• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (10)

    La Pasión de la Ratona Miñajapa

    por Ricardo Iribarren


Si recoges lo que queda en un frasquito, aún lo podremos salvar…



Son muchos los que aún hoy afirman que la presencia de los Ratones Azules cambió por completo la cultura y la sociedad humanas. Pocos advirtieron que también cambiaba las milenarias costumbres de aquel ignoto pueblo de roedores. Esto fue lo que supo la Ratona Miñajapa al presenciar la destrucción del centro de la vida de quien fuera el ratón Cañupán.

Luigi Luscenti, el anarquista que había logrado importantes conexiones con el gobierno militar, advirtió que no era difícil matar a un Ratón Azul. Al saber que su esposa, la ratona Miñajapa, realizaba el llamado “ Éxtasis de la botella” con su compañero de especie, el hombre intentó aplicarles un castigo aleccionador. Retiró de la cabeza del roedor llamado Cañupán, una oruga de treinta centímetros que constituía el centro de su ser. Empapada de fino aceite, resbaló de su mano y voló hasta un extractor de aire. Al intentar atraparla, Luscenti activó involuntariamente el mecanismo y las aspas lo destruyeron de inmediato.

Desde que te conocí me estás volviendo loco. He perdido el juicio. No sé lo que hago. No puedo destruir la vida de un Ratón Azul. Se abalanzarán sobre mí los perros salvajes de los derechos de todos los seres.


El entusiasmo inicial ante los descubrimientos de mundos paralelos realizado por el doctor Petrov, había sido moderado. Los habitantes de los nuevos universos con los que el facultativo había tropezado casi de casualidad, tenían nombres complicados y sin mucho sentido. Algunos eran demasiado pequeños y otros parecían fideos aplastados o círculos mal trazados. No se diferenciaban de los insectos terrestres y las pruebas de inteligencia sólo eran evidentes al observarlos a través de microscopios o dispositivos especiales. Hubo quienes afirmaron, que de aparecer de improviso en sus casas, recurrirían al insecticida. A los humanos les estaba prohibido agredirlos, llamarlos con palabras insultantes, discriminarlos o utilizarlos para experimentos. Esto era una exigencia de todos los países que adherían a la LiDeDeToS (Liga de Defensa de los Derechos de Todos los Seres). Ante una creciente crisis en todos los órdenes y en una economía mundial interdependiente, las autoridades no podían darse el lujo de recibir sanciones por parte del resto del mundo. Debían reconocer y repetir con insistencia que ese conjunto de tenias, larvas y platelmintos, tenían inteligencia, lenguaje y cultura desarrollados. Era necesario reprimir el asco y el deseo de aplastarlos que sentía el común de la gente y aún ciertos funcionarios.

Al tomar el poder, la dictadura militar, promulgó un decreto que ordenaba bombardear con cargas de alto impacto a aquellos mundos. La discusión de esta orden casi dividió a la cúpula castrense. Finalmente se cambió la medida de exterminio por otra que autorizaba a los militares a ocupar los nuevos universos. Podían ingresar con tropas, vehículos y pertrechos, así como montar enclaves. Costó aceptar las explicaciones brindadas por el doctor Petrov; la mayoría de los nuevos ámbitos formaban una realidad sutil; se balanceaban en capas ocultas de la atmósfera y en todos los casos relacionaban íntimamente una realidad mental con otra física. Tanto era así, que a veces los nuevos seres requerían de completas Cripsis, es decir camuflajes para lograr un aspecto grosero. Sólo de ese modo, los humanos podían percibirlos. El gobierno, formado por hombres de acción, no se detenía en minucias filosóficas. A los militares de alto rango sólo les importaba la relación que pudiera existir entre aquellos “bichos”, como los llamaban y los grupos de subversivos que aún resistían en varios puntos del país.

A diferencia de los otros habitantes de los universos descubiertos por el doctor Petrov, los Ratones Azules, tenían el tamaño de niños humanos. El único vínculo con las ratas que poblaran la tierra durante miles de años, era el aspecto externo. Sin embargo, ante el golpe castrense y su afán por permanecer en el país, se comportaron con una astucia digna de los roedores terrestres.

La revolución que los Ratones Azules produjeron entre los humanos se centró en la vida sexual. Las feromonas despedidas por las grises y peludas pieles de las hembras, afectaban las glándulas suprarrenales masculinas, potenciando el erotismo. Si bien los espermatozoides humanos y los óvulos de las roedoras eran compatibles, lo retorcido de las Trompas de Falopio y la forma de los úteros, hacía difícil la posibilidad de un embarazo. A través del sexo, las ratonas pudieron llegar a los círculos más elevados de la sociedad. Fueron amantes de empresarios, y de militares de carreras, dispuestos a dejar a sus esposas para ir detrás de una joven rata que supiera sonreír y agitar las caderas.


