• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad

    María, de Jorge Isaacs (III)

    por Susana Maroto Terrer


COMENTARIO DEL CAPÍTULO LXIV

3ª Parte: personajes, narrador...

Respecto a alrededor de quién gira este capítulo, dudo si la respuesta es María o Efraín. Quizá Efraín, porque es él quien nos muestra con gran subjetividad sus sentimientos, su vida acabada tras la muerte de María. No obstante, ésta ejerce un papel fundamental. El recuerdo de Efraín la evoca continuamente en este fragmento: “Rosas y azucenas de María”, “solamente las manos de María”, “últimas azucenas que ella le puso”, “buscando en las cartas de María”, “teniendo entre mis manos las trenzas de María”, “soñé que María era ya mi esposa”…

Y ¿por qué María? ¿Por qué ese nombre? Isaacs ha elegido un nombre que por sus propias connotaciones innatas armoniza perfectamente con el personaje y la obra. Además de tener cierta significación religiosa. Según Santo Tomás, “un nombre es una especie de definición abreviada. Debe expresar la naturaleza del ser que indica o, por lo menos, responder a sus propiedades” (Santo Tomás de Aquino, 1964)

María es un nombre de origen hebreo. La Virgen, La Virgen Santísima, La Madre de Dios, Nuestra Señora, Santa María, son las denominaciones más frecuentes de María. En ellas se contiene toda la grandeza del nombre y de la persona. Lo que hace privilegiada y singular a la Madre de Dios, es la coexistencia de la maternidad y de la virginidad. Con María cambió radicalmente el prototipo y el ideal de mujer. En este caso, María muestra ser dulce y sumisa desde su aparición inicial (en muchos casos se la define como casta, o incluso, castísima). Es el amor que aguarda, la paciencia pura, sólo se puede percibir como la percepción del amor, como la perfección. Es el prototipo de mujer romántica.

Los instintos maternales de María cumplen otro requisito del Romanticismo, igual que su firme fe religiosa, su languidez amorosa. María es, a la vez, una figura que reúne dos tradiciones bíblicas, la de Ester y la de María (1). Dos momentos de la historia monoteísta universal que la convierten en una figura del mesianismo que anuncia el Antiguo Testamento y se cumple en el Nuevo. Al igual que Ester y María, la heroína de Isaacs es un ejemplo moral y esperanzador para el mundo decimonónico que, tanto en Europa como en América, busca ordenar y equilibrar lo que perdió su aparente equilibrio. Este nombre femenino antiguo, que a la vez evoca dolor, sufrimiento y hasta amor, encarna perfectamente el contenido de la obra. Esta gira alrededor de una mujer frágil, amorosa y bella que seduce sanamente a un Efraín casto. La atracción sexual de María representa una actitud sana por parte de Efraín hacia la pasión amorosa; el amor espiritual debe ir unido al amor físico.

En este fragmento, también se capta esa significación de mujer casta, pura, amorosa, frágil… en toda la segunda parte (cuarto párrafo). Podemos ver en el sueño que la relación de María y Efraín corresponde al amor idílico tan propio del Romanticismo. Tan castos eran los dos, pero Efraín imagina en el sueño un mayor contacto con María del que había tenido cuando ella vivía, a pesar de tratarlo él mismo como “ese castísimo delirio”: “teniendo entre mis manos las manos de María”, “tocó mi frente con sus labios suaves”, “dejóme aspirar un momento su aliento, tibio y fragante”, “esperé inútilmente que oprimiera mis labios con los suyos”, “tenía sobre la mejilla una de mis manos”, “sintiendo ella animada esa mano, volvió hacia mí su mirada llena de amor”, “atraje sobre mi pecho su cabeza”…

Efraín (2) coincide con el típico héroe romántico, sobre todo, por su gran capacidad emocional, que declara abiertamente en este capítulo.

Así pues, los nombres de los protagonistas no están escogidos al azar, sino que son simbólicos y tienen una larga tradición e historia detrás.

Como ya hemos visto, Efraín recuerda con tristeza los momentos vividos en el hogar: la naturaleza, su infancia y juventud, a María… Incluso, le afecta tanto, que recuerda la noche en que su lindo amor murió, y no puede evitar nombrar el viaje que le separó de su amada: “aquella noche angustiosa, víspera de mi viaje”.

En medio del recuerdo Isaacs introduce una línea de negra melancolía al final del segundo párrafo: “compaginé ese diálogo de inmortal amor dictado por la esperanza e interrumpido por la muerte”. Podríamos ver aquí un guiño a la tradición de ese amor inmortal, materializado en Quevedo:

AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

El amor entre Efraín y María es eterno porque cubre la totalidad de la vida de los protagonistas y además, es inmortalizado en las páginas de la novela de Isaacs.

