• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (6)

    El Corazón del Camahueto

    por Ricardo Iribarren


El escritor unicornio solía recordar los años de infancia en que la Doctora Kobayashi lo sometiera a la Cripsis. Así se llamaba el camuflaje y el disfraz que le permitía vivir entre los hombres. En aquel valle del Monte Fuji, con su forma de Unicornio, galopaba en las orillas del río. Nunca volvió a sentir el sol tan brillante y tibio como en aquellas mañanas.

Caminar en dos piernas, ocultar el cuerno, y perder la mitad de la sabiduría celeste que traía consigo como unicornio, había sido el precio de la Cripsis.

Desde esa época, fueron pocas las veces en las que el escritor unicornio pudo recuperar su forma original para galopar en paisajes agrestes. Cuando lo hacía, abandonaba el camuflaje, se apoyaba en las cuatro extremidades, y marchaba con júbilo durante horas.

Al haber encontrado en su cuerpo el escozor que lo condujera al Mundo sin Nombre, donde se alojaba Mika, la muchacha que amaba, el disfraz humano había caído. Volvería a funcionar y a protegerlo cuando fuera necesario.

De vez en cuando, detenía el galope y se refrescaba en el torrentoso río que corría por el valle. El cielo era azul y la brisa le acariciaba los ijares. Brillando bajo el sol, el cuerno cantaba una canción jubilosa.

En el instante en que Irma La Morte, una famosa locutora, apretara el corazón del unicornio, un soldado desconocido ametralló la cabeza de la mujer. Desde entonces, la agonía se instaló alrededor del cuello del escritor como un collar. Ahora, corriendo libre por aquel valle, el yugo había adelgazado como a punto de desaparecer.

Sentado día y noche en el pasillo del edificio donde vivía, a fin de encontrar el difícil camino al Mundo sin Nombre, las jornadas habían sido colchones de espinas. Ahora, después de mucho tiempo, lo recibían el sol y el aire de las laderas. Detrás de la cordillera, se encontraba el Mundo sin Nombre. La tierra de la hermosa discípula del doctor Petrov. Si alguien lo mencionaba de algún modo, lo convertiría en un objeto cerrado, sólido compacto. Entonces perdería su naturaleza. “Al contrario de lo que muchos creen, es el nombre el que mata” -afirmaba el doctor Petrov con voz sentenciosa- “en el momento de bautizar encerramos al ser y destruimos aquello que podría haber sido y no fue”.

Al principio leve, el gusto a metal y a aceite quemado fue llenando de a golpes la boca del escritor. En el cuello la agonía se tensó y se hizo más negra. Fue inútil que intentara evitarlo. Con aquel sabor, los acantilados se disolvieron. El cauce del río se secó y el hombre unicornio corrió por las calles de una ciudad sitiada. Reconoció la niebla pesada, casi a ras del suelo. Los camiones y los uniformes verde oliva. El gris rotundo del cemento.

Detuvo su galopar. La Cripsis, avanzó rápidamente y le permitió recuperar el aspecto de hombre. El sabor a metal y a aceite se instaló en el fondo de la garganta. Estaba en el departamento que alquilara el Ministerio de Cultura dos meses atrás durante su visita a esa ciudad. Faltaba una hora para que Irma La Morte muriera apretando su corazón. Con desaliento, el hombre unicornio revisó muebles, camas y cuartos. Quizá alguna de las ventanas diera al mundo de Mika. Por todas partes rebosaba la misma realidad oprimente. Llegaban a la habitación el ruido de los camiones, el ulular de las sirenas y las lejanas voces de mando.

El estómago del escritor ardía. Recordó el reflujo gástrico, que le exigía comer. Por debajo de la Cripsis, el cuerno se levantaba con un brillo ácido. Como la vez anterior, en la nevera no había alimentos. Mika, con su oprimente belleza, lo estaría esperando. La entrada que persiguiera durante meses a través de los escozores y los ruidos del cuerpo, aguardaría en algún lugar de aquel infierno.

Bajó lentamente la escalera de incendios Quizá tuviera que enfrentarse otra vez a la presencia obesa, pegajosa de Irma La Morte, agazapada en la trastienda del almacén. No le importaba el puño de la mujer, preparado para entrar brutalmente en la espalda y apretar su corazón. No le importaba la misma muerte, si le permitía ver nuevamente a Mika.

Al fondo de la calle lateral, el ejército se desplegaba. No lo vieron cuando entró al comercio. Al escuchar la puerta, el dependiente ciego, tío de Irma La Morte, que una vez se presentara como Camahueto, lo saludó.

-Bienvenido a su mundo, señor escritor.

Como una forma de cortesía, disolvió por un instante su propia Cripsis y descubrió el cuerno para que su congénere lo viera.

-Mi mundo no es este -repuso el escritor-.
-¿Y cuál es su mundo?
-Mi mundo es el lugar donde se encuentra la que amo
-El amor. Siempre el amor. En fin, tenemos historias comunes. Los Unicornios y los Camahuetos surgimos de un mismo y frondoso árbol llamado Lapatía…

Afuera se escuchaban las órdenes enérgicas y por la ventana se vieron las exhalaciones verdes de los soldados, corriendo a lo largo de la cuadra.

