• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    YO MATÉ A MARILYN

    por Manuel del Pino


Los veranos en Torremolinos son ahora mejores que en los años sesenta. Buenas playas tranquilas, donde puedes hacer negocios con discreción. En la piscina del hotel donde se alojaba, Víctor Lince había quedado con un millonario americano, a quien llamaremos Klein. Eran las doce del mediodía: Lince rara vez se levantaba antes de las once, sobre todo en verano.

La piscina del hotel, una antigua gloria de los sesenta, era ahora un lugar tan céntrico como recoleto y barato, donde se arrullaban dos o tres parejas y jugaban algunos niños con sus madres. Echado en una hamaca, en bañador, con gafas de sol y gorra, Lince desayunaba un delicioso batido de guayaba y mango. Para distraerse, leía la primera novela del detective Carvalho, “Yo maté a Kennedy.”

El señor Klein se acercó silencioso y se sentó en la hamaca de al lado. Bastante alto, tenía el pelo blanco, bigote igual y la tez muy rosada. Hizo un gesto significativo: ante su cara, extendió los dedos índice y pulgar de la mano derecha en forma de “L”, con los demás dedos encogidos. Lince le devolvió el gesto.

- ¿Víctor Lince? – dijo Klein con acento guiri.

Lince asintió en silencio.

- ¿Es su verdadero nombre?
- Puede – Lince dejó en la mesita la novela “Yo maté a Kennedy” de Manuel Vázquez Montalbán y la copa vacía –. ¿A qué debo el honor?

Míster Klein se incorporó en la hamaca y dijo:

- Amo a Marilyn Monroe.
- Yo también – repuso Lince –, pero lleva 50 años muerta.
- No lo entiende. Hace un mes, esas ratas de Sotheby’s sacaron a subasta una cinta muy comprometida de Marilyn poco antes de su muerte. Yo fui el millonario anónimo que la compró, por un millón de dólares, para evitar que el público la viera o cayera en manos desalmadas. No la he visto ni una sola vez. Nadie la ha visto.

Sacó un DVD y lo depositó sobre la mesa. Sabiendo lo que contenía, aquel simple gesto se convirtió en una bomba subversiva.

- ¿Por qué no lo destruye?
- ¡Con lo que me costó esta obra de arte!

Lince se encogió de hombros, extrañado de las excéntricas costumbres de los ricos, que eran no obstante sus mejores clientes. Dijo:

- ¿Y qué tengo yo que ver con eso?

Míster Klein se tomó un respiro para responder lo que sin duda eran para él unas palabras importantes, que no podía pronunciar a la ligera:

- Esta noche se alojará en el hotel un tal Jim Herald, un viejo hombre de negocios venido a menos, que estuvo muy vinculado a Marilyn en su juventud, allá en Hollywood. Usted le ofrecerá este DVD, advirtiéndole de lo que contiene, a cambio de una información muy valiosa. ¿Entiende?
- Sin más preguntas, ¿verdad?
- Eso es, sin preguntas.
- Sólo una. ¿Por cuánto?

Míster Klein dejó un sobre encima de la mesita, que contenía diez mil dólares. Luego se levantó. Antes de alejarse, susurró:

- Tenga cuidado con la pasma. Creo que me siguen los pasos desde Madrid.


* * *


Lince se pasó todo el día entre la piscina y la playa. Atardecía melancólicamente cuando Jim Herald se presentó en la piscina del hotel. Desde su hamaca, Lince volvió a dejar la novela “Yo maté a Kennedy” para observar a Herald mientras se acercaba.

Era un viejo bien conservado de unos setenta años, que hace cincuenta, cuando vivía Marilyn, tendría veintitantos. Vestía veraniego pero con discreción: cualquiera que le viese no podría imaginar su país de origen, su oficio ni su pasado. Parecía un anciano turista más, como los hay a miles en Torremolinos y en toda la Costa del Sol.

Como Lince esperaba, venía del brazo con una hermosa joven, altiva, de buenas formas y melena castaña, que en cuanto vio a Lince se rebotó como si estuviera presenciando al diablo. Se trataba de Carla Martel.
Herald fue con la chica exuberante al quiosco para pedir una copa y Lince se les acercó. Se presentó y se ofreció para invitarles, pero Carla le rechazó en seguida.

- Este asqueroso que no se acerque.
- ¿Por qué? – dijo Herald. Su acento americano era lo que no podía disimular.
- Es de la competencia – dijo Carla.

Míster Herald se volvió hacia Lince, quien le dijo:

- Le traigo novedades. Importantes novedades. Será mejor que cenemos mientras le explico. Un DVD con Marilyn antes de morir.

Los ojillos de Herald rejuvenecieron chispeantes.

- Me pone en un aprieto – dijo–, había quedado con la señorita. Pero siempre preferiré alguna primicia de Marilyn Monroe.

Carla le chilló a Herald:

- ¿Vas a dejarme sola?
- Podemos cenar los tres – dijo Herald.
- Yo con este asqueroso no ceno ni muerta.

