• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (11)

    La Biblioteca del Dr. Petrov

    por Ricardo Iribarren


Cualquier conocimiento debe iniciarse con una borrachera


El escritor unicornio, que había recibido en su corazón el toque mortal de la locutora Irma La Morte cuando la acribillaran, era la responsabilidad más acuciante del doctor Petrov. En ese momento se encontraba en el Mundo sin Nombre, donde había llegado persiguiendo a la bella Mika. Estaba a salvo, aunque el contacto con Irma La Morte había desatado la agonía que se enredaba en el cuello como un negro collar. Eunuperia era el nombre de la organización que procuraba cadáveres de unicornios para vender el polvo de cuernos y huesos. Lograba de ese modo la inmortalidad y la fuerza sin límite de los compradores. Los miembros de dicha sociedad estaban tras los pasos del escritor. A través de las espirales que rodeaban al mundo sin nombre, habían logrado insuflar un veneno muy sutil para actuar sobre él.

La biblioteca del doctor Petrov tenía la forma de una espiral descendente. La construcción requirió de la cuantiosa fortuna heredada de sus abuelos. Debía proteger los libros, la mayoría incunables, del Viento cargado de Vacío que asolaba la mansión durante las tardes. El revestimiento de las paredes era costoso por tratarse de una piedra impermeable, obtenida de una cantera oculta en el noroeste del país. Además, el dueño de casa debió costear el viaje y los honorarios de tres sacerdotes del Líbano, especializados en antiguas magias del Oriente. Los conjuros retumbaron durante siete días y sacrificaron a tres fantasmas para rociar los muros con sangre etérea y brillante.

Los volúmenes estaban vivos. Al caminar entre los estantes, podía percibirse el rumor de la respiración y en cada uno de ellos se apreciaba la tibieza y la suavidad de una piel casi humana. Los libros tienen un sistema nervioso más delicado que el nuestro y no debe alterarse por ningún motivo. La frase, escrita en la entrada y en cada una de las paredes, era repetida por el médico en sus conferencias, cuando recibía la visita de algún alumno o en cualquier charla cotidiana.

La pequeñez de algunos volúmenes, requería de un microscopio para hojearlos. Otros, en cambio, eran tan grandes que exigían una habitación entera. Este era el caso del Libro de los Unicornios. Ocupaba un círculo completo de la parte media de la espiral. Al entrar en el cuarto, el doctor Petrov debía pisar las páginas y usaba un calzado especial a fin de no dañar el antiguo papel, elaborado con pasta de corteza de acacia. El volumen era rectangular y levemente convexo. Para adaptarlo a su forma, debieron modificar el cuarto, brindándole cierta distorsión.

Frente al libro, el doctor Petrov se sentía un pigmeo. Al saltar sobre él, sus piernas se sumergían hasta la mitad. Luego lo recorría en forma paralela a las paredes de la espiral, trayecto que le llevaba más de una hora. Se trataba de una memoria antiquísima, escrita en varios idiomas, muchos de ellos desconocidos para los hombres actuales. Los años de práctica chamánica, hacían que el doctor Petrov pudiera ver, escuchar y palpar las ideas en forma inmediata, sin detenerse en las palabras.

Aquel día buceó en las pesadas páginas, hasta llegar al pasaje que explicaba la forma en que los hombres debían servir a los unicornios. Con mucho esfuerzo, obtendrían para ellos la flor del Morocco, que crecía en cañaverales casi inaccesibles. Al recibirla, las “hermosas bestias” la devorarían ritualmente. A cambio, brindarían sus sueños a los hombres. En el caso que los humanos enfermaran, se accidentaran o murieran, con las imágenes oníricas podrían devolverles la salud o aún revivirlos. Se contaban cientos de casos en que ante una muerte súbita, la víctima se levantaba de inmediato, porque el unicornio familiar había soñado su resurrección.

Hacía siete generaciones que el libro permanecía en la familia del doctor Petrov . Para trasladarlo a aquella biblioteca, debieron desarmarlo cuidadosamente, tarea que llevó un año entero. Al entregárselo, el abuelo del médico había explicado que debía respetar y cumplir lo que estaba escrito en las páginas. De encontrar un unicornio, no sólo debía servirle en cuestiones prácticas, sino arriesgar la vida por él. Esta idea se expresaba en cuatro ideogramas que brillaban intensamente bajo el primer sol de la tarde. Los signos exigían el cumplimiento. No importaba que hacerlo fuera contra el sentido común o contra la propia supervivencia del médico.

