• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad

    A oscuras

    por Susana Maroto Terrer



Quiero cambiar, y si no que me sorprenda la muerte, que entre sigilosa para no asustarme ni dolerme. Pero nunca ser arrastrada por la soledad, nunca volver a sentir esa agonía, ese sin vivir, ese impasible dolor que como caballo galopando atormenta mi pecho sin cesar, ese encierro en las sombras, oculta de la luz y de mi existencia, sin conseguir tener luz propia, que los demás me sientan, que giren la cabeza y me miren, sin pasar desapercibida. Nunca volver a sentirme desamparada y perdida en la inmensidad, sintiendo la falta de aire en mis pulmones, ese aire cálido de amor que da la vida a la carne ya muerta. Nunca más sentirme vacía por dentro, seca tras derramar tantas lágrimas, insignificante, mínima, transparente, inexistente.

Sentada en el sofá y con la mirada perdida, sola y en mi fantasía, pensaba en el mundo, en mi mundo, en mi yo, en mi esencia, en el largo recorrer por el difícil camino de la vida. Pensaba que el pensar desahoga cuando no esclaviza, que la oscuridad que me envolvía con el velo negro del miedo algún día me desafiaría en un reto a muerte y yo lograría vencerla. Tarde o temprano, no lo sé, pero algún día. Pensaba en el sentido que la vida había tenido para mí, en el pensar, en el sentir, en el ser. Yo probé la vida, la viví, pero no me resultó dulce, más bien me supo amarga. Fui yo misma, pero me dieron la espalda y mi corazón se inundó de miedo, un miedo frío que aún hoy cala mis huesos y guarda mis palabras en algún oscuro rincón de mi interior cerradas con llave. Pánico a que mi corazón no sea compatible con los demás corazones, y así sea, que cuando se acerque a otro no se entiendan, se repelan como los polos opuestos de dos imanes. Era esclava del miedo y débil para enfrentarlo. Sentía terror a ser real y enfrentarme con la realidad, a confiar en quien no debía y de nuevo sentir en mi alma los aguijonazos de la vida. Pero era consciente de que si no me arriesgaba me condenaba a mí misma a la infelicidad, y la soledad de nuevo me perseguiría por el resto de mis días. Tanto miedo se apoderaba de mi cuerpo no dejando espacio a mi ser y yo me encerraba más en mí misma. Soñaba, entonces, con darle la espalda y negarme a su juego, pero mi carne era débil y cobarde para desafiarlo.

Tumbada en el sofá, con la mirada perdida en el techo, escuchando un zumbido que mi mente no lograba descodificar, (seguramente sería el televisor), mi pensamiento se desvaneció y me quedé en blanco, como inconsciente.

Pronto reaccioné y, mirando a mi alrededor con ojos llorosos volví a mis pensamientos de antes, mientras analizaba la decoración de la sala, la combinación de colores, el estado y limpieza de los muebles, el orden… Hacía todo inconscientemente, el único desorden que existía era el de mi cabeza. Entonces me dio por pensar en mí, en cómo soy, cómo actúo, cómo siento con todo lo que ocurre a mi alrededor. Así empecé a sentirme mal conmigo misma, a sentirme culpable por todo lo que sucedía y no podía evitar. Una lágrima cayó resbalando por mi mejilla, muriendo en mi boca, y como por instinto me limpié con la manga del pijama y fui a mi habitación. Me senté en la cama y dejé de nuevo la mirada perdida en el horizonte a través de la ventana. Acongojado se hallaba el cielo, así como mi alma. El llanto de las algodoneras nubes golpeaba estrepitosamente contra la carcomida ventana de mi habitación, confundiéndose con las lágrimas que resbalaban por mis pómulos y que, con paso fúnebre, iban a morir a mi garganta. Mantenía la vista alzada hacia el turbio, viscoso y enorme cielo. Mi alma encarcelada, precipitándose a la inercia de mi vida. No sentía, no vivía, no dormía. Me faltaba el aire, el amor, el cálido aliento de la vida. Aparté la mirada de la ventana, una mirada desbordada de melancolía. Oía los furiosos truenos y mi pecho latía cada vez con más fuerza. El miedo se adueñaba de mi alma, helaba mis huesos, manipulaba mis sentidos y pensamientos. Estuve un rato en la cama tirada sin pensar en nada. Luego fui de nuevo al salón y, sumida en mis pensamientos miraba, de vez en cuando, de reojo, la pantalla del televisor: cuerpos enmudecidos, cubiertos por el tibio rojo de la muerte, agrietados; miradas de terror e impotencia, un tren destrozado por bombas; desesperación, miedo, rencor, desolación…

Pensaba, entonces, en el mundo y el sufrimiento, en la esperada llegada de una paz que no llegaba. Me sentía impotente, insegura, desvanecida. Lloraba y sufría. No quería estar así. Apagué el televisor y, de nuevo, regresé a la habitación, mi lugar más íntimo y confidente. Aún vestía ese pijama que ella me tejió con hilos de su ilusión. Quizá fuera ella, quien desde el cielo, reprochaba mi comportamiento, mi debilidad, con aquella brutal tormenta. Mis ojos reflejaban la lluvia sacudiendo contra la ventana, mientras sentía en mi pecho el impasible trotar de un caballo, débil pero constante, al ritmo de aquella húmeda música transparente. Mi recuerdo sólo reflejaba aquel atardecer en que lo perdí todo. Con lágrimas en el pecho y sintiendo algo especial en mi corazón, dejé la habitación. Corrí hacia el otro lado del cuarto, arranqué el abrigo de la percha y cerré de un portazo. Salí a la calle con un corazón que casi se me salía del pecho. Me tiré de rodillas al suelo, con aquel pijama, la mirada en el cielo y brazos en cruz. Estaba empapada hasta los huesos, pero me sentía libre, sentía que desde el cielo ella me daba fuerzas para seguir adelante y que allí me esperaría hasta que llegara mi turno, sin abandonarme nunca. Pasaban las horas y allí permanecía yo derrumbada, sintiéndome como un alma perdida en el mundo, hasta que dejó de llover. Aquella noche cambió mi vida, mis ojos volvieron a brillar, mi sonrisa de nuevo reflejaba felicidad. Alguien me devolvió la vida aquella noche.

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