• Marina Burana

    EL INFIERNO TAN TEMIDO

    La señorita de Aviñón

    por Marina Burana

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Deslizó el pincel con una amabilidad majestuosa sobre la tela, como si cada contorno desnudo de aquellos cuerpos vencidos estuviera esperando el trato gentil de la mano de un hombre. Nadie sabe a ciencia cierta qué pensaba Pablo cuando desvanecía las axilas y los vientres en colores vivos y hundía las pupilas de sus damas en oscuridades de burdel. Muy pocos saben, también, que sus cinco modelos eran hermanas provenientes de Aviñón con las cuales había mantenido, separadamente, relaciones amorosas breves que habían decantado en un gran cuadro.

Hacía días, sin embargo, que se valía sólo del recuerdo para pintar a la más chica, ya que ésta había decidido abandonarlo, golpeada por los celos y la envidia al enterarse de los múltiples amores de Pablo. Las hermanas no se preocuparon por la más pequeña, quien solía tener caprichos separatistas. El pintor, consumido como estaba en su obra, tampoco dejó lugar para la preocupación; sólo para la bronca de saberse con una modelo menos.

Sus amigos más íntimos visitaron su cuadro en proceso y se asquearon, calificándolo de insolente y desvergonzado. Uno llegó a acotar "es como si nos obligaras a tragar una soga y beber aguarrás", pero eso fue mucho más tarde, cuando ya estuvo terminado. Ahora, una de sus modelos aún se hallaba entre tinieblas. Le faltaba lo fundamental: el rostro. Pablo no era un amante de los rostros y solía preferir la belleza de un cuerpo a la armonía de una cara. Por eso no recordaba exactamente cómo era la de la hermana desaparecida. Sin embargo, hizo todo lo que pudo y le otorgó un encanto que tal vez en la realidad la mujer no había tenido nunca. De todas las figuras, fue la más hermosa y la más brillante, acariciada por una luz que parecía alejarla del resto, ubicándola más obscenamente en el protagonismo de aquel que Apollinaire alguna vez llamó "el burdel filosófico". Las demás modelos, un poco celosas, no admitieron que aunque Pablo no se hubiera dado cuenta, su memoria había trabajado maravillas.

Finalmente estuvieron todas, solitarias, mirando al espectador, estableciendo unicidades como si jamás hubieran sido hermanas. Los artistas amigos y la sociedad parisina se tragaron la soga y bebieron el aguarrás nueve años después de finalizado el cuadro cuando fue expuesto en la Galerie d´Antin en París. La noche antes de presentarlo, Pablo lo tapó con una de sus grandes telas y se acostó pensando en la magia del recuerdo. El rostro de la más pequeña era el más poderoso, y toda la obra parecía moverse hacia él, encantada por una secreta brujería artística que era incomprensible. El pintor estaba satisfecho y creía que lo único que le daba valor a su obra era esa figura bella y luminosa que miraba de frente con unos ojos celestes y una frente ancha y pálida. La observó antes de taparla y soltó una lágrima. Era una de las mujeres más hermosas que había conocido en su vida, aquella, la del lienzo; alta, sutil, con una palidez que la hacía brillar por sobre las demás y con aquellos ojos intensos que lo miraban a él. Lloró, pero sólo su gato fue testigo.

Las señoritas de Avignon se hizo público una mañana temprano. Pablo no asistió a la mudanza de su cuadro hacia la galería. Durmió pesadamente, soñando en la modelo que con su ausencia le había dado una de las imágenes más poderosas de su vida. A la tarde caminó con cadencia de enamorado hacia la exposición. Entró y escuchó los suspiros, los murmullos, las voces de descontento. Algunos de sus amigos estaban allí (quién sabe desde hacía cuánto tiempo), junto con críticos y visitantes, todos, consumidos por el horror. Antes de llegar a la multitud, bailando hacia ella en la dulce rítmica apostática en la que ahora se encontraba, Pablo se sintió feliz por su ruptura y por el asco. Pero cuando estuvo frente a su obra no imaginó que ese mismo asco también a él lo sobrecogería.

El rostro de arriba a la derecha, el angelical punto de luz de su vida y obra se había transformado en una caricatura oscura y macabra, con ciertos rasgos équidos. Los grandes ojos celestes eran ahora enormes puntos negros y la que en un momento había sido una fina nariz en punta era ahora una trompa animada. Uno de sus pechos había corrido la misma suerte, arañado por la oscuridad y el salvajismo. Y como si fuera poco, otra de las hermanas había caído en la desgracia de la transformación.

Escuchó que un crítico alababa la obra, y aún inmerso en el horror como estaba, tuvo una epifanía: su cuadro sería grande. Pero él jamás revelaría que el extravagante y enigmático toque cubista que se iniciaba en los rostros de la esquina derecha no le pertenecía a la amabilidad de su pincel majestuoso, sino a la ira de unas vengativas manos de mujer que él había creído para siempre desaparecidas.

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