• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (7)

    La Pasión del Ratón Cañupán

    por Ricardo Iribarren


“Está equivocado si piensa que cometimos el pecado de la carne”


Cinco años antes de la llegada de los militares al poder, el Doctor Petrov descubrió el primero de los universos paralelos. Lo llamó el Mundo de los Seres Anillados. Los habitantes, sencillos gusanos circulares dotados de inteligencia, habían creado una civilización simple, pero que les servía para vivir. Políticos, sacerdotes, científicos y militares, acudieron a investigarlos. Luego de mucho deliberar, decidieron que aquellos seres podían relacionarse sin peligro con los humanos.

Al poco tiempo, el doctor Petrov encontró una multiplicidad de mundos, poblados por cientos de comunidades. Humanoides con forma de barril. Cuadrúpedos con aspecto de aves. Seres vivos con apariencia de mesas, acantilados o mares parlantes. Todos pulularon de pronto entre los hombres. A aquella irrupción súbita, se la llamó “La Apertura”. Del entusiasmo inicial, los ciudadanos pasaron a la desconfianza. Resonaron voces de rechazo a los habitantes de otros mundos y condenas a la diferencia radical entre ellos y los humanos. Hubo quienes aseguraron que dicha “Apertura” habría precipitado el golpe militar. Ante las nuevas presencias, creció el miedo y los reclamos de seguridad a las autoridades. Estos habrían sido los pretextos principales para que las tres armas tomaran el poder. Al llegar al gobierno, la comunicación entre humanos y habitantes de otros mundos, sólo sufrió una breve interrupción. Las relaciones debieron restablecerse por exigencia de los países centrales. No sólo habían reconocido a los universos recién descubiertos, sino que exigían el respeto de sus derechos. Esta medida habría interrumpido los planes de exterminio que promulgara la junta castrense.

Los Ratones Azules eran diferentes a los demás habitantes de “la Apertura”. Roedores del tamaño de niños, transitaban entre los humanos con pulcros trajes y elegantes anteojos. Al llegar al mundo de los hombres, requerían de gafas para corregir una aberración visual que producía en sus ojos la luz del sol. En sus discursos, el presidente de los roedores, , agradecía siempre al doctor Petrov por haber iniciado la relación con los humanos. En cambio, algunos grupos de ratas de ideología radical, llamaban al descubrimiento “genocidio encubierto”. Alegaban que la integración a los hombres “debía pagarse con el sufrimiento y el exterminio de la raza” y en secreto organizaban planes contra la sociedad humana.

El doctor Petrov vivía encerrado en su casa, una remozada mansión de mediados del siglo XIX. Sólo salía para dar clases en la universidad y brindar uno que otro reportaje. Científicos o turistas que desearan viajar a los nuevos mundos, no podían hacerlo utilizando métodos convencionales. Debían someterse a rituales chamánicos dirigidos por el facultativo y era así que los peregrinos desfilaban continuamente por la vivienda. La explicación era que “viajar a otros mundos no es el resultado de la ciencia, sino del arte”. Hacía un par de años que el médico formaba un grupo capaz de ejercer y enseñar dichas habilidades, pero la preparación requería de mucho tiempo y esfuerzo.

En los primeros tiempos, los miembros de la Junta Militar, temieron que el doctor Petrov ayudara a los adversarios políticos a ocultarse en los universos recién descubiertos. Fue detenido e interrogado. El médico explicó que los mundos de la Apertura eran trasparentes, ya que su estructura era la luz. Muy pocos eran los que disponían de sectores de oscuridad, capaces de ocultar a alguien. Las autoridades liberaron al facultativo y al poco tiempo volvieron a convocarlo para que los ayude a formar y organizar sus logias.

Entre la repugnancia y la aceptación sin límites, los Ratones Azules fueron quienes se relacionaron más estrechamente con los humanos. Antes de producirse el primer contacto entre ambos mundos, el doctor Petrov habló desde la cadena nacional. No eran monstruos. No se les debía atacar. Gozaban de inteligencia. No importaba la repugnancia que pudieran producir..

A pesar de estas advertencias, fueron muchos los que intentaron asesinarlos de mil maneras. Descubrieron que las heridas sanaban instantáneamente. Se supo entonces del grueso gusano ubicado debajo del cráneo y que constituía el centro del ser de los ratones. Además de proporcionar y regular las funciones vitales, emitía una sustancia que curaba en el acto cualquier lesión. Aún no se había producido el golpe militar, y eso permitió formar la “Agrupación de Defensa de Seres de Otros Mundos”. En poco tiempo logró que se vote una detallada y completa ley destinada a protegerlos.

Los ratones tenían una gran capacidad de adaptación y supieron caer en gracia a los hombres. Sin embargo, el cambio fue más profundo de lo que se pensaba. Lo reveló la danza de una ratona de nombre Mañajalama en un canal televisivo de gran audiencia. Se presentó vestida con un provocativo atuendo árabe. Ejecutó un baile sensual que culminó con su desnudez absoluta. Danzando en dos de sus patas, el movimiento de nalgas y caderas enloqueció a los televidentes masculinos. Hubo quienes acusaron a la emisora de procacidad y se pidió su cierre. La respuesta fue que cualquier animal siempre se mostraba desnudo ante las cámaras. La roedora no tenía por qué ser una excepción. Sin embargo, las miles de llamadas masculinas que colapsaron las líneas, mostraron el alto grado de excitación de los televidentes,.

