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    por Marta Díaz Petenatti

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Ya en el ocaso de mi vida me pongo a analizar lo que he vivido y siento una mezcla extraña que me produce sinsabores, alegrías y angustias.

¡Ahora todo parece tan fugaz!

Es como si nunca me hubiera pasado.

Estoy sentada viendo pasar una vida que parece no fuera la mía… y pienso en cómo se me fueron desgranando los años entre mis dedos, cómo se me fue la vida mientras crecía, trabajaba, estudiaba, e ilusa de mí, ni siquiera pensaba que pasarían.

Pero fueron pasando inexorablemente. Mi cuerpo fue metamorfoseándose por dentro y por fuera.

Recuerdo en perspectiva esa edad primera donde todo era asombro e inocencia; donde los domingos me postraba ante Dios pensando en los enigmas divinos, agradeciendo por todas las cosas que tenía, por los seres queridos que me rodeaban, por mis amigos.

Luego fui creciendo y no tuve más tiempo para acercarme a Dios. Me embriagué de trabajo, de ocupaciones. Los días pasaban y la vida con ellos.

Y mi mente, al igual que mi cuerpo, fue cambiando.

Comía mal, dormía mal, la paciencia se me fue yendo por caminos remotos. La inocencia y la credulidad se me fueron con ella.

Pero otros caminos me enseñaron de tristezas, de amigos que se fueron hacia el infinito de la nada dejando vacíos que no pude llenar.

De un compañero de ruta que de a poquito se fue olvidando de las exquisiteces del amor, del valor de la caricias, de la contención, de la palabra justa, medida, cariñosa.

Y yo siempre diciendo…”ya pasará”… pero lo que se estaba pasando era la vida. La iba llevando el viento hacia un destino incierto.

¡Pero seguía tan ocupada que no me daba cuenta!

¡Más hoy sí!

De golpe comprendí que perdí la juventud, que perdí la paciencia, que perdí el amor.

Miro mis manos y están vacías.

Quiero vivir cosas que no me di el tiempo de vivir…¡pero ya no puedo!

Ahora sí tengo nuevamente tiempo para Dios, para hablarle, escucharle y ponerme en sus manos, aunque ahora sea quizá… ¡demasiado tarde!

PORQUE:

_Vemos y nos damos cuenta demasiado tarde de lo que tendríamos que habernos dado cuenta mucho más temprano.

_Añoramos ahora lo que no vivimos por estar apurados, ocupados, cansados.

_Necesitamos vivir toda una vida para darnos cuenta de lo mucho que podríamos haber hecho por nosotros y siempre lo fuimos postergando.

Tratemos entonces ahora de no dilatar lo que nos dicta nuestro corazón y vivamos con sabiduría y deleite todo aquello que no hemos vivido.

La vida nos da una segunda oportunidad a partir del momento que somos conscientes de ello, aprendamos pues y vivamos libremente sin dejar de hacer jamás lo más importante por lo más urgente.

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