• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    Los sueños de Carla Martel

    por Manuel del Pino


A esas alturas, la bella ex agente Carla Ruiz estaba desesperada: tenía ya 25 años y no había logrado su sueño de ser modelo y actriz, a pesar de su potente físico y de adoptar el nombre artístico de Carla Martel.

Estaba dispuesta a entrar como fuese en la agencia de Madrid MODÉLATE, que exigía una cuota de ingreso de 500 euros, incluso desoyendo los consejos de su madre, que le previno sobre el caso de Tania Espinosa. Tanía era una chica de 16 años que se había suicidado tras colgar en la red un vídeo, donde confesaba que había sido acosada en Internet y en vivo por el director de MODÉLATE, don José Núñez.

- Los menores de edad son muy flojos – se justificó Carla ante su madre –, pero yo soy más fuerte. Estoy dispuesta a llegar hasta el final.

Carla se presentó de inmediato en la agencia MODÉLATE, sita en la tercera planta de un gran edificio cerca del Bernabéu. El director de la agencia, don José Núñez, la recibió en su despacho con la boca abierta de admiración nada más verla.

- Te haré top model en dos días, preciosa.

Don José Núñez era un cincuentón canoso y afeitadito, siempre con una sonrisilla hipócrita en su rostro rosado y feliz.

- ¿No tengo demasiadas curvas? – preguntó Carla.
- No te preocupes, te enfocaré más hacia actriz.

De repente se oyeron gritos afuera, arrastrar de muebles y confusión. La puerta del despacho se abrió con violencia y entró un hombre muy furioso con la cara desencajada y una navaja en la mano.

- ¡Te mataré, desalmado! ¡Mi hija!

Era Damián, el padre de Tania Espinosa. La secretaria de Núñez entró tras él.

- ¡Está loco! – dijo –. ¡No pude detenerle!

José Núñez se echó hacia atrás, protegido por la mesa de despacho.

- ¡Llama a la policía en seguida! – le dijo a su secretaria.

Carla Martel se levantó y se interpuso entre ambos, para evitar una muerte. Damián Espinosa era un buen hombre, que actuaba así obligado por la tragedia de su hija, en contra de toda su voluntad.

La policía se presentó con rapidez y se lo llevó a la comisaría de Centro. Al mando estaba el inspector Jorge Leiva, que ni se dignó mirar a Carla Martel, su antigua ayudante, para evitar su mirada segura de insolente desprecio.

Cuando la policía se llevó a Damián, El señor Núñez cogió a Carla de los hombros, la miró a sus bonitos ojos y le dijo:

- ¡Voy a hacerte una prueba en seguida!

Llevó a Carla a su estudio anejo y le dijo con grandes aspavientos:

- Rodarás una escena con mi nuevo actor fetiche. Ya estoy viendo los grandes carteles del estreno mundial: “¡Víctor Lince y Carla Martel!”.
- ¡Cómo! – dijo Carla echándose hacia atrás.

Lince salió de entre bambalinas, haciendo la señal de la “L” con sus dedos índice y pulgar ante su sonrisa canalla.

Carla le rechazó hecha una furia. Estaban peleados hacía tiempo y no se preocupaba en disimularlo; al revés, en cuanto se topaba con Lince, y también con su antiguo jefe el inspector Leiva, aprovechaba la mínima ocasión para despreciarles con una crueldad sin límites. Y últimamente se los encontraba demasiado.

José Núñez torció el gesto al ver peligrar su negocio y dijo:

- Está bien, he haré luego una prueba a ti sola. Pero te costará quinientos euros, si quieres que te busque un buen contrato para empezar como actriz secundaria en una película. Ahora tengo que tratar unos negocios con el señor Víctor Lince.


* * *


Don José volvió a su despacho con Lince y le indicó con gran amabilidad que se sentara en el cómodo sillón frente a él, ante la mesa llena de papeles.

- Necesito tu colaboración para resarcirme – le dijo –. Esa putilla de Tania Espinosa me ha acusado por Internet y podría arruinar mi reputación.

- Bonito negocio – dijo Lince.
- Por supuesto, tomé mis precauciones. La grabé con el móvil mientras le hacía la prueba definitiva para entrar en mi agencia: acostarse con varios de mis modelos, ya que no quiso hacerlo conmigo. Si lo difundo yo en Internet, quedaría en evidencia. Así que subirás tú el vídeo en tu blog personal.
- Pero eso es ciberbullying post-mortem.
- Tengo que vengarme de ella. ¡Quería denunciarme! Su padre ha intentado matarme. Destruiré a esa maldita familia.

Núñez sacó de un cajón un extraño frasquito metálico y lo puso sobre la mesa.

- ¿Sabes qué es esto? Polonio, un producto muy caro que utilizan los espías. Irás a la comisaría con cualquier excusa y verterás el polonio en el café de Damián Espinosa. Es muy efectivo. Entonces te conseguiré un buen contrato como actor.

Lince se levantó y le miró a los ojos adelantando la mano.

- Si quiere que participe en esta mierda, deme diez mil por adelantado.

Don José Núñez abrió serio un cajón de su mesa y le dio a Lince veinte billetes morados, que los guardó con rapidez y se fue de allí.

Cuando Lince salió a la calle para respirar aire fresco por los alrededores del Estadio Bernabéu, Carla Martel le estaba esperando con su mirada altiva.

- Vaya – dijo Lince –, qué pequeño es el mundo.
- Necesito quinientos – le dijo Carla –. Ya me imagino que Núñez te habrá dado mucho más por participar en una de sus porquerías.
- ¿Sabes dónde vas a meterte?
- En la misma pocilga que tú. No puedo perder más trenes.