El doctor Petrov dejó de reflexionar. Faltaban unos minutos para las cuatro de la tarde. La cercanía del Viento cargado de Vacío, disminuyó la luz de las antiguas lámparas. Los ideogramas cuneiformes del libro, brillaron más intensamente. Lanzaban hacia el médico bacterias microscópicas que atravesaban la piel y reproducían en la sangre los infinitesimales signos. Desde allí, actuarían como un licor muy fino que lo embriagaría lentamente. Había quienes alegaban que ese procedimiento podía apartar al lector de un juicio objetivo. El médico respondió con una frase que llegaría a ser famosa: Cualquier conocimiento debe iniciarse con una borrachera

Del Viento cargado de Vacío que a las cuatro de la tarde levantaba la piel de los habitantes de la mansión, en la biblioteca apenas se escuchaba un zumbido. El leve ulular llegó hasta el cuarto con forma de elipse y luego de un breve estremecimiento, las hojas del libro se licuaron formando ondas y olas. El párrafo que contenía el secreto del vínculo entre los hombres y los unicornios, brilló con destellos de inquietud. En pocos segundos, el aullido se haría más intenso. El revestimiento de las paredes impediría que las ráfagas dañaran el volumen, pero el miedo ocultaría los párrafos durante una hora. El doctor Petrov pronunció un par de conjuros para tranquilizarlo y se dispuso a salir. El enorme compendio debía vivir en soledad aquella tribulación.

Vadeó las páginas y quitándose los zapatos, entró a la celda anexa. De un perchero tomó un hábito de monje penitente, cuya tela fomentaba la reflexión. En aquel cuarto estaba también la caja con la partícula de marfil celestial, extraída del cuerno del hombre unicornio. Desde varios días atrás, la actividad de Eunuperia, se mostraba en el interior como una creciente bruma de color violeta.

- Mañupa Mañupa, metete en la cucha! -repitió varias veces en voz alta el médico, mientras llenaba un mate con agua caliente.

El conjuro hizo que en la caja se tendieran nuevas películas finas y brillantes que mostraron al unicornio. Había tres versiones simultáneas; por un lado, se exhibía con la forma de varios círculos perfectos y entrelazados, caminando detrás de la hermosa Mika. Más allá, permanecía sentado como la silueta tenue y brumosa de un hombre. Finalmente, era el largo cuerno que se curvaba a cada instante, formando un círculo incesante y perfecto en dirección a la enorme bóveda que cubría el Mundo sin Nombre.

Alguien con poca experiencia podía decir que el escritor en sus tres manifestaciones, estaba sólidamente instalado en aquel mundo. Pero el doctor Petrov podía ver en cada uno de los círculos que nacían, crecían y se reintegraban a la gigantesca esfera, una sustancia grasienta y negra. Formaba una larga y tenue línea que conducía al pantano de las espirales. Las mismas, habían interrumpido su quietud y se sacudían en forma constante. Eunuperia se organizaba como una logia, lo que significaba que desde sus muros podía actuar en el mundo. Ahora, sus miembros procuraban aumentar la agonía del unicornio para llevarlo a la muerte.

El médico tapó por un momento la luz que llegaba de la esfera, e imprevistamente una de las circunferencias se disolvió, convirtiéndose en una espiral. La leve tiniebla se inclinó sobre el cuerno y besó la bruma oscura que rodeaba el espacio cercano a la punta. Era la agonía en forma de collar. Mientras aquello continuara, el escritor unicornio no disfrutaría de la inmortalidad que siempre habría acompañado a la especie.

El Viento cargado de Sustancia, propio del Mundo sin Nombre, barrió de pronto toda sombra. El suave resplandor de la gigantesca bóveda, volvió a brillar y los seres tendieron a unirse unos con otros.

En tanto, la residencia del doctor Petrov era asolada por el vacío. Seguiría durante dos horas, para luego transformarse en suaves brisas que irían desapareciendo hacia la noche, cuando se encendieran las bujías y los cálidos espíritus de la madera volvieran a invadir la mansión.

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