La ratona Miñajapa miraba hacia adelante con ojos desorbitados. La inmovilidad y la tenue crispación de todo el pelo, indicaban que estaba en shock. Unas horas atrás había llegado al apartamento para rogar al ratón Cañupán que la ayudara a realizar el antiguo ritual de la raza al que llamaban “Éxtasis de la Botella”. Aquel que permitía a los Ratones Azules, “espantar las comadrejas de la locura”. Ahora acababa de ver como el Rey de su compañero (Así llamaban a la gruesa larva que constituía el centro del ser de los roedores), se destrozaba, convirtiéndose en una masa grisácea y pegajosa. Desde niña, en los valles soleados de su tierra, le habían enseñado que la oruga era indestructible. Nunca pensó que podía ver a una de ellas morir destrozada.

-Aún cae por la pared -dijo de pronto la ratona mientras salía al pasillo-.  Aún lo podemos salvar. Si recoges lo que queda en un frasquito…

Luigi Luscenti la interrumpió, tomándola de las trenzas que aún permanecían cuidadosamente peinadas y arrastrándola sin miramientos al interior del apartamento. La obligó a tragar algunas pastillas de Valium, aún sabiendo que los ratones no respondían a los tranquilizantes para humanos. Entonces Miñajapa empezó a chillar. Sus agudos gritos subían, bajaban y volvían a subir en un crescendo insoportable. Luigi la golpeó,, pero el resultado fue peor. Trató de reflexionar en medio del ruido. En el país no tomarían represalias contra él. Sus relaciones con el gobierno militar eran lo suficientemente estrechas. Pero no sería fácil explicar a los organismos internacionales la violenta muerte de un Ratón Azul.

La ratona no se callaba. Luigi Luscenti pensó que la indiferencia de los vecinos podía tener un límite. De superarlo, alguno de ellos avisaría a la policía. Entonces se decidió y metió la mano debajo de la nuca donde estaba el gusano que era el centro de la ratona. Le bastó tocarlo para que los chillidos se transformaran en leves gorjeos de alarma. Sin embargo, a diferencia de Cañupán, cuya larva se había dejado sujetar sin ofrecer resistencia, la de la ratona era un manojo de agitadas e inquietas fibras. Cubierto de gelatina, le costó sostenerlo y con un movimiento brusco, lo despegó por fin de los soportes que lo sostenían al interior del cráneo de Miñajapa. Los chillidos se detuvieron y el cuerpo de su esposa quedó inmóvil, con los ojos abiertos. Había caído en el llamado “coma de la oruga”, producido al retirar el gusano y que se interrumpiría al colocarlo nuevamente . Luigi Luscenti debía evitar a toda costa un vuelo de la larva.

Sosteniéndola con una mano, buscó en la casa y encontró un largo alfiler que la ratona Miñajapa, utilizaba para fijar adornos en la copa de los sombreros. Alguna vez le habían hablado de una parte muerta en el vientre de aquellos gusanos, un lugar que, de clavar algo, no comprometería su vida. Buscó el sitio donde el color cambiaba y apretando los labios introdujo blandamente el alfiler. La oruga emitió un sonido silbante; Luscenti constató que siguiera palpitando con suavidad y clavó el otro extremo en el interior del cráneo de Miñajapa, visible al levantar las dos secciones en las que se dividía su cabeza. El gusano desplegó a medias las alas, se movió espasmódicamente y por último quedó inmóvil. La ratona tuvo una convulsión leve y arqueó los brazos hacia adelante en el gesto de abrazar a alguien. Las manos quedaron crispadas, y su cuerpo se adelgazó con rapidez, como si perdiera aire y sustancia. Finalmente se convirtió en una plancha delgada, como una alfombra de la que sobresalía la cabeza de un ratón hembra. Respiraba suavemente y miraba hacia adelante con una expresión de dolor. Antes de casarse con Miñajapa, Luigi Luscenti había seguido un curso de fisiología de roedores. Alguna vez le habían explicado que, fijar con un objeto punzante el centro de la vida al cráneo del ratón, era doloroso en extremo. También sabía que la ratona estaba despierta, que lo veía y escuchaba, aunque no pudiera moverse ni hablar.

EEsto te pasa por puta - murmuró junto a su oído-. Ahora vas a ser mía y de nadie más.

En el apartamento, encontró varios parches autoadhesivos usados como remiendos de ropa. Los colocó a lo largo del cuerpo de Miñajapa, pegándolo firmemente al forro interior de su chaqueta. Con ella encima, se miró en el espejo del pasillo: lo encorvaba un poco, pero nadie lo notaría.

Examinó los restos del gusano que fuera el centro del ratón Cañupán: al secarse, la gelatina se había convertido en una sustancia rígida, de un dorado deslumbrante. Se colocó unos guantes de látex y decidió quitarla cuidadosamente con un cuchillo. Cualquier residuo podría delatarlo. Al terminar, decidió no arrojarla a la basura y la conservó consigo para deshacerse de ella más tarde. Examinó el cuerno en el que se convirtieran los restos del ratón: negro, blanco y rojo desde la base a la punta. Los tres colores refulgían bajo el sol que entraba por las claraboyas. Luigi Luscenti recordó a la organización Eunuperia, formada por militares de carrera. Ellos comerciaban con los restos mortales de unicornios, y quizá pudiera convencerlos que aquel cuerno pertenecía a uno de ellos. Entonces lo convertirían en polvo para brindar la inmortalidad o la potencia sexual a adinerados compradores.

Así obtendría dinero y a la vez eliminaría todo rastro del ratón Cañupán.

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