• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (12)

    El Centro del Círculo

    por Ricardo Iribarren


Lo único sagrado en este y en otros mundos, es el impulso
que lleva a una mujer a buscar a un hombre.


En la soledad de los círculos, como llamara el hombre unicornio a su permanencia en el Mundo sin nombre, recordaba con frecuencia a la doctora Hannah Kobayashi. Ella forjó su Cripsis entre el nacimiento y los doce años de la edad humana. Fue además, la principal y única familia del escritor. Nunca había conocido a su madre, y del padre sólo recordaba el rostro grueso, curtido y los labios formando un desesperado rectángulo. Tenía diez años cuando le informaron que se había suicidado y no lo sorprendió demasiado la noticia.

La doctora Kobayashi cumplió papeles de madre y padre. Once años duró la Cripsis, el fatigoso y prolongado proceso por el cual logró el disfraz humano, que ocultaría la naturaleza de unicornio. Recordaba las noches en que la médica, a quien él llamaba “Flor”, lo acunaba y cantaba. Lo más doloroso había sido la luz fría a base de cobalto que debió aplicarle durante meses. Aún la sentía quemar su vientre con un hielo azulado. Era el método para ocultar el cuerno; para que los hombres no pudieran dañarlo en su función de unir la tierra con el cielo. A veces el escritor se preguntaba por el breve momento en que, para lograr la Cripsis, el unicornio se había fundido con el hombre. Había sido una de aquellas noches en que recibiera los abrazos de la doctora Kobayashi, mientras olía su perfume y sentía el calor de su piel.

En el mundo sin nombre, el escritor soñó muchas veces con “Flor”. Ella lo esperaba en el centro de la esfera que contenía la totalidad de aquel universo. Sentada con las piernas cruzadas, sonreía y hablaba, aunque él no entendiera las palabras. Una de aquellas noches la doctora desapareció y en el centro de la esfera, encontró a su padre. Lo miraba con desesperación sombría. “Es falso Que seas un unicornio. Ha sido un sueño de alguna noche desvelada. Tú y yo nunca fuimos unicornios disfrazados de hombres. Fuimos hombres que creímos ser unicornios. Ahora te espera el dolor. Terminarás como yo. Quizá ya hayan forjado la pistola que se llevará tus sesos en un hotel a orillas del muelle.”

El escritor no pudo responder. Como a tantos, a su padre lo había tragado la Cripsis. La máscara, el camuflaje para convivir entre los hombres, se hizo parte de su naturaleza. Entonces no fue un unicornio completo ni un hombre completo. Terminó odiando la vida y suicidándose. Volvió a aparecer en los sueños, pero se limitó a mirarlo en silencio, con una angustia que contaminaba los círculos del Mundo sin Nombre.

Ante la falta del sentido humano del tiempo, el escritor no pudo precisar si lo que llamaría luego “la Rebelión de las Espirales”, se había iniciado con la presencia del espectro de su padre. De lo que estaba seguro era que ante el dolor y la apatía que acompañaran a aquel sueño, gotas negras y aceitosas ensuciaban algunos de los círculos a su alrededor. También fueron de esta época los sueños en los que se veía a sí mismo internándose en el pantano de las espirales para luego arrastrarse a la superficie.

A pesar de todo, avanzaba lentamente hacia el centro de su círculo. Según las leyendas del Mundo sin Nombre, cuando llegara a ese lugar, todo cambiaría. Conectado con el punto medular de la esfera, tendría una visión simultánea del presente, el pasado y el futuro.

Otra de esas noches soñó que en el centro de la enorme cúpula lo esperaba Irma La Morte. La locutora estaba vestida con una túnica blanca y larga hasta los pies. Llevaba los cabellos sueltos. Sonreía al escritor y los ojos celestes estaban fijos en un punto detrás de su cabeza.

Lo único sagrado en este y en otros mundos, es el impulso que lleva a una mujer a buscar a un hombre. Como sacerdotisa del amor que siento por usted, lo sigo como el día sigue a la noche y la noche sigue al día; como las golondrinas siguen a los buques mercantes para alimentarse de sus sobras; como los polluelos siguen a la madre con los picos abiertos para recibir el alimento.

El escritor explicó a Irma La Morte que ella estaba muerta. Que un soldado la había matado en el momento en que apretaba su corazón. Apenas pronunció estas palabras, la agonía se cerró con más fuerza alrededor del cuello. Aumentaba en presencia de aquella que la había creado, aún cuando fuera un espectro.