La desnudez de Mañajalama, hizo pública la extrema atracción de los hombres por los ratones hembras. Era algo que todos sabían, pero costaba admitir. Las investigaciones descubrieron en las roedoras una feromona que actuaba sobre la libido de los machos humanos. Al poco tiempo se hicieron públicas las primeras parejas de hombres y ratas. Un grupo de psicólogos demostró que aquellas uniones permitían la concreción de atávicas y no confesadas tendencias zoofílicas y que debían ser permitidas.

Era un secreto a voces que muchos militares de carrera, tenían ratas por amantes. Algunos habían llegado a casarse, de acuerdo con la ley que permitía legalizar la unión entre humanos y animales. Así que cuando llegó el golpe militar, los miembros de aquella especie ya no eran habitantes de un mundo remoto, sino que estaban cabalmente integrados a la sociedad humana.


El anarquista Luigi Luscenti, acostumbraba jugar al Paddle. Aquel deporte era lo único que le permitía calmar su fuego. Así llamaba a esa sensación visceral que muchas veces se expresaba en helados y a la vez intensos ataques de ira. Aquella tarde interrumpió un set al escuchar el repique del teléfono celular. Jadeando, lo tomó con la gruesa mano, llena de vellos hasta en la palma. En la adolescencia aquello despertaba la burla de compañeros y amigos. Asociaban este detalle a la costumbre de masturbarse.

Del otro lado de la línea, una voz desconocida le informaba que su novia, la ratona Miñajapa, le era infiel.

— Hasta hace una semana era mi novia, aunque vivíamos juntos -explicó con tranquilidad el anarquista-. Hace tres días que nos casamos.

El informante debía disfrutar de la noticia, ya que la repitió una y otra vez.

— Están retozando como locos. Con un astrolabio podrías verlos. Te paso las coordenadas…

Citó una serie de números y letras. Luego colgó. El anarquista terminó el juego. Se bañó, y vistió como de costumbre un traje elegante con camisa, corbata y gemelos. Subió hasta la azotea del edificio y extrajo de su bolso un aparato en forma de astrolabio. Al cargarlo con las coordinadas, imágenes e información llenaron la pantalla. El artefacto mostró a los dos ratones. Volaban al sur de la ciudad. Era la zona más pobre. Miñajapa, la esposa del anarquista, se balanceaba en el aire, desnuda y con el rostro descompuesto de placer. Buscaba descaradamente al otro ratón. Ambos saltaban uno hacia el otro. La ratona se introducía en el cuerpo de su compañero y desaparecía en el interior para volver a salir. Luigi Luiscenti sabía que aquellos eran los correlatos. Así se llamaba a las versiones fantasmales de los ratones. Orientó al astrolabio para que buscara las fuentes, el nombre con que se conocían los cuerpos físicos. Debían encontrarse en algunos de los edificios linderos. La pantalla vibró ante una construcción antigua, con aspecto abandonado. Letras azules se dibujaron contra un fondo blanco… Albergue de artistas e intelectuales. Burguesía decadente.

Mientras obtenía la dirección exacta a través del astrolabio, Luigi Luscenti silbó el viejo tango de Edmundo Rivero “Amablemente”. La letra describía al compadrito, que regresaba al hogar y descubría a su amada en brazos de otro. Los cuerpos de los ratones se encontraban en una habitación pobre, casi sin muebles. Miñajapa llevaba un vestido amarillo, aunque su doble se mostrara desnudo.

Luigi trepó al automóvil, condujo hasta el edificio y subió lentamente los ocho pisos. La cerradura estaba oxidada y floja y le bastaron un par de golpes para abrir. Los roedores estaban en el suelo. Como los mostrara el astrolabio, permanecían inmóviles, con los ojos abiertos. Un leve temblor de las patas, indicaba que estaban vivos. El llamado Cañupán, sonreía en su inconsciencia.

El anarquista se asomó a la ventana. Metros más abajo vio las siluetas. A punto de llegar a la tierra, el éxtasis aumentaba y la penetración mutua era constante. El hombre se inclinó sobre el ratón y buscó un agujero en la nuca. Metió el dedo y levantó la superficie del cráneo. Allí estaba el gusano que era el centro de su ser. Blanco. Grueso. Lo cubría una gelatina aceitosa. En la parte trasera se adivinaban un par de alas plegadas. Al tocarlo tres veces, el ratón movió sus patas sin abandonar la sonrisa. Luego de una breve convulsión, se sentó en la cama y abrió los ojos. En el aire, la figura fantasmal habría parpadeado hasta integrarse al roedor. Un alma que regresa al cuerpo, pensó el anarquista.

Se asomó otra vez a la ventana. Allí estaba su esposa, la ratona Miñajapa. Al no encontrar a su compañero, retornaría en cuestión de minutos.

