profunda de la vida, omnipresentes en sus calles, plazas y hasta en sus polígonos industriales: La Soledad, La Piedad, El Calvario, Las Tres Caídas, Las Angustias, El Perdón, Los Remedios… que contrastan con la vitalidad y el bullicio en el centro de Sevilla, llena de luz y de sol.

Lince se encontraba en uno de esos períodos, huido de la justicia, en que era mejor pasar desapercibido de cualquier instancia policial, pero la tentación del misterio le pudo con creces en ese caso.

La librería Zeus era un enigma. Muchos días laborables estaba cerrada en horario de oficina, y también los sábados o festivos que podía hacer más dinero. Cuando estaba abierta, para entrar había que llamar a un timbre varias veces. El librero tardaba en salir, si es que contestaba. Medina era un viejito hosco y parco en palabras, como si le molestaran los escasos clientes que entraban a su establecimiento.

¿Cómo podía ganarse la vida con un negocio ruinoso como aquél, si carecía a todas luces de unos ingresos mínimos?

Picado por la curiosidad, Lince se esperó a la noche. Como se suponía, entonces los tipos empezaron a llegar. Tocaban el timbre mirando a los lados, como para asegurarse de que nadie les veía. Ahora la puerta se abría rápido y los tipos entraban con prisa para desaparecer dentro del local.

Lince decidió hacer lo mismo, disimulando sus rasgos con gorra y gafas de sol. Esta vez la puerta se abrió rápido y el vejete le recibió con simpatía.

Medina le condujo hasta la puerta del rincón. La abrió y subieron por una escalera muy estrecha, de escalones metálicos que restallaban al pasar, como debía de ser la horca en tiempos antiguos.

El primer piso era una sala alargada, con el techo tan bajo que le rozaba a Lince en la cabeza al avanzar. Se notaba por los desconchones y el olor a humedad que no la habían pintado hacía muchísimo tiempo, aunque casi todas las paredes estaban cubiertas con viejas estanterías de madera acartonada… repletas de pelis eróticas.

Lince sonrió y le dijo al viejo:

- Creí que los sex shop eran legales hacía mucho.
- Así es, pero aquí tenemos películas especiales, para el gusto particular de nuestros clientes.

Observando las pelis de los estantes menudeaban varios tipos, con ansia y obsesión en sus rostros. Eran salidos y pirados, capaces de pagar mil euros por una nueva rareza. Unos don nadie que se vengaban así de su fracaso social, entre los cuales se ocultaba a veces, amparado por el anonimato, un importante o famoso profesional, que escondía de ese modo sus vicios inconfesables.

Había películas con chicas para todos los gustos. La sala terminaba en un rincón abuhardillado, con una vieja ventana tras la que se veían los tejados y algunos bellos campanarios del centro de Sevilla. Ese rincón disimulaba todo un muestrario de películas con aberraciones humanas que traspasaba cualquier límite tolerable.

Pero lo que a Lince le llamó la atención fue la vitrina de novedades. La estrella del mes era Lady Vamp. En la portada salía una joven despampanante, de curvas tan sensuales y pose tan provocativa, que destacaba entre las chicas de los demás vídeos. Iba disfrazada de vampira, aunque con una braguita y un sostén minúsculos. Peinaba su melena castaña con sencilla raya al lado. La cabeza algo ladeada, sus ojos color miel miraban altivos, sus labios se entreabrían sensuales.

Era el rostro inconfundible de Carla Martel.

* * *

Lince se dirigió a la calle de las Angustias, en el polígono La Chaparrilla. En esa época Carla Martel había huido de su lado y tenían malas relaciones, hasta el punto de que habían cortado la comunicación.

