• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad

    Tercera edad

    por Susana Maroto Terrer



No es un lugar agradable, pero es necesario. Huele a hospital.

Hoy Francisca tiene mejor cara, pero Fuencisla se ha levantado de mal humor. Son como niñas, Francisca es muy coqueta y siempre se está acicalando frente al espejo. Cuando su hija viene a verla le trae una diadema nueva o algún tipo de maquillaje sencillo, o un pañuelo para el cuello, o, esta semana, por ejemplo, una colonia de Carolina Herrera. Siempre viene bien, ya os digo que aquí huele a hospital. A Francisca le gusta jugar a los naipes, y aquí se junta con tres compañeros más y pasan la tarde entre guiñotes y briscas. Es curioso, pero nunca cambian de juego, siempre guiñotes o briscas. Y siempre acaban discutiendo por tema de trampas.

Fuencisla siempre fue mujer de carácter y cuando se levanta con el pie izquierdo hay que aguantar su mal humor con la mejor filosofía posible, pues cuando nos acercamos para llevarla de paseo, para darle la comida o llevarla a la siesta o simplemente para decirle alguna cosita o preguntarle qué tal está puede llegar a insultarnos o levantarnos la mano. Tiene días, la pobre, y aquí estamos para cuidarla y atenderla. También sus hijos vienen a verla de vez en cuando, aunque ya no les reconoce y les mira en silencio pensando quién sabe qué. Cuando habla con sus hijos (balbucea, más bien), les cuenta momentos cotidianos y efímeros de su vida pasada.

Francisca solo tiene una hija de 18 años. La joven no quiso o pudo hacerse cargo de ella y la trajo aquí. Francisca tiene un leve trastorno mental, algunos dicen que puede ser consecuencia de haber sido madre tan mayor, otros por depresión postparto. Los médicos no concretan ni aseguran nada. Dicen que es difícil saberlo, que la mente humana es muy compleja. Pero ella siempre es muy risueña, le gusta salir a pasear, por las tardes suele sentarse en un banco del jardín (siempre el mismo, no sabemos por qué, quizás manías) y allí se queda un lago rato disfrutando del calor del sol en sus mejillas. Ella puede comer sola, incluso alguna vez entra en la cocina y se ofrece a ayudar a la cocinera (aunque en realidad lo que busca es que la despidan y suplirla, dice que ella cocina mejor que esa rubia estirada).

Fuencisla fue mujer de campo y ganado y madre de familia numerosa, no tuvo una vida fácil, trabajó mucho y muy duro. Era una mujer peculiar, difícil de llevar, pero luchadora. Aún hoy, a pesar de las lágrimas, lucha por su patrimonio y su libertad. Tiene 5 hijos, que casi siempre se turnan para ir a verla y así está siempre acompañada. Tiene 72 años y sufre de alzhéimer. Es una enfermedad difícil que se la come poco a poco. Pero Fuencisla siempre consigue sacarnos una sonrisa porque, a pesar de todo, mantiene su personalidad y todavía nos deja ver la mujer que un día fue. La silla de ruedas se ha convertido en sus piernas, la tensión que acumula le ha agarrotado todo el cuerpo convirtiéndola en un ser casi inerte. Y su mente… solo ella sabe lo que contiene.

Esta mañana Fuencisla ha estado tomando el sol frente al ventanal del pasillo que lleva al comedor. Inmóvil, callada, con la mirada perdida entre los rayos de luz parece que esperara algo. Tal vez la hora de la comida (a pesar de su enfermedad, es una mujer de muy buen comer, como siempre lo fue), o quizá que alguno de los hombres que pasaba por allí se fijará en ella y le cogiera de la mano como Anselmo había hecho con Francisca. Entonces sintió una mano posarse sobre su hombro y una cabecita conocida se asomó frente a ella, para saludarle y darle dos besos, tres o cuatro. Enseguida reaccionó Fuencisla, la cara se le iluminó, una tímida sonrisa embellecía su rostro y su cuerpo, prisionero en la silla de ruedas, hacía fuerza para levantarse y abrazar al hijo que le había ido a visitar. Él sí que le daba la mano y la besaba, y le decía cositas al oído, no necesitaba echarse un novio como Francisca.

La pobre Francisca estaba triste esta mañana. Tenía una cita con Anselmo después de comer en su habitación (pues Anselmo compartía cuarto con un viejito paralítico al que pocas veces levantaban de la cama), y todavía no había recibido la visita de su hija para llevarle los zapatos y el perfume que, con tanta ilusión, le había pedido por teléfono. Francisca nunca fue una mujer rica ni mucho menos millonaria, pero sí tenía ahorrados unos cuantos cuartos en el banco que le podrían hacer la vejez más feliz y llevadera. Siempre fue una mujer un tanto cicatera (y nunca vivió entre lujos) y no le fue difícil acumular una cantidad de dinero decente.

Aquella cita no fue como Francisca esperaba o había imaginado, pero Anselmo ahogó esa desilusión con una frase y un anillo de margaritas: “Francisca, ¿quieres casarte conmigo?”

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