— ¿Qué pasó? -preguntó el ratón con voz atribulada.

— Estabas volando y volviste.
— ¿Quién es usted?
— Soy el marido de Miñajapa, la que estaba haciendo tropelías en el aire.

Señaló a la ratona que se quejaba y movía espasmódicamente las patas. Cañupán se incorporó de un salto. Corrió hasta la pared del fondo y desde allí miró al hombre con ojos de espanto.

— Lo que hicimos es una costumbre, un hábito cultural. No sé que piensa o que sabe, pero es por completo inocente. ¡Se lo puedo jurar.!

— Tranquilo, tranquilo. Sabes que soy anarquista, lo que significa que mi mente es flexible. Incluso alguna vez le ofrecí a mi esposa formar una pareja abierta…
— Está equivocado si piensa que cometimos el pecado de la carne, como lo llaman ustedes, los humanos -insistió Cañupán- Los ratones que emigramos, sufrimos un impacto contaculturativo, por lo que es necesario un ritual como este para recuperar nuestro centro. Para que el sol salga y se ponga todos los días. Para que en la noche brillen la luna y las estrellas.

— Así que eras un ratón intelectual. ¡Que interesante…!
— ¡Cañupán! ¡Escapa! ¡Te va a matar!

El grito de la ratona Miñajapa resonó en la habitación. Con un salto, Cañupán pudo evitar el golpe del hombre que se dirigía a su cabeza. Desesperado, buscó la entrada de los caños de ventilación y se deslizó por ellos. Luigi Luscenti salió al pasillo en medio de los chillidos constantes de su esposa. Descendió dos tramos de escaleras y llegó al entrepiso. Allí estaba la salida del caño. Quitó la tapa que lo cubría y unos segundos después la cabeza de Cañupán asomó por el hueco. Los gritos de un Ratón Azul eran tan intensos que podían dañar los oídos humanos. Los vecinos estaban acostumbrados a peleas sangrientas en el edificio. Cuando la policía llegara, nadie habría visto ni oído nada.

Uno de los problemas anatómicos de los ratones es que se hallan muy expuestos para vivir en el mundo de los hombres había explicado en su momento el doctor Petrov. El gusano que constituía todo su ser psíquico y físico, se ubicaba cerca de la nuca, en un agujero al que bastaba levantar para dejarlo al descubierto. Ahora, Cañupán, atorado en el caño de la ventilación, estaba a merced de Luigi Luscenti. El anarquista volvió a levantar el hueso del cráneo y esta vez tomó la oruga con su mano desnuda. Con tres golpes lo separó de su base en el cerebro. El ratón dejó de chillar y el cuerpo cayó inerte hacia adelante. Bastaría insertarla nuevamente para que recupere su consciencia. Luscenti contempló el apéndice blanco que latía y se agitaba en su mano derecha. Debía tratarlo con cuidado. Dañarlo estaba prohibido por leyes internacionales. Ante la presión, el gusano lanzó un gemido. El fino aceite que lo cubría hizo que se deslizara con rapidez y pudo escapar del puño del anarquista. En el aire, abrió las alas y voló por el pasillo. Torpe. Lento. Le costaba ganar altura. Luscenti corrió tras él. Desde el apartamento, Miñajapa continuaba pidiendo auxilio. El gusano avanzó por los pasillos y se precipitó contra las aspas detenidas de un extractor de aire a varios metros del suelo. Luscenti buscó un mueble que estaba en el corredor y lo ubicó debajo de la larva. Subió a él, pero el techo estaba demasiado alto y. Apenas podía acariciar el gusano con la punta de los dedos. El pegajoso centro del ratón Cañupán, intentaba inútilmente escapar por las estrechas ranuras que quedaban entre las cruces del extractor.

El anarquista lo golpeó con la mano abierta. Las prácticas de boxeo le daban a sus puños una enorme fuerza, pero sabía que las orugas eran muy resistentes.

La primera trompada apenas lo rozó. La criatura, despavorida, volvió a gemir y redobló los esfuerzos por escapar. Aquello hizo que se metiera más profundamente entre las aspas. De ese modo evitó el segundo golpe, pero la vibración activó el interruptor y el extractor empezó a funcionar. Antes de ser destrozada, la oruga lanzó un tercer y lastimero gemido. Luego, la gelatina gris de las entrañas salpicó en todas las direcciones y gran parte se derramó por la pared hacia el piso. Con un gesto de contrariedad, el anarquista descendió del mueble. La ratona Miñajapa había dejado de gritar, ocultándose en el apartamento. Unos insectos redondos y lustrosos como piezas de damas, devoraban el cuerpo del ratón. En pocos segundos dieron cuenta de su carne. Los huesos quedaron al descubierto, se fundieron unos con otros, y tomaron la forma de un gigantesco cuerno, negro, rojo y blanco de la base a la punta.

Ver Curriculum
Curriculum





volver      |      arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS    |    CULTURALIA    |    CITAS CÉLEBRES    |    plumas selectas


Islabahia.com
Enviar E-mail  |  Aviso legal  |  Privacidad  | Condiciones del servicio