• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad

    La niña que no podía llorar

    por Susana Maroto Terrer



Claudia era una niña como las demás: coqueta, alegre, juguetona y estudiosa, aunque con tendencia a la pereza. Nunca había llorado, ni siquiera cuando nació. Tenía 7 años y cuando reía se le formaban unos hoyitos muy graciosos a ambos lados de la boca. Le gustaba mucho inventar historias y reproducirlas con sus muñecas barbies. También disfrutaba cuando por las tardes, después del colegio, jugaba con sus amigos en la plaza mayor del pueblo. Jugaban al escondite, a la botella, pero sin duda su juego favorito eran las vidas, y no se le daba nada mal.

Lo que ocurre es que a veces su madre reventaba su burbuja de felicidad eterna.

- Hija, vamos para casa ya que se te va a hacer tarde y luego no te da tiempo a hacer los deberes.

Entonces a Claudia le cambiaba su pueril cara sonriente.

Cuando entraba por la puerta, la niña veía a su padre viendo la tele tirado en el sofá de un salón en tinieblas. La mesita-centro tenía un cenicero rebosante de pitillos y un par de botellas de licor vacías. El humo negro de los mil cigarrillos que Andrés, su padre, se había fumado en la tarde sobrevolaba y contaminaba la estancia. Claudia procuraba no mirarle y se dirigía rápida y directamente a su habitación. Se encerraba allí hasta que los gritos de su madre la llamaban a cenar. Oía muchas veces discutir a sus padres, gritar, romper cosas, forcejeos, portazos… El momento de la cena era un momento de temor a veces, pero otras era un momento de aplomo para demostrar su fortaleza. Aquella noche había pescado para cenar. Andrés odiaba el pescado por sus espinas y cualquier cosa, por mínima e insignificante que fuera, constituía una buena excusa para manifestar su desacuerdo violentamente. Se enfadó, tiró el plato al suelo y golpeó bruscamente a Silvia, la mamá. Claudia seguía cenando, seria y ausente. Ni se inmutó, ni movió un solo músculo de su cuerpo. Solo pensaba en que… En realidad, ya no pensaba nada. Silvia se puso de pie y lo recogió todo mientras su esposo la maldecía y gritaba. Claudia sabía que aquello no duraría mucho, un día aquella bomba estallaría. Andrés se levantó de la mesa y se fue al salón, cogió una botella de güisqui y le dio un sorbo detrás de otro. Entonces llamó a la puerta una compañera del colegio de Claudia para pedirle un libro que necesitaba para hacer los deberes del día siguiente. Ella se lo había dejado en clase. Claudia se puso nerviosa, abrió la puerta y cuando vio a su amiga empezó a temblarle el pulso. Miró al salón y vio cómo su padre se levantaba del sofá para dirigirse, bamboleándose, hacia ellas. Se hizo el silencio y empezaron a llover tímidas lágrimas de los cristalinos ojos de Claudia. Andrés empujó a su propia hija y abrió más la puerta para ver de quién se trataba. Entonces puso el grito en el cielo y comenzó a proferir insultos a diestro y siniestro, aunque casi ni se le entendía:

- Tú, niña, ¿qué horas son estas para andar molestando? ¡Niña estúpida, lárgate por dónde has venido que no te quiero ni ver, lárgate vamos! (Miró a Claudia y continuó) La culpa es tuya, aparte de gorda, inútil, como tu madre. ¡Maldigo el día en que me la follé, ojalá no hubieras nacido, tú y tu madre me habéis destrozado la vida! (Cayó al suelo como fulminado por el peso de sus palabras y se echó a llorar como sin ganas.)

Claudia se encerró en su cuarto y se dejó caer en la cama. Seria, pensativa, se preguntaba por qué sus compañeros tenían unos padres normales que los querían, que los llevaban al colegio y los recogían despidiéndose con un beso sincero, unos padres que se preocupaban por ellos, que les llevaban de excursión a conocer cosas, y ella no tenía nada de eso. Sentía en su cuerpo como si algo quisiera salir, como un estallido, y de repente empezó a llorar desconsolada. Oía gritos en el salón, pero ella se sentía bien entre aquel océano de lágrimas.

Al rato su madre entró en su cuarto, se postró en la cama con ella y la abrazó. Lloraron juntas toda la noche, y al amanecer se quedaron dormidas. Silvia se despertó sobresaltada. Dejó a Claudia durmiendo y corrió al salón, ¿dónde estaba Andrés que no las había despertado con una golpiza? Recorrió toda la casa, pero no aparecía. Salió al patio y… allí lo encontró: colgado de una soga atada a un barrote de la terraza.

Silvia lloró, pero esta vez de alivio.

Regresó al cuarto a buscar a Claudia para contarle las novedades. La niña seguía durmiendo, pero Silvia encontró algo extraño en su semblante: su hija tenía la cara roja, con granos y surquitos, como desfigurada. La madre se asustó mucho y antes de contarle a Claudia lo que había pasado con su padre la llevó de inmediato al médico.

Tras hacerle las preguntas oportunas a la madre y aplicarle una compresa empapada con agua a 35 grados mantenida en el tercio superior de la espalda como 20 minutos, el médico enseguida diagnosticó que la pequeña sufría la enfermedad de la urticaria aquagénica, aunque de una manera un tanto extraña, pues solo le aparecían las lesiones típicas con las lágrimas, no con el resto de aguas. Simplemente el médico la aconsejó que procurara no llorar, pero aseguró que aquella reacción cutánea no desembocaría en graves consecuencias, solo era “algo incómodo”.

Claudia no entendió nada, pero vio alivio en la cara de su madre y eso la tranquilizó.

Cuando regresaron a casa, estando a punto de entrar en el patio, Silvia se preparó para hablar con su niña:

- Hija, sé que ha sido un día duro, pero ahora vas a ver algo desagradable.
- Ya lo sé, mamá. Fui yo, lo vi en una película: cogí la soga del garaje mientras tú dormías en mi cama. Estaba inconsciente, lo arrastré hasta el balcón de su cuarto y… lo dejé caer. Por fin somos libres, mamá.

Curriculum





volver      |      arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS    |    CULTURALIA    |    CITAS CÉLEBRES    |    plumas selectas


Islabahia.com
Enviar E-mail  |  Aviso legal  |  Privacidad  | Condiciones del servicio