• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad

    María, de Jorge Isaacs (II)

    por Susana Maroto Terrer


COMENTARIO DEL CAPÍTULO LXIV

2ª Parte: naturaleza, sentidos, principio y final y espacio

En toda esta historia la naturaleza también juega un papel fundamental; la primera parte del capítulo está repleta de referencias y comparaciones con la naturaleza: “como el ave impelida por el huracán a las pampas abrasadas…”, “frondosos naranjos, gentiles y verdes sauces”, “rosas y azucenas de María”, “aromas del lozano huerto”, “susurradores vientos, rumoroso río”, “marchitas y carcomidas por los insectos permanecían en el florero las últimas azucenas”, “como si hubiese sido formado de un jirón del cielo”, “como el terciopelo de los lirios del Páez”, “perfume de albahaca”, “viento frío de la madrugada”…

Son numerosísimas, como vemos, estas alusiones. Y es que el Romanticismo es un periodo que evoca la exacerbación lírica de la naturaleza. Isaacs transmite al agente-narrador, Efraín, su interpretación lírica de la naturaleza y, así, proyecta sobre ella la nostalgia de la emigración, los sentimientos amorosos, los estados de felicidad y sobresalto. En este caso, Isaacs lo que hace es exaltarla en consonancia a los sentimientos de Efraín, como ocurre prácticamente en todo el primer párrafo. En otras ocasiones relaciona elementos de la naturaleza con María: “llevaba un delantal azul, azul como si hubiese sido formado de un jirón del cielo”, “era aquel delantal que tantas veces le ayudé a llenar de flores”, “sus labios suaves como el terciopelo de los lirios del Páez”, su perfume de albahaca”. Cuando hace referencia a las “rosas y azucenas de María”, debemos preguntarnos por qué el autor escoge esas dos flores en concreto y si no tienen un significado más simbólico que literal. Es posible que el autor quiera describir la belleza de María y elige la rosa porque, popularmente, ésta tiene fama de ser la flor más bella. Pero, si volvemos la vista al capítulo LXII, podemos escuchar a María pronunciando las siguientes palabras: “¡Adiós, rosal mío, emblema querido de su constancia! Tú le dirás que lo cuidé mientras pude”, “dile que nunca dejó de florecer [el rosal]”. Entiendo que aquí el rosal es más bien identificado con el amor que se profesa la pareja, un amor que nunca dejó de florecer. La azucena, por su parte, podríamos relacionarla, por su color níveo, con la pureza y castidad de María. También hay una alusión a esta flor en el capítulo ya mencionado: “Por la tarde estuvo en mi cuarto y dejó en el florero, unidas con algunas hebras de sus cabellos, las azucenas que había cogido por la mañana”. Son dos flores que formaron parte de su personal e íntimo jardín del amor, flores del jardín de casa en el que tantas veces habrían estado juntos Efraín y María, pero al mismo tiempo son simbólicas de las cualidades románticas de María.

Pero el tiempo, indomable, decide solidarizarse con la causa, y con la muerte de María su belleza se ha evaporado. De ahí que después diga Efraín: “¡quién las amará si existen!”

También la naturaleza ha sufrido la marcha de la joven enamorada: “frondosos naranjos, gentiles y verdes sauces que conmigo crecisteis, ¡cómo os habéis envejecido! Rosas y azucenas de María, ¡quién las amará si existen! Aromas del lozano huerto, ¡no volveré a aspiraros! Susurradores vientos, rumoroso río… ¡no volveré a oíros!”.

Pero no sólo la naturaleza adquiere un relieve predominante, también lo sensorial. El amor se vive, se siente con los cinco sentidos, y esto se refleja con los paisajes, el contacto (aunque imaginario)…: “ave impelida por el huracán”, “tormenta”, “frondosos naranjos, gentiles y verdes sauces”, “rosas y azucenas de María”, “susurradores vientos, rumoroso río”, “teniendo entre mis manos las trenzas de María”, “Emma le había oído sus postreras confidencias”, “traje blanco vaporoso”, “delantal azul”, “ni el más leve ruido”, mirarme”, “tocó mi frente con sus labios suaves” “dejóme aspirar su aliento, tibio y fragante”, “tenía sobre la mejilla una de mis manos”, “aspiraba con deleite su perfume de albahaca”, “un grito, grito mío”… Todas estas referencias sensoriales, a parte de pertenecer algunas a la naturaleza, son en su mayoría descriptivas de un momento de unión entre Efraín y María en el sueño. Efraín, como agente-narrador, está dotado de una hipersensibilidad especial para resaltar las percepciones sensoriales adecuadas a cada situación.

Respecto al espacio, el joven se encuentra prisionero en la morada de los padres, prisionero del pasado feliz en la hacienda “El Paraíso”, escenario principal de la novela. Anda encerrado en las sombras, en su mohína soledad, todo le recuerda allí a su amada, a “aquella noche angustiosa, víspera de mi viaje”.

Hemos visto que el capítulo tiene una estructura perfecta marcada por la realidad y el sueño. Bien, pues también es importante la existencia de un principio y un final, en este caso perfectamente armonizados con su posición. Las primeras palabras: “¡Inolvidable y última noche pasada en el hogar donde corrieron los años de mi niñez y los días felices de mi juventud!” son la clave de todo el texto y se ven resaltadas por esos signos de exclamación. Isaacs logra sintetizar en línea y media el contenido de todo el capítulo: hay una despedida, una nostalgia y melancolía que le produce el recordar su niñez y juventud, y que inevitablemente le lleva al recuerdo de su prima María, a la que ya amaba de joven y con la que había estado desde niño.

Si bien cuando Efraín sueña con su angelical María le arrebata un sentimiento muy positivo, las últimas palabras denotan de nuevo una connotación negativa, desengañadora, de vuelta a la triste realidad que asola la vida del joven sin María.

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