• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (8)

    El Mundo Sin nombre

    por Ricardo Iribarren


“…las pocas y dramáticas veces en las que estaban frente a frente, debían evitar mirarse a lo ojos”


El Mundo sin Nombre fue el tercero de los descubiertos por el Doctor Petrov y, a diferencia de los otros, no despertó interés entre el público. Acceder a él resultaba difícil y figuraba tan sólo como una referencia erudita en la literatura sobre los ámbitos contenidos en “La Apertura”. Así llamaban a aquella eclosión de universos y a su relación con la sociedad humana.

El médico tenía un contrato exclusivo con un periódico internacional que publicaba sus artículos sobre los diferentes mundos. Redactados por él mismo, la prosa era atractiva y sabía cómo seducir a los lectores. Sobre los “Ratones Azules”, que mantenían un estrecho vínculo con los hombres, describía con detalle los lagos, las cumbres y las nubes con forma de corazón que surcaban el cielo de aquel universo. Del Mundo sin Nombre, sólo publicó un par de artículos breves, escritos en lenguaje técnico. Los editores reclamaron textos más explicativos. Sin embargo, no insistieron cuando pasó el tiempo y Petrov no cumplió con lo requerido. El lector corriente exigía nombres. La negativa de los habitantes de aquel mundo a nominarlo de algún modo, lo vaciaba de interés. Otra cosa que exigía la Apertura, era la facilidad en los accesos. Para arribar a los universos ocupados por los “Ratones Azules” o las “Serpentinas Vivientes”, los viajeros podían desplazarse cómodamente a través de grutas oscuras que rodeaban sus fronteras. Esto no era posible en el Mundo sin Nombre. La única forma de llegar, exigía un entrenamiento largo y doloroso que duraba meses. El viajero debía escuchar con atención obsesiva los ruidos del cuerpo; aguantar escozores y someterse a una estricta dieta y a cambios dramáticos en su humor.

Aquel había sido el trayecto que debió cumplir el escritor unicornio. En el Mundo sin Nombre, ante la ausencia de líneas rectas, bastaba iniciar un camino para que el sendero se curve de inmediato hasta convertirse en un círculo completo. Cualquier avance no tardaba en hallar el punto de partida. Al trazarse el radio en una circunferencia, se transformaba en otro círculo. Así, las figuras se iban engendrando unas a otras de manera constante y cualquier acción retornaba enseguida a su inicio.

El horizonte también era circular. Seres y cosas se exhibían como si estuvieran encima de un enorme plato. La totalidad del Mundo sin Nombre se inscribía en una esfera cuyo diámetro era infinito. El centro de la misma era conocido por los habitantes a través de los sueños. El escritor pudo conversar con dos matemáticos que, como el resto de los naturales de aquel universo, tenían la forma de círculos entrelazados. Explicaron que la bóveda, a la que llamaban “Matriz” o simplemente “Madre”, era infinita. Este concepto no se refería a una extensión sin límites, sino a la presencia simultánea de todas las posibilidades imaginables y no imaginables. En otras palabras, la serena redondez de aquel cielo de colores, encerraba todo lo existente. Mundos visibles y no visibles. La totalidad del espacio y del tiempo, incluyendo a los hombres.

Los científicos explicaron al escritor que esto último explicaría por qué en el Mundo sin Nombre no imperaba el principio lógico de no contradicción. Cualquier ente, animado o inanimado, podía ser y no ser al mismo tiempo. En ese infinito permanentemente actualizado, los habitantes coexistían simultáneamente en múltiples grados de su realización como seres. El resultado era que se veían a sí mismos realizando diferentes tareas en puntos separados del espacio.

En aquel mundo, la Cripsis, el lejano camuflaje que realizara la doctora Kobayashi en Japòn, había abandonado al escritor. El conjunto de maquillajes, rituales y juegos de luz que sirvieran para convivir entre los hombres, se derrumbaba. Lejos de la sociedad humana, el unicornio había adoptado la forma de su cuerno, que se extendía hacia arriba como buscando la enorme esfera y de inmediato se curvaba hasta trazar otro círculo.

El escritor ocupaba la periferia de una circunferencia propia. Desde allí se veía a sí mismo emigrando a otros círculos, o haciendo el amor con Mika. Esto último significaba ejercitar una constante persecución y un permanente rechazo. Los cuerpos nunca debían encontrarse. En las marchas rituales, las pocas y dramáticas veces en las que estaban frente a frente, evitaban mirarse a lo ojos. Una y otra vez llegaban al mismo punto del que habían partido. En su afán de escapar uno del otro, trazaban radios que con sus pasos volvían a curvarse y a engendrar nuevas circunferencias.


El día en que el escritor conociera a Mika en el mundo humano, estaba a punto de morir. Aquella tarde, persiguió a la joven por toda la ciudad. Caminó tras ella hasta el pueblo vecino, describiendo enormes círculos. La muerte se retiró y sólo quedó la agonía como un negro collar alrededor del cuello. La extensa persecución en la que vadearan ríos y recorrieran túneles ocultos, había sido la más intensa muestra de amor de la joven hacia él. Huir del contacto era la forma en que ella le demostraría su cariño, en aquel mundo o en cualquiera donde se encontraran.