La nave nº 7 era un enorme almacén abarrotado con todo tipo de productos de bazar. Lo regentaba el señor Lu Chang, un chino de mediana edad, que llevaba casi veinte años en España, donde había prosperado de forma fabulosa. Ya hablaba bastante bien español y tenía contactos influyentes.
Lince entró armando jaleo, para que le llevaran hasta el dueño de la nave. En cuanto Li Chang le vio, en lugar de enfadarse dijo:

- Qué ejemplar.

Y le condujo a la trasera de la nave, en cuyas dependencias estaban rodando de forma cutre pero realista una peli erótica.

Allí, entre un par de tíos casi desnudos y chicas de todas las razas, Lince vio a Carla Martel, vestida con un pequeño biquini y maquillada como vampiresa.

En cuanto le vio, Carla le ignoró con desprecio, en un gesto de irritado fastidio. Lince se le acercó y le dijo:

- Esto no te lo consiento.
- Tú no eres nada mío – repuso Carla con ira –. ¡Vete de aquí!
- ¿Así vas a hacerte actriz?
- Mejor que contigo, seguro. ¿Cómo me has encontrado?
- Hiciste mal en vender libros como el de “Arsen Lupin” en la librería Zeus. Se ve que antes de venir aquí no tenías ni un céntimo.

El pragmático señor Lu dijo a Lince sonriendo:

- ¿Ya conocías a mi nueva estrella? Perfecto. Formaréis una pareja sensacional.

Por supuesto, lo que el señor Lu quería decir era que con los dos juntos de protagonistas haciendo pelis eróticas, él se forraría más aún.

- No pienso rodar con este imbécil – dijo Carla.

Esta vez el señor Lu se molestó un tanto. Relegó a Carla para hacerle una prueba a Lince. Le pidió que se desnudara y se relacionase con las otras chicas.

En cuanto Lince mostró su musculatura de joven dios rubio y su privilegiada anatomía, todas las chicas querían retozar con él. En breves escenas, Lince compartió lecho con soberbias chicas latinas, asiáticas y del Este, ante la mirada rencorosa de Carla Martel, que no paraba de mascullar:

- Será puerco.

Luego el señor Lu llevó a Lince a su despacho y le dijo en privado:

- Me gustaría contratarte.
- ¡Qué bien! – dijo Lince –. ¿Cuándo empezamos a rodar?
- Pronto, no te preocupes, antes tengo otra misión para ti.

El señor Lu quería someter a una prueba a ese joven Lince que tanto prometía por sus cualidades sobresalientes y su desenvoltura, empezando por un objetivo modesto. Si Lince respondía bien, como esperaba, Lu Chang le encargaría negocios cada vez de mayor peso y responsabilidad.

El empresario sacó de un cajón unos documentos cuidadosamente forrados. Eran nada menos que manuscritos originales con poesías de los hermanos Machado, de Cernuda e incluso de Bécquer. Le dijo a Lince:

- Sólo tienes que volver a la librería Zeus, decirle que tienes otras ofertas y convencerle para que te pague por estos manuscritos cien mil euros en efectivo. Ni uno menos, engatusándole con la idea de que podrá exponerlos y sacarles mucho más dinero aún vendiéndolos por separado. En cuanto me traigas los cien mil, estarás contratado.

El señor Lu no sólo era un gran comerciante de mercancías para bazar, también estaba considerado en España y en China como un mecenas de las artes. Lince cogió los manuscritos y salió, ante la sonrisa maligna del magnate.

* * *

Medina, el dueño de la librería Zeus, era un negociador experto y duro. Apenas dejó traslucir el ansia que le producía tener en su poder esos autógrafos originales de los Machado, Cernuda y Bécquer. No obstante, Lince se fijó en el brillo de los ojos del viejo, a pesar de que se resistía y regateaba. Le costó un buen rato convencerle de que debía pagarle cien mil euros. Medina conocía los tejemanejes de Lu Chang, y reconoció en el fondo que, jugando bien sus cartas, podía multiplicar las ganancias con los tres poetas. Sacaría hasta trescientos mil euros, siempre que se lo ofreciera a los marchantes adecuados. Ésos a su vez se pondrían en contacto con las instituciones pertinentes, y obtendrían el doble de lo que habían pagado. Como en todas las cosas de la vida, había que respetar la cadena; saltarse un eslabón podía resultar fatal y ruinoso.