Comprobamos, por otro lado, que la voz narradora corresponde al protagonista, que cuenta desde la experiencia y la subjetividad esa vivencia emocional. Durante toda la obra, Efraín tiene el papel de agente-narrador guiado por la voz y experiencia personal del autor, quien, según la crítica, proyecta el autobiografismo sobre el joven enamorado. En este texto no se refleja esa comunidad de aspectos biográficos entre ambos, pero el escritor sí demuestra el carácter autóctono colombiano: “las pampas abrasadas”, “sus labios suaves como el terciopelo de los lirios del Páez” (3). Sus vivencias personales modifican la óptica romántica del protagonista-narrador, objetivizan, a veces, su visión del paisaje.


Notas:
1) Jorge Isaacs, hijo de un judío converso y de católica, debía de conocer la tradición tipológica judeocristiana: María es primero Ester, antes que se la bautizara con este nombre a pedido de su padre. Con Ester nos situamos en la línea de Raquel y Jacob, ya que la reina hebrea de Persia pertenecía a la tribu de Benjamín, hermano menor de José. Al inicio de la novela nos hallamos en la misma perspectiva genealógica. Sin embargo, la niña Ester es hija de Sara y de Salomón, primos del padre de Efraín. Se observa que se da en ésta el cruce entre dos ramas que en un momento de la historia hebrea se enfrentaron: Sara se sitúa en la vertiente de las doce tribus de Israel que no rompió su Alianza con Dios. Salomón no, ya que pertenece a la tribu de Judá; aunque en la suya se hallará la casa de David, a la que pertenece la Virgen María, por su matrimonio con José. Cuando la Ester de la novela pasa a ser María por el bautismo, su referente pasa de la tribu de Benjamín, de la casa de Jacob, a la casa de David, la de la Virgen María, la del Mesías, la del Nuevo Testamento, la de la Nueva Alianza, la de la Salvación y del futuro religioso de la Humanidad. Todo parece estar sugiriendo que María posee una predisposición a configurar no sólo la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, sino también la unión armónica de opuestos, la reunión armónica que luego supondrá el amor de Efraín por ella. (Creación narrativa y sobresemanticidad en María, de Jorge Isaacs, Enrique Marini Palmieri)

2) En el Antiguo Testamento, José había sido el preferido de Jacob entre sus hijos, por ser el primero que tuvo con Raquel, por ser hijo del amor y «el hijo de la vejez». Sus hermanos mayores lo despojaron de sus vestiduras y lo vendieron a los egipcios. Por el don que poseía de penetración simbólica de la realidad, y por su visión analógica de los designios misteriosos de Dios, a los que se añade el de su profunda religiosidad, la tradición de los Padres de la Iglesia primitiva (Melitón, Justino, Tertuliano, Hipólito) consideran que José prefigura a Cristo crucificado (cf. Martine Dulaey, 1989).

José tuvo con la egipcia Aseneta dos hijos: Manasé y Efraín, siendo Manasé el mayor. Efraín nació (Génesis, 46, 50) durante los siete años de fertilidad que precedieron a los de hambre en Egipto (Génesis, 41, 25-36); razón por la que José eligió para nombrarlo y celebrar aquel suceso feliz la raíz hebrea fârâh (fructificar, ser fecundo) y así decir hifranî, «Dios me ha dado frutos en esta mi tierra de aflicción» (Génesis, XLI, 52). Más tarde, y respondiendo al llamado de Jacob, viejo y ciego, José le presentó a sus dos hijos para que los bendijera. Para facilitar la bendición, puso a la derecha del patriarca al mayor, Manasé. Sin embargo, el abuelo, que prefería al menor, tendiendo tradicionalmente la mano derecha, fue y bendijo al niño que estaba a su izquierda, es decir, a Efraín (Génesis, 47, 13, 14, 17, 19-20). Así, éste no sólo es «el fecundo», sino también el elegido. Jacob predijo que tendría «gran entereza moral y fuerza de carácter» (Génesis, 49, 23-24). Moisés lo compara con un toro, y el Salmo 49 (hebreo, 50) dice que Dios lo llama «fuerza de Su cabeza». La tribu de Efraín, núcleo del futuro reino de Israel, ocupó las tierras fértiles que Dios le indicó, protegidas por montañas, cuyo centro geográfico era la montaña llamada de Efraín, montaña que Salomón eligió como primer distrito del reino reunido de Israel (Primer Libro de los Reyes, 4, 8; Libro de Isaías, 7, 17). Los centros religiosos en esta región fueron los de Silo y Sichem.

(Creación narrativa y sobresemanticidad en María, de Jorge Isaacs, Enrique Marini Palmieri)

3) Páez: es un río de Colombia que nace en el nevado de Huila (Cauca). Esta referencia también la encontramos en un poema de Isaacs: La Virginia del Páez.

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