• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad

    María, de Jorge Isaacs (I)

    por Susana Maroto Terrer


COMENTARIO DEL CAPÍTULO LXIV

1ª Parte: tema y estructura

¡Inolvidable y última noche pasada en el hogar donde corrieron los años de mi niñez y los días felices de mi juventud! Como el ave impelida por el huracán a las pampas abrasadas intenta en vano sesgar su vuelo hacia el umbroso bosque nativo, y ajados ya los plumajes regresa a él después de la tormenta, y busca inútilmente el nido de sus amores revoloteando en torno del árbol destrozado, así mi alma abatida va en las horas de mi sueño a vagar en torno del que fue hogar de mis padres. Frondosos naranjos, gentiles y verdes sauces que conmigo crecisteis, ¡cómo os habéis envejecido! Rosas y azucenas de María, ¡quién las amará si existen! aromas del lozano huerto, ¡no volveré a aspiraros! Susurradores vientos, rumoroso río... ¡no volveré a oíros!

La media noche me halló velando en mi cuarto. Todo estaba allí como yo lo había dejado; solamente las manos de María habían removido lo indispensable, engalanando la estancia para mi regreso: marchitas y carcomidas por los insectos permanecían en el florero las últimas azucenas que ella le puso. Ante esa mesa abrí el paquete de las cartas que me había devuelto al morir. Aquellas líneas borradas por mis lágrimas y trazadas cuando tan lejos estaba de creer que serían mis últimas palabras dirigidas a ella; aquellos pliegos ajados en su seno, fueron desplegados y leídos uno a uno; y buscando entre las cartas de María la contestación a cada una de las que yo le había escrito, compaginé ese diálogo de inmortal amor dictado por la esperanza e interrumpido por la muerte.

Teniendo entre mis manos las trenzas de María y recostado en el sofá en que Emma le había oído sus postreras confidencias, dio las dos el reloj; él había medido también las horas de aquella noche angustiosa, víspera de mi viaje; él debía medir las de la última que pasé en la morada de mis mayores.

Soñé que María era ya mi esposa: ese castísimo delirio había sido y debía continuar siendo el único deleite de mi alma: vestía un traje blanco vaporoso, y llevaba un delantal azul, azul como si hubiese sido formado de un jirón del cielo; era aquel delantal que tantas veces le ayudé a llenar de flores, y que ella sabía atar tan linda y descuidadamente a su cintura inquieta, aquel en que había yo encontrado envueltos sus cabellos: entreabrió cuidadosamente la puerta de mi cuarto, y procurando no hacer ni el más leve ruido con sus ropajes, se arrodilló sobre la alfombra, al pie del sofá: después de mirarme medio sonreída, cual si temiera que mi sueño fuese fingido, tocó mi frente con sus labios suaves como el terciopelo de los lirios del Páez: menos temerosa ya de mi engaño, dejóme aspirar un momento su aliento tibio y fragante; pero entonces esperé inútilmente que oprimiera mis labios con los suyos: sentóse en la alfombra, y mientras leía algunas de las páginas dispersas en ella, tenía sobre la mejilla una de mis manos que pendía sobre los almohadones: sintiendo ella animada esa mano, volvió hacia mí su mirada llena de amor, sonriendo como ella sola podía sonreír; atraje sobre mi pecho su cabeza, y reclinada así, buscaba mis ojos mientras le orlaba yo la frente con sus trenzas sedosas o aspiraba con deleite su perfume de albahaca.

Un grito, grito mío, interrumpió aquel sueño: la realidad lo turbaba celosa como si aquel instante hubiese sido un siglo de dicha. La lámpara se había consumido; por la ventana penetraba el viento frío de la madrugada; mis manos estaban yertas y oprimían aquellas trenzas, único despojo de su belleza, única verdad de mi sueño.

Una escena en blanco y negro donde el protagonista hace entrada con el suspiro conmovedor de un enamorado a quien la muerte ha arrebatado el objeto de su amor. Así da comienzo nuestro relato: inmerso en el mar de la agonía, en el canto de la nostalgia y en el color gris de la melancolía y la tristeza. Y es que cualquier tiempo pasado fue mejor… Así lo recuerda Efraín; como “los días felices de mi juventud”.