El señor Medina se volvió a un armario antiguo, abrió con llave un cajón y contó de él billetes hasta cien mil euros. Lince los cogió contento. Sólo pidió como favor personal el libro de “Arsen Lupin” que había visto la vez anterior. Como valía tres euros nada más, Medina no puso reparo a ese extraño capricho de su cliente.

Lince se acercó a la preciosa estantería de libros policíacos, junto al altavoz de música clásica que era un placer escuchar, y buscó con delectación entre ellos “Arsen Lupin, caballero ladrón”. Cuando volvió a la mesa de Medina para mostrárselo ufano, la música había dejado de sonar.

- Ese maldito cacharro – dijo Medina – está más viejo que yo. Toda la librería se cae a pedazos.
- Con este negocio podrá construir por fin una nueva – le dijo Lince –. Aunque no tendrá el encanto de la actual.

Fue lo último que se dijeron. Un instante después se produjo el estruendo. La policía entró en el local, con el inspector Leiva de paisano a la cabeza, y los detuvieron en un santiamén. Lince le dijo al inspector con asco:

- ¿No tiene nada mejor que hacer que seguirme siempre?

Leiva le ignoró y le dijo al viejo Medina:

- Esos autógrafos de nuestros grandes poetas pertenecen al patrimonio nacional. Me temo que tengo que detenerles y que a su edad va a pisar la cárcel.

En las dependencias policiales ya estaba detenida Carla Martel, junto a las otras chicas, por grabación de películas aberrantes. Al verse allí, Lince y Carla intercambiaron una mirada de desprecio, como diciéndose el uno al otro: “¡jódete!”.

También estaba Lu Chang, acusado de fraude fiscal, evasión de capitales y blanqueo de dinero a gran escala, pues de los muchos millones en mercancías que importaba al año de China para los bazares en España, no declaraba ni la mitad, y otro tanto lo lavaba con los mecenazgos artísticos.

En aquellas circunstancias, Lu Chang era sólo un detenido más, que aguardaba triste y derrotado junto a sus actrices eróticas. Incluso peor, pues las acusaciones contra él eran las más graves, como cerebro de la red de blanqueo, que le condenarían a grandes multas y bastantes años de cárcel. Ya no podía ayudar a Lince en los negocios.

El inspector Leiva llamó a Lince a un despacho de la comisaría para interrogarle.

- ¿Dónde está el dinero que te pagó Medina por los autógrafos?
- Medina es un negociador muy duro – respondía Lince una y otra vez –. Ustedes nos detuvieron antes de que me soltase nada.

Y no hubo manera de sacarle de ahí, ya que no había otras pruebas. Así que, contra toda su voluntad, el inspector Leiva tuvo que dejar libre a Lince esa misma noche por orden del juez, al no tener acusaciones fundadas contra él.

En cuanto quedó libre, Lince acudió con nocturnidad a la librería Zeus, encaramándose por el tejado. Sólo tuvo que forzar un poco desde fuera la vieja ventana de la buhardilla para poder entrar.

Recorrió la sala llena de pelis eróticas, con el techo rozándole la cabeza. Bajó la estrecha escalera metálica sin importarle que sonaran sus pasos, pues ya no le oía nadie.

Una vez en la librería de la planta baja, abrió el altavoz de la música, cogió los cien mil euros, y dejó encima el libro de “Arsen Lupin” como recordatorio, junto con una ramita de olivo doblada en forma de “L”, que era su firma. Luego subió, tornó a salir por la buhardilla y se perdió por la hermosa noche sevillana.

Y en la solitaria librería Zeus volvió a sonar la tonificante música clásica que evocaba un mundo mejor.

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