• Alfonso Estudillo

    La Voz de Arena y Cal

    Rajoy. Retrato ecuestre

    por Alfonso Estudillo



Ahora sí. Parece que, por fin, el Sr. Rajoy va tomando conciencia de que la solución a la crisis en su conjunto, además de recortar gastos y ajustar el descomunal déficit de deuda externa con medidas tan extraordinarias como las tomadas, pasa también por exigir a la cúpula directiva de la economía de este nuevo Gran Estado al que nos hemos adheridos y sometidos, que disponga medios para incentivar el empleo, habilitar préstamos a la pequeña y mediana empresa -sin olvidar a los autónomos, a las familias y a todos los potenciales consumidores- y, en definitiva, colaborar eficazmente en el restablecimiento de la normalidad de los países más afectados en el más corto plazo posible.

Tanto en sus últimas actuaciones -solicitando acuerdos con los demás partidos políticos para ir a Europa como una nación unida, fuerte, sólida y con las mismas pretensiones-, como en sus declaraciones a los medios -recordando a Bancos y Cajas la necesidad de ir concediendo créditos y restableciendo la normalidad bancaria-, así parece demostrarlo.

Todo ello es justo lo que se le ha pedido, dicho y repetido hasta la saciedad desde que accediera al gobierno y comenzara las negociaciones -habría que decir las aceptaciones de todo lo impuesto- con los dirigentes de la Unión Europea. Y no es que hubiera que rechazar las medidas impuestas, en su mayoría necesarias para un país cuyos gobernantes -nunca, pero sobre todo desde la inmersión en el euro- ni han sabido ni podido ni querido establecer políticas económicas acordes con los tiempos, previsoras de futuro y, sobre todo, con la necesaria moderación para no caer en el imperdonable pecado de gastar muchísimo más de lo que se tiene.

El Sr. Rajoy lo entendió perfectamente desde el principio, y asumió con extraordinaria valentía toda esa política dimanante del núcleo duro de la UE, entendiendo por un lado su lógica y la necesidad imperiosa de corregir el gran error en que estaba sumida nuestra economía, y por otro sabiendo que su aceptación y aplicación significaba sumir a España y los españoles en una calamitosa retahíla de recortes de derechos sociales, laborales, sanitarios y educacionales que, de no contar a tiempo con la necesaria y adecuada ayuda -no el rescate, que significaba vender honor y reputación-, podría situar al país en lo que estamos ahora: en la más espantosa crisis que haya sufrido la España de los tiempos democráticos.

Y es por ello que, aunque reconociendo en buena parte correcta la actitud y acciones del Sr. Rajoy, y aún considerando el dificilísimo trance con el que se ha visto abocado a lidiar -símil taurino por el que le concedería su buen par de orejas-, no tengo más remedio que apuntar también que para completar la lidia de este tenebroso morlaco corniveleto le ha faltado todo lo que le sobraba al caballo del Espartero.

Quizás estas ovoidales carencias podrían ser extensivas al francés Hollande y al italiano Monti (por haber estado más tiempo que el actual Enrico Letta), con quienes tendría que haber formado un irreductible y bien hermanado equipo que le hubiera lidiado y marcado los tiempos al corniveleto morlaco de nombre y raíces germanófilas. Pero, no sé por qué (creo que no lo sabe ni el de la bola), tengo la impresión que tanto el galo como el ítalo disponen de capotes con halos y lentejuelas invisibles y se han bordado la faena en corral aparte.

La principal baza, nunca aprovechada, que ha tenido siempre el Sr. Rajoy -y los otros dos- es la vital e imperiosa necesidad de la continuidad del euro que tiene la Unión Europea y, sobre todo, el país germano. Sin esta unión de naciones -que se consolida con la moneda- la competitividad con los actuales grandes países, EE.UU., Rusia, China, Japón -incluso el Reino Unido-, o los emergentes, India, Brasil, etc., quedaría muy reducida y sin las grandes expectativas de futuro que aporta una extensísima zona de producción y un enorme mercado de consumo interno de más de 500 millones de habitantes.

El Sr. Rajoy, para pegar el puñetazo sobre la mesa, sólo tendría que pensar en el pánico y las diarreas que le entraría al autentico dueño del cotarro -que no es Alemania sino el gran capital- si viera que se le muere entre las manos su niña bonita, que se le rompen los sueños, que ya no podría tener agarrados por los cojones a más de 500 millones de productores y consumidores.

Y, también, que para tal faena tendría el apoyo incondicional de 45 millones de españoles, cada uno de ellos tan harto de hambres como sobrados de las cualidades del caballo citado más arriba.

Sólo nos queda esperar. Por huevos. Pero, esperanzados, porque quién quita que se le magnifiquen los susodichos cuando vea aproximarse el tábano de las elecciones.

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