Jorge Isaacs nos presenta un alma en pena que vaga por el hogar (“mi alma abatida va en las horas de mi sueño a vagar en torno del que fue hogar de mis padres”) que tantas alegrías le dio y nos descubre el nublado cielo en que se ha convertido la vida de Efraín tras la muerte de María. El reloj de la vida del joven se paró en el momento en que aquella terrible enfermedad hereditaria se llevó a su amada. Efraín regresa al hogar y se despide melancólico de él. Todo le recuerda a María, ella está tan presente en él que se le aparece hasta en el subconsciente.

Así las cosas, el tema de este capítulo es esa patética partida. Esa añoranza y nostalgia se deja sentir en fórmulas exclamativas como: “¡inolvidable y última noche pasada en el hogar donde corrieron los años de mi niñez y los días felices de mi juventud!”, “¡cómo os habéis envejecido!”, “¡no volveré a aspiraros!”, “¡no volveré a oíros!”, y en otras tales como: “aquellas líneas borradas por mis lágrimas”, “compaginé ese diálogo de inmortal amor dictado por la esperanza e interrumpido por la muerte”, “él había medido también las horas de aquella noche angustiosa, víspera de mi viaje; él debía medir las de la última que pasé en la morada de mis mayores”…

Reflejo de ese fulgor de oscuridad en que se ha convertido la vida de Efraín y que ambienta la despedida, es la repetición abundante de la palabra “última” o similares: “¡inolvidable y última noche pasada!”, “¡no volveré a…!”, “sus postreras confidencias”, “últimas palabras dirigidas a ella”, “víspera de mi viaje”, “la última que pasé”, “la lámpara se había consumido”.

Esta atmósfera hiriente y tétrica se nos muestra a la vista (o al oído) mediante una estructura tripartita y cíclica del capítulo:

1. En los tres primeros párrafos, Efraín constata que durante todo el capítulo nos moveremos en un entorno de recuerdos, de añoranza ante la partida inminente. Esto es evidente por referencias como: “última noche pasada en el hogar”, “¡no volveré a aspiraros!”, “¡no volveré a oíros!” o “él debía medir las de la última que pasé en la morada de mis mayores”.

2. El cuarto párrafo está marcado por el sueño que le transporta a un acercamiento con María. Destaca sobre el resto del capítulo, porque es el único párrafo que pone unas notas de color al texto, de alegría y felicidad.

3. El quinto y último párrafo supone el despertar de ese sueño y volver a la tormentosa lacerante y realidad.

Así pues, el fragmento concluye en una triste realidad. Realidad que abriga ese sueño que revitaliza el alma muerta de Efraín: “la realidad lo turbaba como si aquel instante hubiese sido un siglo de dicha”, “ese castísimo delirio había sido y debía continuar siendo el único deleite de mi alma”.

Al tratarse de una despedida con delicadas e infinitas pinceladas de nostalgia, donde crecen a borbotones, como la espuma, los recuerdos, es evidente que ha de aparecer el tiempo pasado, expresado sobre todo con las formas verbales adecuadas y el recuerdo de alguien que ya no está.

El empleo de numerosas referencias temporales es fundamental en una historia donde el tiempo ha hecho mella en sus protagonistas, ha quebrantado la ley todopoderosa del amor: “última noche pasada en el hogar”, “la media noche”, “dio las dos el reloj”, “penetraba el frío de la madrugada”, o fórmulas como: “en las horas de mi sueño”, “después de la tormenta”, “tantas veces”, “después de…”, “mientras leía…”, “mientras le orlaba”… La mayoría de ellas tienen esas connotaciones negativas: “última noche pasada en el hogar”, “dio las dos el reloj; él había medido también las horas de aquella noche angustiosa, víspera de mi viaje”, “la media noche me halló velando en mi cuarto”, donde el reloj tiene un papel importante, pues fue el que midió las últimas horas de María. Con esta información deducimos que Efraín pasa, al menos, dos horas en la casa de sus padres.

Sin embargo, respecto al resto de la novela, en capítulos anteriores a la muerte de María, el tiempo tiene otras connotaciones. Entonces, ¿por qué ese cambio, justo en ese momento? Evidentemente, la muerte de María ha trastocado a Efraín de tal modo que él ha muerto con ella. El tiempo se ha parado para él con la marcha inevitable de su amada.

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