Lince sacó un billete morado y se lo tiró a Carla a la cara. El billete cayó al suelo, pero Carla no tuvo más remedio que agacharse a recogerlo.

- Eres un puerco – le dijo –. No te acerques a mí nunca más.

Lince le explicó los tejemanejes de Núñez, pero Carla ya no quiso creerle. Era fiel hasta la muerte en sus desdenes y en sus odios.


* * *


Víctor Lince fue a la comisaría de Centro, en la calle Leganitos, 19, tal como Núñez le había dicho, y se presentó ante el inspector Jorge Leiva, que le dijo:

- ¿Vienes a confesar por fin tus fechorías?
- ¿No le da vergüenza – repuso Lince – tener entre rejas a un inocente, mientras el culpable de la muerte de su hija anda suelto? ¡Bonita justicia!

Y le contó al inspector todo lo que José Núñez le había propuesto, incluido lo del polonio. Para terminar, Lince le dijo: “Pero tengo un plan.”

Leiva accedió, alarmado por la extrema perfidia de José Núñez. Condujeron a Damián Espinosa en una ambulancia al tanatorio, donde permaneció custodiado el resto del día, y filtraron la noticia de un extraño caso de muerte envenenamiento en Internet.

Luego Lince se fue a ver a don José Núñez, que le recibió con los brazos abiertos en su despacho y le dijo:

- Ya me he enterado de la noticia en Internet. Eres eficaz y rápido.
- Gracias, señor. Ahora quiero que me consiga un contrato en una película. Coja su teléfono y haga un par de llamadas.

En vez de eso, Núñez unió los dedos de ambas manos.

- Verás, hay un pequeño problema técnico. El polonio es una sustancia radiactiva altamente tóxica, pero tarda días enteros en destruir por dentro el organismo de quien lo ingiere. Es imposible que haya hecho efecto tan rápido, y eso lo sabía yo, pero no tú. Creo que me has engañado.
- Yo jamás le haría eso – dijo Lince.
- Por otra parte, podríamos comprobarlo si se analizaran las vísceras de Damián Espinosa o sus efectos personales, ya que el polonio disminuye sólo un 50 % cada 138 días. Es decir, dejaría restos hasta casi cinco meses después. Pero creo que no aparecerían tales restos en el cadáver de Espinosa, si es que está muerto de verdad.
- ¿Insinúa que soy un liante?

Núñez rio sarcástico y dijo:

- Tampoco he visto en ningún blog el vídeo con las violaciones humillantes de Tania Espinosa. Así que devuélveme mis diez mil euros.

José Núñez extendió la mano. Lince le dijo con sorna:

- ¿Cómo va a obligarme?

El dueño de la agencia chasqueó los dedos y apareció por la puerta Lionel Oituz Radescu, acompañado por tres amigos suyos rumanos. Lince le dijo:

- ¿No irás a hacerme esto?
- Lo siento – repuso Radescu –, no es nada personal. Sólo cuestión de dinero. Don José Núñez paga muy bien.

Víctor Lince intentó escapar, pero los sicarios se lo impidieron. Le sujetaron entre los cuatro, le quitaron el dinero y le dieron una soberana paliza, ante la satisfecha mirada sonriente de Núñez, que murmuraba:

- Quien ríe el último, ríe mejor.

Los matones tiraron a Lince inconsciente en un callejón alejado de la agencia. Con un poco de suerte alguien avisaría a urgencias y no moriría.

Mientras tanto, un José Núñez pletórico de felicidad recibió a Carla Martel para hacerle una prueba en solitario. Por supuesto, sería en la cama que tenía en su estudio, donde a veces hacían las fotos a las modelos.

- Estarás contenta – le dijo Núñez –, le hemos dado una advertencia a tu amiguito Lince que no olvidará en toda su vida.
- Un puerco menos en esta pocilga – dijo Carla.
- Estupendo. ¿Trajiste el dinero?

Carla Martel le dio los quinientos euros.

- Es curioso – comentó Núñez –. Recuperé el dinero que le di a ese canalla de Lince, pero faltaban quinientos.
- Se lo habrá gastado en putas – dijo Carla –. Siempre lo hace.
- ¡Eso es amor! Anda, desnúdate que te vea.

Carla se quitó despacio el bonito conjunto otoñal, bajo la atenta mirada de Núñez, que se quedó con la boca abierta al ver a la joven en ropa interior, casi desnuda, mostrando todas sus curvas en esplendor juvenil.

- Sabía que estabas buena, pero no me imaginaba que tanto.
- ¿Seré una gran actriz?
- La mejor de Europa, te lo garantizo. Ven a la cama, preciosa.

Núñez se desnudó también. Su cuerpo bajito y orondo contrastaba con la alta estatura de Carla, cuyos gestos eran por naturaleza elegantes. Debido a su edad, y a algunos vicios no confesados, a Núñez le costaba cada vez más excitarse, incluso ante una amazona del porte de Carla.

La joven se puso encima de Núñez, cubriendo con su cuerpo la barriga fofa del cincuentón, que hacía lo posible por acoplarse.

- ¿No estarás grabando esto? – le dijo Carla.
- ¿Yo? ¿Por quién me tomas?
- Por el asesino de esa pobre chica, Tania Espinosa.
- Olvida eso. No seas tonta y dame tu cuerpo.

En plena cabalgada sobre Núñez, Carla sacó de la boca con un gesto magistral y lento de sus dedos índice y pulgar una cuchilla de afeitar. La desenvolvió y degolló con ella la garganta del viejo, mientras éste gozaba con los ojos cerrados.

¡Y cómo embestía en espasmos silenciosos el pobre Núñez, con la garganta abierta, ensangrentando las sábanas antes de morir!

Las malignas carcajadas de Carla Martel se oían desde la calle.

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