• M. Winocur

    LA PLUMA ALEGRE

    Fantasía de guerra nuclear casi a medida

    por Marcos Winocur


1. LA NOTICIA

El comando estratégico de las fuerzas armadas del País Uno detectó una flotilla de misiles en vuelo hacia su territorio. El coronel operativo, según las instrucciones, activó sin más la alarma, corriendo de inmediato a las oficinas del premier, a quien informó e hizo la pregunta: ¿Da usted la orden de disparar nuestra flotilla de misiles rumbo a los blancos del País Dos? Permítame, coronel: ¿Hay modo de destruir en vuelo éstos que vienen hacia nosotros o desviarlos de los blancos? Sólo a unos cuantos y se aprecia que son más de un centenar. Estas señales, las que denuncian la presencia de misiles enemigos ¿no podrían estar equivocadas, deberse a una falla en el sistema, una mala interpretación, o tratarse de falsas imágenes? No, señor, no en este caso, me lo acaba de informar el comandante de zona estratégica. Entonces ¿los misiles en vuelo causarán inevitablemente nuestra destrucción? Afirmativo, señor. ¿Cuántos podremos abatir con las defensas? Con suerte, la mitad, los que quedan son suficientes para arrasar a nuestro país, señor. Se hace un silencio. Coronel, comuníqueme con el Ministro de la Defensa. No, espere... El premier deja de apoyarse con una mano sobre el escritorio, y da la vuelta.


2. LA DECISION

Han permanecido todo el tiempo de pie, dos personas decidiendo, o quizá sólo una, la suerte de la humanidad. El premier está ahora tras su escritorio, continúa de pie. ¿Y para qué quiere usted, coronel, sumar, a la nuestra, la destrucción del País Dos, y tal vez volver inhabitable el planeta? ¿Qué repararíamos con ello? ¿Cuál sería nuestra ganancia? Perdone, señor: ¿Doy la orden de disparar nuestra flotilla de misiles nucleares? Negativo, coronel. Como usted ordene, señor. ¿Buscará usted ponerse a salvo? No, coronel, con el barco me hundiré. Tampoco voy a recurrir al teléfono rojo. No tiene caso. El premier del País Dos me negará todo, intentando ganar tiempo. Ya qué: ni ellos podrían detener sus propios misiles. Se hace un silencio. ¿Cuánto falta, coronel? ¿Para qué, señor? ¿Cómo, para qué...? ¡Coronel...! Para que nos alcancen los misiles. El coronel consulta su reloj: alrededor de 28 minutos, señor. Ya no hay tiempo, tiempo para nada, para que el gobierno intente ponerse a salvo, la familia... nada.

Falta nos hace un arca de Noé... Otro silencio. No avisaré a nadie. Los angustiaría sin objeto, que mueran así, el verdugo ha levantado el hacha y ellos no lo saben, no saben donde les han colocado el cuello. Mejor así. Coronel, por favor, siéntese. Después de usted, señor. ¿Eh? No lo había advertido, los dos estamos de pie, pues... sentémonos. ¿Un whisky? Yo me tomaré uno... ¿o prefiere vodka del bueno, nada de falsificaciones? Gracias, señor, no bebo estando de servicio. Coronel, coronel, en unos minutos más habrá dejado el servicio. Pero ya no podrá beberse un whisky o un vodka. En fin,... Vuelve al escritorio, saca la botella, dos vasos -por las dudas se arrepienta-, bebe, los dos siguen de pie. Un silencio. ¿Tiene familia, coronel? Sí, señor. ¿Estaba pensando en ella? Afirmativo, señor. Otro silencio. ¿Sabe, coronel? yo creo en el eterno retorno. Todo volverá a suceder. Usted entrando con la noticia, nuestro diálogo, yo con el vaso de whisky en la mano... todo.

Esta impotencia... es lo que me desespera, repetir el último acto de nuestro país, bueno, no el último, habrá sobrevivientes, pero ¿en qué condiciones? Alguien dijo: “los vivos envidiarán la suerte de los muertos”. ¿Cuánto falta, coronel? No -atajándolo-, no me diga. Han sido capaces de hacernos esto... ¿por qué? Prestos a discutir la propuesta de eliminar las armas de destrucción masiva, las negociaciones están a punto... Señor, disculpe, ¿puedo aceptar su whisky? Desde luego, ya está servido. ¿Hielo? Negativo, señor, gracias. ¿Podemos brindar, coronel, o le parece impropio? ¿A la salud de quiénes? De nuestros sobrevivientes, sus hijos, sus nietos... bueno, a la salud, no. A la sabiduría que algún día les roce, al nunca más una jornada como la de hoy. Chin, chin, un silencio.


