• Alfonso Estudillo

    La Voz de Arena y Cal

    EE.UU. El nuevo Gran Hermano

    por Alfonso Estudillo



En estas tontorronas fechas en las que el otoño comienza a resurgir de entre los humeantes rescoldos del verano, cuando los insulsos días de octubre se correlativizan con los de noviembre para imponer la atonía y lasitud de sus cielos grisáceos, los titulares de prensa y demás medios se hacen tan anodinos como el ciclo climático y sólo pintan sucesos en un leve sincolor que apenas va del berrendo al ceniciento.

Architrillados ya en meses precedentes los casos Bárcenas, los ERE, el Nóos o Urdangarín, el Gürtel, el Palau de la Música, el Pretoria, el caso Mercurio, el Pallerols, el caso ITV, el caso Clotilde, el Gao Ping, el Palma Arena, el Pokémon y Manga, el Conde Roa, el Baltar, el Emarsa, el Brugal, el Carlos Fabra, el Unió Mallorquina, etc., etc. (disculpen si no sigo, pero es que sólo tengo un folio), en estos días las letras capitales se alinean en las cabeceras de los periódicos para participarnos el cabreo de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, o el aún más reciente, el de la cancillera germana, Ángela Merkel, a cuenta de la ignominiosa actitud del señor Obama y sus organismos de seguridad de nada menos que pincharles el teléfono móvil.

La señora cancillera teutona ha puesto el grito en el cielo al saber que tanto sus cuchi cuchi con su señor marido como los exabruptos contra los europaíses periféricos son comidilla diaria en el despacho oval. No ha parado hasta que el inquilino de la Casa Blanca le ha jurado por sus muertos más frescos que él no ha ordenado nada ni tenía conocimiento de semejantes asuntos.

Lo cierto es que el tema huele peor que una cloaca. Las revelaciones del arrepentido Edward Snowden destapó hace meses el espionaje llevado a cabo por la NSA -Agencia Nacional de Seguridad- mediante el uso y concurso de últimas tecnologías y una nutrida nómina de expertos que, además, cuentan con la colaboración de Google, Facebook, Microsoft y Apple -entre otras empresas-. Toda la información se guarda y manipula en la llamada PRISM, una gigantesca base de datos cuyos programas gestiona la dicha Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos y que lleva funcionando varios años. Este oscuro e ignoto laboratorio de espionaje tecnológico, además de programas y apartados dedicados a personas o estamentos especiales y de más alta seguridad, se nutre de correos electrónicos, fotografías, vídeos, conversaciones y todo tipo de ficheros que intercambian en la web ciudadanos de dentro y fuera de Estados Unidos. Todo este tinglado de espionaje masivo, amparado en la lucha anti terrorista, fue puesto en marcha por el anterior presidente, George W. Bush, pero, sorprendentemente, es continuado por el actual, el líder de las libertades y los derechos civiles y democráticos, Barack Obama.

No cabe dudas de que estas prácticas -que darían a Orwell para otra novela- son una flagrante violación a la legislación y principios democráticos internacionales y un ominoso atentado al derecho a la intimidad de todos los ciudadanos. Y todo ello sin descartar el posible pirateo de secretos oficiales o industriales que se desprende de este descomunal caso de espionaje. Un desagradable, hediondo y feo asunto que rompe la confianza y seguridad entre naciones democráticas y países amigos, y que, de no haber las debidas y demostrables correcciones, sinceras y veraces disculpas y honestas y fehacientes promesas de acabar para siempre con tales prácticas, puede que, incluso, con la paz y estabilidad de Occidente.

Creo no equivocarme si digo que los Estados Unidos es un país digno, serio y admirado por la mayoría de ciudadanos del mundo occidental. Con sólo repasar su enorme contribución al progreso del mundo -en todas las áreas- ya nos vale para tenerlo como pueblo distinguido, respetable y, presumiblemente, guiado por dirigentes honestos y sensatos. Ciertamente, también podríamos aducir ciertas actitudes en sus políticas y gobiernos -principalmente, las relacionadas con armas y guerras- que estarían en la parte negativa de la lista. Algo que nunca se le ha tenido en cuenta, toda vez que, restadas a las del otro signo, podríamos afirmar que son bastante más las actitudes positivas.

Sin embargo, las evidencias puestas al descubierto por el soldado Bradley Manning -con los documentos entregados y publicados por Wikileaks (1,2 millones)-, más las aportadas por el consultor tecnológico Edward Snowden, confirman que ha habido un rastreo, verificación y guardado de datos masivo de las comunicaciones, no sólo de ciudadanos de todo el mundo, sino también de empresas, bancos, centros militares, embajadas, gobiernos y todo cuanto se moviera a través de las modernas autopistas de la Red.

Si añadimos el especial cuidado que han tenido de pinchar los móviles de las dos señoras presidentas citadas más arriba, es cuando se me viene a la cabeza aquel pobre diablo dueño de un bar que, maníaco u obseso de ese oscuro objeto del deseo, no tuvo mejor idea que la de instalar varias cámaras ocultas en los recovecos de sus aseos para verle el chichi a toda señora que entrara a hacer sus necesidades.

Naturalmente, lo descubrieron, lo acusaron de la falta o delito y -supongo- le impondrían la pena prevista para el caso (en España regulado por la Ley Orgánica 1/1982, de 5 de mayo, sobre protección civil del derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen, Cap. II, Art. 7).

Convendrán conmigo en que hay una enorme diferencia entre la gravedad de los hechos efectuados por el mirachichis y la derivada de la intromisión en la vida privada de millones de personas. Una responsabilidad que se multiplica hasta lo infinito si tenemos en cuenta que también se ha husmeados en datos oficiales, confidenciales y secretos de empresas, bancos, centros militares, embajadas, gobiernos, etc.

Es cierto y debemos admitir que buena parte de estas prácticas las lleva a cabo EE.UU. con el objetivo de salvaguardar los intereses propios y de países amigos y aliados, tanto en materia de terrorismo como en posibles perjuicios -bélicos, industriales y otros- que pudieran ocasionar determinados países poco dados a las formas políticas y sociales del mundo occidental. Pero, de ahí, de tratar de conocer y anticiparse a las acciones de posibles terroristas y potenciales enemigos a meterse a espiar la vida, obra e intimidades de gobernantes de naciones amigas, va un gran trecho. Una acción tan mezquina y de baja calaña como la del referido dueño de bar, y que, de no ser por determinadas condicionantes que, si no justificativas o eximentes, tendremos que aceptar como paliativas, tendríamos que calificar como imperdonable.

Y, sinceramente, aunque me cae muy bien el presidente Obama, opino que, tanto nuestro presidente, Sr. Rajoy, como los del resto de países integrantes de la UE, deberían tomar conciencia de la importancia del asunto y pedir, muy seriamente, las obligadas responsabilidades al gobierno de los Estados Unidos. Y, por otro lado, entendiendo que en estas materias tecnológicas dependemos muy mucho de los grandes de Silicon Valley, que se habiliten investigadores y expertos de la comunidad europea hasta conseguir salvar los obstáculos tecnológicos que hacen posible estas ignominias.

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