• Marina Burana

    EL INFIERNO TAN TEMIDO

    Valparaíso

    por Marina Burana


 

Te veo, Valparaíso, como una luciérnaga perdida en la noche del mundo. Te oigo con tus cuerdas vocales cansadas de gritar un océano que no comprendes. Tu cara gastada acuna rincones que esconden gatos y niños; rincones americanos, salvajes, que con grietas de tierra y cal escriben pasados de terremotos y pobrezas.

Te veo entregada a los días, al paso de reyes y almas deshabitadas. Toda tu piel porteña, sumisa, abatida y golpeada por los soles y las suelas que gastan tus entrañas. Algunas palomas te siguen los pasos, pero tú vas oblicua, obligándonos al lento andar por tus empinados caprichos. Y si vamos rápido, nos devuelves al piso, como cosa de poco valor que no logra entender la cadencia triste y arrinconada de tu nombre. Ese nombre (que también portentoso) me fuerza a perderme.

Tú misma, Valparaíso, te pierdes en la inocencia y la perversidad de ese nombre; nos maravillas con el oleaje perfecto de tus calmas. Sales al Pacífico con una paz venenosa, con un poema sobre los colores de los murales que te visten. Eres una niña índigo; una suerte de princesa del sur. Cuando sueñas se calla el tiempo, pero lo haces cuando nadie te ve, oculta detrás de tu solitario edén del Pacífico. Sueñas y acaso lloras porque estás sola entre titanes, recordando siempre tu luz de luciérnaga, tu vestido inmaculado de pequeña.

Tú y yo nos conocemos. Te veo mientras camino y tú, pícara, me sacas lágrimas. Como si alguna vez, antes, nos hubiéramos encontrado en algún lugar. ¿Dónde nos vimos, Valparaíso? ¿En los versos de algún poeta? No. No fue sólo en la literatura nuestro encuentro. Hay carnadura en nuestro andar (o acaso el andar que tú me permites). ¿Dónde me escribiste antes de que te escribiera? ¿Dónde y cuándo le hiciste un guiño a mi alma siempre solitaria?

No te envalentones Valparaíso si te digo que te veo triste. Que no te ofusque el orgullo si confieso que acudo a tus abrazos silenciosos porque me necesitas (y también porque te necesito). Pero no, tú no puedes ser violenta. Tú sabes de la religión de tus calles, tú eres la dueña de las paulatinas peregrinaciones hacia tus cimas. Tú sabes cuándo callar y cuándo agitarte. Pero parece, pobre, pobre Valparaíso, que ya no te agitas, que ya no recuerdas las proezas de los grandes.

Te veo, amiga Valparaíso, hundida en el mundo. Y por eso te dedico mi lágrima y mis poemas. Te dedico este amor que se hace fundamental mientras te observo. Espero que me perdones, dulce ciudad niña, el atrevimiento audaz de una extranjera. Es que tienes algo que también es mío. Tienes la voz del poeta.

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