• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    Lince gigoló

    por Manuel del Pino


Como fugitivo de la justicia, tuve épocas misteriosas y desesperadas, en las que nadie sabía muy bien dónde estaba ni qué estaba haciendo.

En los chat de Internet se colaba a veces alguna discreta madame, buscando los servicios de jóvenes apuestos para acompañar a señoras. Cuando le pides “privado”, creyendo hablar con una chica más, te ofrece el trabajo: acompañar a señoras y cena por 400 euros, en principio sin más compromiso de acostarse con ellas, sólo lo que surja, un máximo de tres servicios por semana, en todo el territorio nacional.

Un chollo en teoría, sobre todo porque yo estaba sin blanca en plena crisis profunda e inacabable, ni posibilidad de acceder a trabajos legales, con papeles que pudiera descubrir la policía. Sólo tres citas semanales, a 400 euros, serían 4800 euros al mes, mucho más de lo que cualquier hombre honrado ganaba trabajando en algo legal.

Es lo que tiene la vida: sólo el sexo da dinero rápido y abundante; la existencia de un hombre honesto es larga, dura y muy penosa, como si hubiera que pagar por la virtud al precio del peor delito, trabajos forzados a cadena perpetua. Pero pocos tienen arrestos para dedicarse al vicio de verdad.

Mi juventud y atractivo también ayudaron. En cuanto me vio “Isabel”, una cincuentona con nombre falso pero modales muy delicados, se quedó admirada con mi cuerpo y con mi desenvoltura, y me prometió trabajo para el mismo día siguiente.

En la práctica, las cosas eran algo más complicadas. Para empezar, tuve que gastarme mucho dinero en ropa; debía ir siempre con modelos caros, a la última, sin repetir el traje con la misma clienta.

Luego está la estética corporal: un buen gigoló debe convertirse en metrosexual, ir completamente depilado, con cremas hidratantes para tener una piel tersa, y dedicar muchas horas al gimnasio, lo que supone bastante tiempo y dinero.

No puedes presentarte en cualquier coche; tienes que pasear a tus clientas en una buena berlina, tan costosa que a la larga merece más la pena comprarla que alquilarla. Has de desplazarte a cualquier ciudad de la geografía nacional, lo que implica alojarte y dormir fuera en buenos hoteles.

También debías pagar una buena academia de baile, para ponerte al día en todos los bailes de moda en los salones para maduritas, como pasodobles, vals, salsa, batachá y todo el repertorio de sones caribeños.
E incluso conviene trabajar con un nombre falso, en mi caso por doble motivo, ya que me buscaba la policía. Esa vida puede parecer aventurera y guay, pero en realidad te relegaba a la oscura clandestinidad del anonimato, como si ya no existieras y hubieras pasado a ser un fantasma.

Todo eso no te lo dice la madame ni te lo paga, pero te ves obligado a hacerlo; si no, un buen día te deja de llamar, porque las clientas ya no están contentas contigo, no se sienten lo bastante estimuladas con tu presencia, y el chollo se acabó. Así que al final el gran sueldo se queda en la mitad.

Porque la mayoría de las clientas, sobre todo las maduritas con falta de diversión, no se contentan con una triste cena romántica a solas. Quieren bailar durante horas enteras en fiestas, reír, cantar, el paseíto en el bólido por lo mejor de la ciudad donde estés y luego virguerías sexuales. La edad y las amarguras de la vida no les han quitado las energías ni las ganas de vivir, sino al contrario.

Recordé a Billy Wilder, que fue bailarín de compañía en su juventud, un buscavidas que sacaba monedas de bajo tierra.

Por lógica, casi todas las clientas eran ya de edad, y muchas veces tenía que desplazarme a cualquier punto de España, donde tenía que asistir a fiestas como acompañante en salones públicos, famosos y concurridos, el lugar menos apropiado para un evadido, aunque allí no me conociera nadie.

El problema surgió cuando tuve que ir a Madrid para acompañar a Patricia, una viuda millonaria de sesenta, presa de la soledad, que no se resignaba a dejar los grandes bailes a los que había asistido toda su vida.

