• Juan R. Mena

    Contraluz

    La búsqueda de la genialidad (y IV)

    por Juan R. Mena



Como dice Valle-Inclán, hay que prescindir de todos los elementos secundarios en el verso y dejar solamente aquellos que son sustanciales, como los sustantivos, los adjetivos, los adverbios y los verbos ya que la narración poética no es un discurso.

La selección que hacemos en este mundo de lo mejor es como una revelación de lo esencial humano a modo de flashes, como si nos trasmitieran señales de que lo que espigamos de él es un adelanto de lo que encontraremos en sucesivas experiencias poéticas. El poeta no debe resignarse a ser un mero escribidor de las consignas de su época, ni contentarse con que la poesía es “denuncia”, confesión sentimental, narración de un hecho o evocación culturalista.

Según Jakobson, el texto poético dispone, pues, de unos recursos genuinos en su índole creadora que lo hacen distinto al texto narrativo, que cumple un fin literario con una óptica que en nada tiene que ver con la percepción relámpago e intuitiva del poeta. Para diferenciar su escritura de otra dispone de unas figuras que dotan a su texto de una presencia específica.

La metáfora designa a un nombre con otro cuya entidad se parece a la comparada. ¿Qué se pretende? ¿Buscar variantes para no repetir el sustantivo? ¿Conseguir que esas variantes le den un diverso colorido al nombre real como si fuese un prisma de varias caras? Oigamos a Unamuno: La comparación es el instrumento ineludible de la comprensión.

La sinestesia desfigura la realidad lógica y ayuda a la metáfora a presentar el lenguaje como un discurso que llama la atención del lector ya que se funden conceptos y sentidos, lo abstracto con lo concreto. Por lo tanto, la idea es no escribir convencionalmente. Hay que emplear la gramática retorciéndola, sacudiéndola de sus funciones lastrantes como de lectores elementales.

El poema se tiene que diferenciar de otros textos literarios desde el punto de vista de la configuración del escrito. Si no, ¿para que llamarlo poesía? Recurramos a Jakobson cuando se refiere a las recurrencias que caracterizan al texto poético.

Incluso el poema en verso libre adopta en poetas bien dotados una forma parecida al poema tradicional, con más o menos homogeneidad rítmica, quedando como una variante del texto poético, a pesar de la ausencia de métrica y su rigor formal. Es cierto que el verso libre puede ser alcahueta de tiradas de renglones faltos de ritmo y gracia poética (recuérdese la frase de García Lorca en su Poética editada en la Antología… de Gerardo Diego: “La gracia de la técnica y del esfuerzo, y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema), como si quien lo escribiera quisiese innovar librándose de la preceptiva; pero, en una república de las letras libre, cada uno opta por los procedimientos que quiera y no seré yo juez de estos aspirantes a recrear la poesía a su manera, llevados por sus ansias de novedades estilísticas. Ahora bien, no podemos olvidar lo que dijo el músico veneciano Antonio Vivaldi en lo referente a la creación artística: “Reformar y sorprender”.

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