Desde su forma de cuerno, el escritor se observaba a sí mismo más allá, con el aspecto de tres anillos encadenados. Extremidades tubulares a modo de piernas, se agitaban a unos centímetros del suelo. La extraña figura que era él mismo, no sólo perseguía a Mika, sino que hablaba sin cesar. Veía sus propias palabras en los labios del doble como emanaciones amarillas y circulares, suspendidas en la atmósfera a pocos centímetros de la boca.

Mika mantenía la forma humana. Escapaba balanceando las caderas; corría con deliciosos pasos sobre el suelo con consistencia de nube. Ignoraba por qué, ella no se mostraba como sus congéneres: tres gusanos circulares, unidos unos con otros.

Entre los sueños del unicornio en aquel mundo, se repetía el momento en que Irma La Morte metiera la mano entre sus omóplatos; cuando apretara su corazón mientras la asesinaban. Ante la agonía que desatara la mano de una muerta en su pecho, el escritor se había equivocado al exigir al doctor Petrov su intercesión para encontrar a otra mujer que al tocarlo le devolviera la vida. Mika le había ofrecido aquel juego de persecución y rechazo. Desear a una mujer, pero evitar el contacto, era todo lo que necesitaba para seguir existiendo.

El escritor había nacido como unicornio y gracias a la Cripsis que realizara la Doctora Kobayashi durante su infancia, había logrado la forma humana. De existir en la tierra una reserva de las fantásticas bestias, como ocurriera en la remota antigüedad, viviría feliz con sus congéneres. El toque de las mujeres humanas, siempre había sido fatal para su especie. Aún cuando no murieran en el momento en que apretaban el corazón, aquel contacto vaciaba lentamente a los unicornios de las sustancias vitales.

El escritor no sabía si la atracción y el rechazo de Mika se producían porque ella conocía esta ley, o por responder a una exigencia de su instinto. Lo cierto era que lo había salvado de la muerte. Sólo quedaba la agonía que ceñía el cuerno como un collar oscuro y se adelgazaba con el paso de los días.

En aquella periferia donde todo lo que tocaba se convertía en círculo, el hombre unicornio volvió a escribir. Le bastaba narrar una historia en voz alta para que en una roca frente a él, se grabaran las palabras. En el Mundo sin Nombre, el de escritor no era el oficio más solitario del mundo, como le gustaba definirlo. A su alrededor se formaba un auditorio que seguía el desarrollo de aquella larga novela “El Unicornio”; “casi una biografía”, como solía llamarla.

Intentó exponer el desarrollo de la técnica narrativa a los habitantes, aunque ignoraba qué podían entender aquellos seres con forma de cadenas. Tampoco sabía hasta qué punto podía traducir a ese lenguaje las categorías propias del universo humano. En un improvisado taller literario, explicó que luego de la primera versión de una novela, debía realizarse una segunda, que se aproximaría a la intención original del autor. Recién en la tercera podría hablarse de una obra medianamente realizada. El estilo debía seleccionarse al final. Ante sus palabras, los seres con forma de anillos chillaban entusiasmados y simulaban escribir en el aire con sus extremidades circulares.

En todo momento, hiciera lo que hiciera, no dejaba de vigilar a Mika, perseguida por su propia silueta lejana. Pasaba horas mirando las formas curvas, prolijas, impecables de la muchacha. A veces los pasos de ella se entrelazaban y unían círculos que emergían del suelo brumoso. Formaban entonces una enorme y bella corola que desaparecía en el mismo instante en que la creara.

Supo que los seres de aquel mundo competían por engendrar circunferencias. Trazar radios y diámetros para que se curven y emancipen hacia los ámbitos superiores de la esfera, era un complicado deporte con intrincadas reglas. Aquel morir y engendrarse permanente de los círculos, no era otra cosa que precipitarse en el corazón sin límites de la infinita y colosal bóveda que contenía ese universo.

Con el paso de los días, el escritor se movía casi imperceptiblemente hacia el centro del círculo que ocupaba. Esa posición era la privilegiada. A quienes llegaran allí les bastaba permanecer inmóviles, mientras el movimiento se desplegaba a su alrededor. Con un pequeño gesto podían detener todo proceso o acelerar su curso, como si el universo estuviera pendiente de sus actos. No había una forma precisa, consciente de llegar al centro en ni de medir su avance. En el Mundo sin Nombre no se concebían los manuales de instrucciones ni las medidas. Al intentar aplicarlas, resultaban arbitrarias, caprichosas y nunca arrojaban los resultados exactos que se obtenían en el mundo humano.

A medida que pasaban los días, el escritor se concentraba más y más en Mika. Por ella había llegado allí. Por ella estaba vivo. Aquel ritual de persecución y constante rechazo, debía tener toda su atención. Fue así que procuró escuchar lo que su representación circular decía a la joven. Sin embargo, las palabras seguían la ley del círculo. Se descomponían en sucesiones de vocablos sin sentido y regresaban al mismo origen. Entonces escribió poemas dirigidos a ella. Ignoraba si su doble, con la forma de tres anillos, podría pronunciarlos. Luego, en noches desveladas, en que la redonda luna de aquel mundo se colgaba de sus ojos, los repitió una y otra vez en voz alta. Todo a su alrededor siguió igual. Sólo la enorme esfera reaccionó ante sus versos, cambiando tenuemente de color.

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