-Ellos no tardarán en entrar
-¿Se encuentra Irma La Morte en la trastienda?
-Mi sobrina está muerta. Usted lo sabe. Con el último de sus gestos, no sólo apretó su corazón, sino que lo sumergió en una agonía perpetua.
-Si no me equivoco he regresado al pasado. Irma La Morte debiera estar viva.
-La muerte de mi sobrina fue irreversible. Se mantendrá en el presente, en el pasado o en el futuro. Sólo podrá encontrarla como un espectro, cuando las estrellas lo permitan.

Las voces de los soldados sonaban enérgicas, pero la creciente lentitud de los movimientos las hacían reverberar en extraños ecos. El ciego explicó que los “Camahuetos sabían el secreto oculto detrás de las nubes pardas, esas que rara vez aparecen en el cielo y tenían conciencia de las raíces y las hojas de todos los bosques; con un pequeño tallo de cualquier especie, podrían obtener elixires para prolongar indefinidamente la vida”.

-Debe saber que yo mismo soy inmortal -agregó acercando su rostro al escritor- Puedo resistir al paso del tiempo, el desgaste de los años y las balas si es necesario. Debe cuidarse, unicornio.

-¿De qué debo cuidarme?

-La agonía brilla alrededor de su cuello como un collar azabache. Basta tirar de ella para matarlo. Yo también la experimento cuando la Vaca Chilota se aleja. Entonces, loco furioso, salgo a buscarla alrededor de la isla y mis gritos, que se escuchan al otro lado del mundo, hielan la sangre de los niños. Quizá, por el miedo que genero, recibo más miedo. Estamos en un mundo de terror, Unicornio y eso no es bueno ni para usted ni para mí. El tiempo gira sobre sí mismo como una serpiente que mordiera su cola. Hemos vuelto al punto en que los soldados entrarán, dispararán y habrá un muerto. Irma La Morte no recibirá la bala, yo tengo la bendición del Camahueto y usted está en agonía. Por eso debe cuidarse. Sé que persigue a Mika, la mujer del cabello como música y los pies como sinfonías. ¿Cree que es el único? -agregó quebrando la voz- yo también la amo. Ella es la verdadera Vaca Chilota. Yo también estuve horas y días frente a la pared, escuchando los ruidos de mi cuerpo. Llegué aquí donde diariamente se repite la llegada de los militares. Llegué aquí y estoy esperando que se abra la entrada de un mundo que no existe.

-Muéstreme el hueco en su espalda -pidió el escritor mirando el entrecejo del Camahueto y parpadeando siete veces. Según el Antiguo Código de los Unicornios, al pedirlo de aquella forma no podría recibir una negativa-.

El ciego levantó la camisa y mostró los omóplatos. Allí se abría un hondo triángulo verde y brillante. El escritor se asomó a la abertura y vio el corazón del unicornio chilota como un templo lejano, brillante, con incrustaciones rojas y pequeñas lunas centellando en las cúpulas. Su presencia majestuosa afirmaba que el universo estaba completo. Una serena luz azul brillaba en el interior y llegaba a todas las salas del templo. Demasiado limpio -pensó el escritor-. Carecía de rincones oscuros donde el caos pudiera revolver los calderos; donde una creación inacabada bullera en una sopa oscura, llena de cabellos y fecundos corazones de ratas.

En el esófago del hombre unicornio sonó un ruido de agua. Era el río que conducía al mundo de Mika; que lo reclamaba. Se asomó aún más al agujero del Camahueto y allí, en medio de nubes verdosas, vio los largos cabellos de la muchacha. Metió la cabeza entre los omóplatos y una luz circular que llegaba del otro mundo, lo encegueció. Antes que el ciego pudiera evitarlo, penetró en las fibras luminosas de su torso. Mientras lo hacía, los gendarmes abrieron brutalmente la puerta. El escritor sintió en ellos el miedo inoculado largamente por los superiores. Un largo conducto unía el corazón de aquel soldado con el vientre del Camahueto. Por allí corrieron los retardados fogonazos de la ametralladora. Las balas llegaron al estómago del unicornio ciego, mientras el cuerpo del escritor se escabullía por el agujero verde. En una caída vertiginosa, llegó a la base de su corazón.

Bajo la luz azul, esperaba una versión pequeña del doctor Petrov

Sepa amigo que una mano muerta le trajo la agonía. Ahora, en un cuerpo que muere, se le devuelve transitoriamente la vida. Al fallecer, el corazón se convierte en un vaso lento, y en un recinto iluminado, como un templo al que recién abandonan. Luego llegarán los gusanos y el espíritu del muerto se achicharrará, pero por unas pocas horas, podremos disfrutar de las olas lentas y poderosas, del elixir que destilan estas paredes . Así son las cosas en este universo que nos tocó vivir.

El escritor sabía que más allá del corazón azul, se encontraba el Mundo sin Nombre, y esta certeza hizo que la Cripsis cayera nuevamente. El silencio se transformó en un lago y el cuerno creció. Habló y la voz poderosa resonó contra las paredes de su propio pecho.

Desde la muerte
espero en las orillas del mar verde
aquel que devuelve lunas,
rostros de cadáveres
y el recuerdo de tu imagen recorriendo los círculos.
Yo también me sumergí en las olas
mientras la escarcha de la noche tejía sus ijares
Yo también me sumergí en las olas
poco antes
de que el fuego consuma a las estrellas.

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