En el impresionante salón, detrás del Museo del Prado, había más de mil parejas de etiqueta. Era fácil pasar desapercibido. Sólo tenía que bailar con Patricia y sonreír a las amigas que me presentaba como su guapo sobrino nieto. Más de un colega suyo sesentón sonrió con malicia al verme, pero no me importunaron, pues ya sabían de sobra a su edad que la vida es la vida, y que mi compañía beneficiaba a Patricia.

Allí estaba yo, bailando con Patricia, cuando me encontré al fondo con la altiva mirada de Carla Ruiz. Estaba bailando con un viejo panoli de esmoquin. Me miraba a la vez con desprecio y con burla arrogantes.

No puedes hacerte una idea de lo mal que lo pasas, si te descubre una agente de policía que te conoce mientras haces de gigoló. Ella estaba en su ciudad, bailando con un viejo amigo. Siempre tenía pretendientes. Era yo quien jugaba en campo contrario una y otra vez, en compañías y lugares extraños.
Disimulé, puse una excusa a Patricia y traté de escapar del salón, escurriéndome entre las parejas danzantes. De poco me sirvió. Carla me alcanzó antes de que saliera.

- ¿Ahora bailas con viejas? – me dijo.
- ¿A ti qué te importa? – repuse –. ¿Vas a detenerme aquí?
- Ya no soy policía. Lo dejé.
- ¿Entonces te importaría dejarme en paz?

Carla iba muy elegante, con un vestido de fiesta de raso azul, sugerente escote, recogido el cabello castaño y una diadema en la frente que la hacía aún más preciosa.

- ¿Y tú qué haces aquí? – le dije.

Me contestó con un gesto de desprecio, que me produjo aún más intriga. Dejé a marchas forzadas el salón. Yo tenía fama de sinvergüenza, pero al salir a la calle se me aliviaron las mejillas con el fresco.

* * *

Por todos esos inconvenientes, estaba a punto de dejar el lucrativo negocio de gigoló, cuando sucedió un caso extraordinario de verdad.

Isabel, conocedora de mi descontento, vino un día y me dijo:

- No te preocupes, tengo una cliente joven y guapa para ti.
- ¿De verdad? – le dije.
- Por supuesto. Es un bellezón y está muy interesada en que la lleves a cenar, a pasear, al cine y a todo lo demás.

Aquello no me cuadraba. ¿Por qué un pivón querría quedar con un gigoló, si tiene los tíos a patadas? Se lo dije a Isabel, que me explicó:

- Es una chica tímida. Le falla el carácter. Eso es lo que ocurre. Vio tu foto en el book y se ha vuelto loca contigo.
- ¿Una tímida buscando un gigoló? Aquí hay gato encerrado.
- Es de buena familia, pero no tiene mucha experiencia. Por eso quiere empezar con algo seguro, pero con un tío tan atractivo como tú.

Supuse que no tenía motivos para negarme. Después de todo estaba harto de bailar con maduritas, y todo sea por los 400 euros fáciles y rápidos.

Quedamos esa misma noche a las nueve en un buen restaurante del centro de Madrid. Para mí era una cita a ciegas, así que me senté en la mesa que tenía reservada y esperé a que alguna jovencita guapa y tímida se me acercase.

Pasó un rato. Me entretuve mirando por la ventana. De repente vi que entraba en el restaurante esa mala pécora de Carla Ruiz. Me hice el loco, pero ella me vio y vino hasta la mesa. Llevaba un abrigo gris que le sentaba muy bien, como todo lo que se ponía, y estaba muy guapa esa hiena, con el cabello castaño por los hombros del abrigo y sus grandes ojos color miel maquillados mirándome altivos. Mi saludo fue:

- ¡Vete de aquí! Estoy esperando a una clienta.

En lugar de obedecer, se sentó en la mesa, sólo para fastidiarme.

- Has quedado para pasear viejas – me dijo –. ¿No te da vergüenza? ¡Ah, claro, que no tienes!
- Ésta no es una vieja. Me dijo la madame que es una joven guapa y agradable, no como tú. Así que haz el favor de levantar tu hermoso culo de la silla y largarte.
- Parece que tarda – rio –. ¿No te habrá dejado colgado?
- Estará terminando de arreglarse y poniéndole la excusa a sus padres.

