• Marina Burana

    EL INFIERNO TAN TEMIDO

    A mi madre África

    por Marina Burana


 

Tropecé en colores terrosos que guardaban tus cabellos crespos. Desperté pensándote cuando un lucero perdido me encontró en la amazonía extraña de la tierra. Tierra que con tus propias manos plantaste de verde utopía. Tus pies nacieron al ritmo de los calores y florecieron amplios sobre pañuelos. Aunque vos caminaste descalza siempre, armando en cada paso el comercio de dioses y mortales.

Madre-sin-nombre, que me has criado en cuentos fenicios, a dos aguas cortadas con eso que hay de árabe en tus peleas. Que me enseñaste a callar cuando la lluvia habla y a obedecer el despiste del tiempo. Madre-muchos-nombres, que una noche confesaste ser vieja y aún celebrar el amor como pequeña.

Perlita, como me llamabas, crecí de belleza en belleza gracias a tu mirada de oro profundo. ¡Cómo me habría gustado tocar tu útero de música y nacer de alma morena! Pero heredé, milagro, tus ojos verdes y unos rulos portentosos y el cuerpo que late inmediato y te busca. Mientras vos danzás lejana, sobre aguas tremebundas y llamas austeras, dando dos versos simpáticos rescatando tu sangre de imperio y mareas.

Escucho el sabor de los tambores, que son tus pies en el desierto. Cada noche tu estrella me cuenta de pasados faraones que rumeaban tu historia perdida, y pienso en las muchas madres que he tenido y que fluyen en vos, diosa-cultivo, diosa-desértica, diosa sin frío.

Tropiezo hoy con tu mirada.
Suave enseñanza de poesía.
Madre África mía.

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