3. MAS EXPLICACIONES

El premier se sienta. Le diré, coronel, cómo veo las cosas. Antes de que nos atacaran, la consigna era: devolver golpe por golpe. Y se proclamaba a los cuatro vientos, a ver si así se disuadían de golpearnos primero por miedo a la represalia. Como se dijo, el País Dos tenía de rehén a nuestra población y nosotros a la de ellos. El equilibrio del terror, que conoció la guerra fría. Pero eso era antes de la agresión. Antes, se trataba de disuadir. Ahora se trata de otra cosa: salvar lo que se pueda de la humanidad. Paradójicamente, “el malo” no pagará las cuentas, saldrá ileso. La víctima queda paralizada, no puede defenderse. Para estos últimos minutos que nos quedan, la consigna es otra: preferible que sobreviva media humanidad a que sea borrada del mapa, sin contar el daño a la biosfera. No puedo contestar a la agresión nuclear, el criminal tiene asegurada la impunidad, es la lección final que da la especie humana: la impunidad al criminal. No me sumaré a ella, no entraré a ese juego.

Claro, el genocida arriesga, es cierto, que del otro lado -nosotros- haya una mente gemela y la agresión sea contestada. Pero yo no lo soy. No habrá respuesta. El silencio será mortaja. ¿Me permite una observación, señor? Adelante. Me suena a la dialéctica de poner la otra mejilla, también eso. Un silencio. Del otro lado del océano, coronel, hay familias como la suya y la mía. Puedo hacerlas un amasijo de cemento y sangre ¿para qué? ¿Por venganza? ¡Vamos...! Ellas están tan ausentes de la jugada como nuestras familias.

4. SE IMPONE EL TUTEO... HAY NOVEDADES. SE CANCELA EL TUTEO

Prosiguen el diálogo en una zona de soledad e impotencia donde las jerarquías se abaten, dos malos mensajeros: se niegan a dar la noticia. Y que, cómplices, se abren a la fraternidad: sin reparar en ello, comienzan a tutearse. ¿Tienes hijos...? Dos, mañana debía llevarlos a... ¿Estás separado? No, los niños querían esta vez una salida con su padre, el “siempre ocupado”. ¿Qué edades tienen? Cinco y ocho, pero... en el País Dos ¿las familias son como las nuestras? Espera, los minutos corren, déjame preguntarte una tontería. ¿No hay ninguna posibilidad que todo esto sea un sueño, un mal sueño, una pesadilla, o bien una falsa alarma, las computadoras han enloquecido, no sé, algo...?

Suena el teléfono, los dos se miran absortos, el premier despaciosamente levanta el auricular. Señor -una voz tensa que no espera el saludar-, aquí el comandante de zona estratégica, la nube de misiles ha desaparecido de nuestros controles, como esfumada. ¿Ha pasado el peligro? Afirmativo, señor. ¡Alabado sea Dios! ¿Y a qué se debió...? El premier, el comandante al otro lado de la línea y el coronel, que lo ha comprendido todo, están a punto de llorar. Señor -el comandante se controla-, son formatos eléctricos, de morfología caprichosa, esta vez nos confundió el diseño de una flotilla de misiles... señor, una pregunta: ¿está el coronel operativo con usted? Sí, acaba de entrar. El coronel hace un gesto de sorpresa. Entonces, ¿sólo se dio la orden de alarma uno? Correcto, comandante. El coronel lleva a sus labios el tercer whisky. ¡Bendito sea Dios, que usted, Señor Presidente, así lo decidió! ¿y cómo supo...? Verá, comandante, bien: mañana, ya calmos, se lo platico y usted me informará sobre los motivos que tuvo para descartar la posibilidad de un formato eléctrico. Sí, señor. Se despiden, cuelgan.