Carla Ruiz sacó 400 euros y los puso sobre la mesa con desprecio.

- Esto es para ti – dijo –. Invítame a una cena cara.
Me quedé con la boca abierta. La miré con terror y con asco.
- ¿Tú? … ¿Pero por qué?
- Ya le he pagado a tu madame, así que no puedes echarte atrás, o te despedirá. Tanto si te gusta como si no, cenarás conmigo, me llevarás al cine y luego a pasear y tomar unas copas por el centro de Madrid.

Miré a los lados con alarma, pensando en las posibilidades que tenía de huir de allí en ese mismo instante. El problema estaba en las consecuencias. En efecto, si me largaba Isabel no volvería a contratarme, ya que le espantaba a clientas.

Es uno de los problemas graves de ser gigoló, tienes que tragarte todo lo que pida una clienta que pague, aunque te dé náuseas.

Carla pidió los manjares más sabrosos y el champán más caro. Sólo en la cena me gasté 300 euros. Me pregunté por qué Carla me había pagado 400, si nos los fundiríamos todos en un rato. Aquello era bastante estúpido.

Luego la llevé al cine, donde se empeñó en ver una absurda película de terror que estaba muy de moda. En las escenas de máximo horror, crueles y sangrientas, Carla se apoyaba en mi hombro buscando refugio, con gritos sofocados, pero yo me retiraba y la dejaba tirada. Así herí su exagerado orgullo y salimos del cine sin hablarnos.

Con el dinero que quedaba fuimos a algunos locales de moda del centro. El alcohol nos distendió, hicimos las paces. Comenzamos a charlar y al final Carla me dio un besito en los labios.

Entonces se acercó la policía para detenerme y lo entendí todo.

- ¡Serás Judas! – le escupí a Carla.

Ella reía como las hienas cuando ven caer una presa débil y fácil.

La policía me llevó a la comisaría de Centro y Carla Ruiz se fue tan tranquila y satisfecha a su casa. La vida siempre era injusta, o quizá en todo aquello hubiera cierta justicia, ya que en verdad yo había cometido bastantes tropelías los últimos años y la policía hacía tiempo que me seguía los talones.

Al mando de la operación estaba por supuesto el maldito inspector Leiva, con su cara de amargado de siempre. Carla Ruiz había trabajado a sus órdenes y todavía seguían en contacto, aun después de dejar Carla la policía. Seguro que se había convertido en una de sus informadoras, a cambio de un buen dinero. Me jugaba el cuello a que los 400 euros que Carla Ruiz me había pagado salieron de los fondos de la poli: ¡el sucio puñado de euros con el que me entregó!

El agrio inspector Leiva quería llevarme de inmediato ante el juez para que me echaran por lo menos diez años. Respondí con una contraoferta. Para salir de aquella situación desesperada sólo tenía mi ingenio. Se me ocurrió que si Carla Ruiz, rozando ya el delito, era chivata de la poli, yo también podía serlo. ¿Qué más daba otro borrón negro en mi historial penoso? Todo ello a cambio de mi libertad, por supuesto.

Precisamente yo sabía bastantes cosas de “Isabel”, y se las conté todas al inspector, que fue agrandando su cara de sorpresa según le relaté la turbia relación de su antigua amiguita Carla Ruiz con “Isabel”.

Aquello no era una agencia de modelos, sino una red clandestina de prostitución con ramificaciones de blanqueo de dinero, tráfico de coca y evasión de capitales. Con gesto adusto, Leiva tuvo que reconocer que su antigua ayudante estaba tan metida hasta el cuello como la propia “Isabel”.

Con cara de pocos amigos, el inspector Leiva no tuvo más remedio que dejarme libre, y ordenar la detención de “Isabel” y de Carla Ruiz para interrogarlas, desarticular toda la trama y que el juez pertinente presentara los cargos contra ellas, que de seguro las llevaría una temporada a la cárcel.

Justo al salir libre de la comisaría me crucé con Carla Ruiz, que venía esposada y custodiada por agentes ex compañeros suyos para su vergüenza. Me dijo con odio:

- ¡Judas, ojalá revientes!

Le lancé un besito al aire y me fui de allí, riendo como un pícaro travieso.

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