• Alfonso Estudillo

    La Voz de Arena y Cal

    Bien jodidos

    por Alfonso Estudillo



Seguimos sin soluciones lógicas y efectivas para atajar esta crisis económica/financiera que, como ya se adivinaba desde los comienzos, se está convirtiendo en la más grande -por sus consecuencias- y la más dilatada -por el tiempo- de todas cuantas ha sufrido España desde que, allá a principios del pasado siglo, los EE.UU inventaran la máquina del movimiento continuo -aplicada a la fabricación de billetes- más los inextricables algoritmos de la ingeniería financiera y se convirtieran en el país más poderoso del mundo.

Dejando a un lado las sucesivas crisis feudales de todo tipo sufridas por España desde la Peste Negra (s. XIV) hasta la Paz de Westfalia (s. XVII), o desde la originada por la Guerra de la Independencia hasta la ocurrida tras la pérdida de Cuba y demás colonias (s. XIX), que llevarían nombres como demográficas, comerciales, agrarias, etc. -aunque también hubo alguna de corte capitalista (1864-1874)-, podemos considerar que el comienzo de las grandes crisis económicas/financieras no sería hasta la llamada Gran Depresión que siguió al crash del 29 en EE.UU. y que afectó a toda Europa y buena parte del mundo.

Desde 1929 y hasta la llamada crisis o burbuja de las Puntocom (2000-2002), España tuvo que pasar por graves situaciones económicas con motivo de las crisis sobrevenidas por la Guerra Civil, la Dictadura y la transición, más las internacionales del petróleo, todas ellas con diversas connotaciones internas y externas que se resolvieron en parte con los acuerdos con EE.UU y la firma del Concordato con la Santa Sede, en 1953, y en las últimas décadas, con los Pactos de la Moncloa (1977) y la entrada en la CEE (1986). Las soluciones económicas, lejos aún el euro, se conseguían casi indefectiblemente con la devaluación de la moneda, la peseta, lo que daba lugar al abaratamiento de los precios y el consiguiente interés de los países importadores por los productos españoles. El notable aumento de las exportaciones y el no menos notable del turismo conseguían que las depauperadas arcas del Estado comenzaran a recobrar alegrías en uno o dos años. Luego, las políticas fiscales, la reposición de la confianza y las buenas disposiciones de la Banca en el otorgamiento de créditos a Pymes, autónomos, familias, etc. (con intereses de hasta un 25 %), hacían el resto. Por otra parte, como el Banco de España seguía siendo dueño único de su máquina de hacer billetes, aunque hubiera ciertas supervisiones, sabiendo perfectamente que tal práctica era cosa corriente en países como EE.UU. y Reino Unido -y otros muchos-, los billetes calentitos hacían mucho menos imprescindible la necesidad de recurrir a las instituciones crediticias europeas o internacionales. Podemos decir que, tanto en la dictadura de Franco como durante la actual democracia -hasta la entrada al euro-, el país conseguía resolver sus crisis en menos de un par de años con las ventas muy por debajo de su precio de los extraordinarios zapatos de Elda, los jamones de Jabugo y el aceite de oliva de Jaén. Se les unía las soleadas estancias en villas y hoteles de toda la costa mediterránea y Canarias o los chollos adquisitivos de viviendas y chalecitos en la Costa del Sol y todo el litoral mediterráneo hasta Barcelona y las Baleares.

Hoy en día, metidos de cabeza en la Eurozona, con una divisa completamente controlada por el BCE y la Unión Europea, imposible de devaluar según intereses propios, y aún más imposible de "magnificar" cuando a las arcas se les ve el fondo (cosa que sí pueden hacer -y hacen- los dos grandes ya citados), la única solución para salir de una crisis económica como la actual no es otra que bajarse los pantalones y aceptar cuanto impongan los gerifaltes de la UE, el BCE y el FMI.

Y, sorprendentemente, cuando todos creíamos que la fórmula lógica y consecuente para acabar con la crisis en todo el territorio de la Unión Europea, luego de rectificar las economías internas (incluidos los rescates a aquellas economías quebradas), adaptar déficits y acatar las duras normas impuestas -además de reunificar la Banca y sus normativas y aceptar la política fiscal, entre otras disposiciones-, sería la concesión de ayudas económicas suficientes como para evitar el desastre de desempleo y miserias que estamos sufriendo, resulta que no es así. Países que, como España, tienen demostrada una aceptable política socio-económica que los diferencia y aparta de aquellos otros con economías de más difícil resolución, continúan inmersos en la miseria sin que las redichas ayudas -aparte de las cuatro migajas de los Fondos Estructurales y de Cohesión y el plato de lentejas dado a la Banca española-, que sería la compra de deuda publica de los países miembros o la emisión de eurobonos por parte del Eurogrupo y el Banco Central Europeo, aparezcan por estos lares ni, dado el tiempo transcurrido desde el inicio de la crisis, tengan visos de que vayan a ser realidad algún día.

La explicación a esta actitud -tan simple como cruel- forma parte de las estrategias internas de los modernos sistemas de política financiera. Y se traduce en lo siguiente: "Si nuestros vecinos quieren ser miembros de nuestro grupo, siendo, como son, distintos en los planos político y social e inferiores o con menos capacidad en los planos económicos y financieros, se les debe privar de toda ayuda que pudiera originarles una falsa o equivocada creencia en sus capacidades, actitudes y comportamiento, para, una vez situados en sus verdaderas dimensiones económicas y capacitivas, tomada conciencia de la debilidad e inconsistencia de las mismas y demostrado que fuera su afán por mejorar -mediante superación, siquiera mínima, de los indicadores económicos-, ir aportándoles créditos y ayudas de manera progresiva hasta que consigan situar sus políticas y economías en los niveles exigibles a todo buen socio."

Observen la similitud con lo que contempla la Iglesia católica para el perdón de los pecadores, o sea, una confesión bien hecha, que dispone lo siguiente: Examen de conciencia. Dolor de corazón. Propósito de la enmienda. Decir los pecados al confesor y Cumplir la penitencia.

Una difícil tesitura, no exenta de cierta lógica, por cuanto supone advertir y, principalmente, escarmentar a determinados dirigentes de sus actitudes irreflexivas (yo aquí añadiría unos cuantos adjetivos más). Pero, tampoco exenta de crueldad por cuanto supone condenar a millones de ciudadanos sin culpa alguna a pasar auténticos trances de penurias y miserias durante largo tiempo.

Poco podemos confiar en un cambio de actitud a corto plazo. Sólo queda esperar entonando a media voz el "Monólogo de Segismundo". "¡Ay, mísero de mí... Ay, infelice...!" Y como son ellos los dueños absolutos de todo cuanto hay entre el cielo y la tierra -gramática incluida-, observen con cuanta propiedad, desaprensión, impasibilidad y jactancia conjugan el verbo joder a su manera, reservándose para ellos el gerundio y dejándonos a nosotros que nos apliquemos el participio.

Nada más que decir. Si acaso -justificando el título- anteponerle al participio el adverbio "bien" -a manera de prefijo- para que les quede claro que lo estamos en grado superlativo.

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