Suena el teléfono rojo. Por favor, con el premier del País Uno. ¿Eres tú? Discúlpame, iré al grano. ¿Por qué activaron el sistema de alarma uno? Ejercicio de rutina. Pero, no nos dieron aviso, querido amigo. Te ruego nos disculpes, se nos pasó, no volverá a suceder. ¿Todo normal? Todo normal. ¿Cómo está tu esposa? Muy bien, gracias. Me la saludas. Lo mismo a la tuya... cierto que eres soltero. Bueno, que los saludos sean para la galana de turno... siempre te he admirado: ¿cómo hiciste para hacerte elegir siendo soltero? Oye, hace tiempo que quería agradecerte los chistes que me mandaste por Internet, ése de la suegra está buenísimo. A ver si chateamos un poco uno de estos días. Claro que sí. Pero, dime, ¿no advirtieron como una...? ¿Una qué, mi queridísimo amigo? No, nada, olvídalo. Naturalmente, levantarás la alarma uno. Cuelgo y lo ordeno, no temas, mi buen. Nos vemos. Nos vemos. Cuelgan. Otro silencio. Coronel... Desaparece el tuteo. Sí, señor. Tal vez usted... Voy a recapitular lo sucedido entre las cuatro paredes en esta media hora, no ¿qué digo? en unos minutos, sólo en unos minutos. Entró usted y no acababa de dar la noticia cuando sonó el teléfono, era el comandante para comunicarme que el peligro había pasado. Eso fue todo. ¿Me entiende, coronel? Perfectamente, señor. Ah, y corra a levantar la alarma. Sí, señor.


5. EN EL PAIS DOS

En el País Dos, el premier, después de colgar, reflexiona. ¿De modo que supieron distinguir entre un formato eléctrico de flotilla y la flotilla misma? Debemos andarnos con cuidado, a estos tipos no les creo, pero nada. Y visualizaron el formato eléctrico en sus aparatos antes que nosotros, sino ¿a santo de qué la alarma uno sin avisarnos? Y yo, que quería buenamente advertirles sobre la falsa imagen... y que de una vez quitaran la alarma uno.


6. EPILOGO

Cien días después de estos sucesos, EL País Dos logró una innovación tecnológica que posibilitaba amplio margen de maniobra en situaciones críticas: un mecanismo adosado a cada misil, permitiendo su destrucción en vuelo desde base remota. Así las cosas, el País Dos se las jugó. Dos oleadas de objetos voladores partieron un día hacia el País Uno. La primera de misiles nucleares y la segunda de aviones transportando tropas de élite y armamento. De momento, iban casi juntas. Pero una de ellas deberá dejar la escena bastante antes de divisar el blanco. Si lo hace la flotilla de aviones, es porque el País Uno iba a ser destruido. Si lo hace la flotilla de misiles, es porque va a llegarse a un acuerdo evitando el holocausto tras la rendición del País Uno, que aceptaba ser ocupado militarmente.

Y ése fue el planteo del premier del País Dos al premier del País Uno: se entregan o los borramos del mapa. Olvidas nuestra capacidad de respuesta, replicó el atacado. No será usada, contestó el atacante. ¿Cómo sabes? Aquí, junto a mí, está un cierto coronel; me pide te salude de su parte y te agradece los excelentes whiskys que tomó en tu oficina. Bien, tú decides. Tercera opción no hay. Tu lógica de impedir a toda costa la destrucción de la humanidad, es sabia. Te será reconocida por las generaciones venideras. Yo, lo confieso, te admiro. Además, y esto no es poca cosa, estás mejor situado ahora que la otra vez cuando ustedes confundieron formato eléctrico con ataque muy real de misiles. Porque fue así ¿verdad, mi queridísimo? Me lo contó todo este amigo nuestro, el coronel, que tú seguramente calificarás de otra manera. Y esto, precisamente, gracias a él y a la innovación tecnológica que nos permite destruir los misiles en vuelo. Y bien, no te queda mucho tiempo para decidir.

Ya lo he hecho, contestó el aludido. Acabo de ordenar un ataque nuclear masivo contra ustedes, permíteme una expresión brutal, ustedes son ya cadáver. Yo no tengo medios de destruir la flotilla en vuelo, cada misil dará en el blanco, en el mejor de los casos, podrán parar uno de cada dos misiles, no te preocupes, cada blanco tiene asignados dos misiles de cabezas múltiples. Del otro lado de la línea, un silencio que bien puede calificarse como silencio de muerte. Finalmente, una pregunta: ¿Por qué lo hiciste? Para saber si mi sabia lógica, que tanto alabaste, la aplicarás ahora haciendo estallar tus misiles en vuelo. ¿Admiras mi sabia lógica? Pues, aplícala -tú lo puedes, yo no-. Las generaciones venideras te lo reconocerán, no es necesario cambiar el rumbo de los aviones. ¡Ah! Tus soldados en vuelo hacia aquí serán recibidos en son de paz . ¡Tú decides! Te he pasado la pelota, a ver si eres hombre sabio.

Y colgó.

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