La locutora se desplazó del centro de la esfera a la periferia. El escritor sabía que ese punto debía permanecer desierto, porque lo esperaba a él. La inminencia de llegar no lo tranquilizaba. El collar oscuro que se unía a sus vértebras, nunca había sido tan grueso.

La novela que estaba escribiendo y que llevaba por título “El Unicornio” había tomado un giro inesperado. El protagonista, una bestia sometida a la Cripsis, había atravesado los meandros del tiempo y llegado hasta la Primera Guerra Mundial. Ahora recorría un campo cubierto de cadáveres. Debía escapar de allí. La inmortalidad propia de los unicornios podría perderse si deambulaba entre los muertos.

Estas imágenes lúgubres no se correspondían con las del principio de la novela, donde el unicornio de la historia corría por praderas llenas de sol y la única preocupación era escapar de las jóvenes hermosas de las aldeas. Los habitantes del Mundo sin Nombre que seguían el relato, asentían sin cesar, moviendo afirmativamente las cabezas. El escritor dudaba si entendían cabalmente los matices de la narración.

En el Mundo sin Nombre solía soplar lo que los habitantes llamaban “El Viento cargado de Sustancia”. Acercaba a los seres entre sí, con la amenaza de unirlos en una unidad sin fisuras. El escapar unos de otros, como lo hacían el escritor y Mika, compensaba esas ráfagas que empujaban todas las cosas hacia la fusión. Les permitían subsistir como entes separados, conservando la mínima individualidad.


En medio de estas reflexiones, advirtió que algo había cambiado en su persecución a Mika. Los tres círculos que eran expresión de sí mismo, que no dejaban de proferir poemas mientras caminaban detrás de la joven, se movían cada vez más torpemente, como si les costara avanzar.

Por su carácter de unicornio, el escritor sabía que todo traslado de la periferia al centro implicaba un conflicto. Los vaso se llenaban de sangre, el cielo se enturbiaba, las aguas se ennegrecían y el viento se preñaba de toros, como decía un antiquísimo poema que alguna vez había tenido que memorizar.

Una mañana del Mundo sin Nombre, se encontró a pocos pasos del centro. Los oyentes con forma de anillos que escuchaban la composición de la novela, mostraban las gotas negras y viscosas del aceite que caía por sus ijares. El escritor suponía que una vez en el centro, cesaría toda amenaza. La conciencia súbita de las tres existencias, le permitiría disponer de una visión de su remoto pasado y de su lejano futuro y sobretodo, gobernar el movimiento de los círculos desde una total inmovilidad.

Esa noche, por primera vez desde su arribo, la versión de sí mismo que perseguía a la muchacha y la propia Mika, abandonaron el juego. Ella marchó hacia él y pasó a una breve distancia de su cuerpo con forma de cuerno. Aquella fue una de las pocas veces en que lo contempló fijamente. Al hacerlo, las gotas de aceite que ensuciaban los perímetros de las circunferencias, se enjugaron y desaparecieron. En cuanto a la imagen del escritor, formada por los círculos encadenados, se fundió con las figuras entretejidas en el piso de aquel mundo. Sintió miedo. La persecución de Mika terminaba. Algo estaba por cambiar.

Cuando el escritor llegó al centro, empezaba a oscurecer en la gigantesca bóveda que contenía el Mundo sin Nombre,. Abrió los ojos. Procuraba estar más despierto que nunca. El cuerno que lo constituía se tensó. Los círculos que trazaba se hicieron más lentos. Sobre su cabeza, la esfera continuaba con el movimiento incesante. Los habitantes se habían retirado. La soledad y el silencio eran totales.

El sabor y el olor a aceite quemados estallaron de pronto en la base de su nariz. Intentó luchar contra ellos. Estando en el centro del círculo, su voluntad se extendía como las ramas de un árbol, pero no pudo evitar las espirales que avanzaron desde el pantano; no pudo evitar el despliegue de la Cripsis. La súbita, rígida y pesada forma de hombre lo invadió. Las espirales se convirtieron en cinco líneas rectas.

No supo en qué momento se encontró en la ciudad sitiada, caminando con sus humanas piernas. Pensó con desconsuelo en lo difícil que había sido llegar al Mundo sin Nombre y la facilidad con que lo abandonaba. La agonía en su cuello era un collar azul negruzco que brillaba bajo las luces de las calles.

Escuchó un aullido. Un camión militar acababa de aplastar a un perro.

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