Lince aguardaba divertido e inmutable. Herald empezaba a mostrarse algo incómodo. No quería perder a la soberbia hembra, y jamás dejaría escapar una prebenda exclusiva de Marilyn. Pero le estaban poniendo entre la espada y la pared. Lo que parecía su día afortunado se estaba convirtiendo en un incordio.

Herald no sospechaba aún que Carla Martel era en realidad Carla Ruiz, agente de la comisaría de Centro de Madrid. Herald se había dejado llevar por su cerebro primitivo, el peor error que puede cometer un hombre maduro en su situación.

Pero pensaba que después de su larga y complicada vida, estarían bien todos los dulces que pudiera llevarse a la tumba; sobre todo porque ese viaje definitivo podía estar cerca. Nadie le culparía por disfrutar los últimos momentos de su vida, olvidar su pasado turbulento e irse limpio y satisfecho al otro barrio.

- Hagamos algo – dijo Herald –: Cenaré con el señor Lince y tú nos esperarás en la habitación del hotel, haciendo lo que te plazca. Luego te veré.
- Y una mierda – dijo Carla –. Yo he venido contigo.

Herald sacó su cartera y le dio a Carla tres billetes de cien dólares.

- Sé una chica buena, cena lo que quieras y espérame en el hotel. ¿De acuerdo?
- Pero este asqueroso que no venga.

Herald estaba ya hasta la coronilla de Carla, si no fuera por el banquetazo que se pensaba dar aquella noche.

- Yo pago, yo decido – dijo.

Por otro lado, a Carla Martel empezaba a resultarle interesante la situación. Se iría a descansar al hotel a sus anchas, pediría en recepción la cena que más le gustara sin reparar en gastos; no tendría que comer frente a ese presuntuoso de Lince, pero luego podría aprovechar para humillarle en una escenita sensual delante de Herald. El plan prometía ser redondo aquella noche.


* * *


Lince se fue a cenar con Herald a un buen restaurante junto a la playa mientras anochecía tarde como corresponde al relajado verano. El joven le contó una historia tan falsa como siempre hacía, aunque es curioso que ese tipo de falsedades guardan también un fondo de verdad. Le contó que había abandonado la casa de sus padres muy joven, para vivir aventuras y “por infamias de que participaba en una conspiración”, por lo que tuvo que ganarse la vida desde pronto. Lince añadió algunos detalles escabrosos, de modo que despertó la piedad del viejo Herald hacia él, fuera sincera o fingida.

Después dieron un tranquilo paseo por la playa. Era ya de noche y estaba casi sola. Allí Lince le enseñó a Herald el DVD y le explicó su contenido. El viejo Herald sonrió con extraña sorna y le ofreció a su vez una misteriosa información.

- Necesito dinero – le dijo Lince.

Herald sacó su cartera, que parecía inagotable, y le dio cinco de los grandes. Luego fueron al hotel con la impaciencia de ver aquel vídeo explosivo.

Al entrar en la habitación, encontraron a Carla echada en la cama de matrimonio, leyendo el portátil de Herald ante ella con mucho interés.

- ¿Qué haces? – le demandó Jim Herald.
Carla apagó el portátil a toda prisa. Demasiado tarde: Herald la había sorprendido. Ella supuso que su cena con Lince duraría mucho más.

- ¿Qué mirabas ahí?
- Nada – dijo Carla –. Sólo chateaba un rato en Internet.
- Entonces, ¿por qué lo cerraste tan rápido?
- ¡Como te enfadaste tanto!

Carla dejó el portátil sobre la mesa escritorio y adoptó sobre la cama la cómoda postura de una odalisca oriental. Se diría que lo hacía adrede para provocarles. Su pantaloncito corto dejaba ver todas las curvas de sus grandes muslos; el top mostraba sus exuberantes hombros y la blancura suave de su barriguita. Estaba tan rica la moza que reviviría al instante a una momia egipcia; te hacía perder la cabeza con sólo verla y te atraía para fecundarla aunque murieras en el intento.

Herald olvidó su mosqueo anterior, se echó en la cama junto a ella y se dedicó a hacerle carantoñas. Carla le sonreía, igual que gruñía a Lince para que apartara la vista de ellos. Aquella fiestecita debía ser entre Herald y Carla solamente.

Cogiéndola de las manos, el americano la besó en la cara, en los hombros y en el cuello. Carla reía con delectación. Herald le acarició la barriguita y la cintura mientras la besaba. Los ovalados pechos juveniles de Carla temblaban como duros flanes bajo su camisita veraniega. Ronroneaba como una gata estimulada por los besos del viejo Herald, y más fuerte cuando miraba a Lince de reojo.

Lince no pudo sufrirlo más y se unió a ellos en la cama.

- ¡Tú no! – Carla le soltó un buen guantazo, que no le pilló de lleno sólo porque Lince casi pudo esquivarlo con sus rápidos reflejos.
- ¡Vamos! – dijo Herald –. Donde come uno, comen dos.
- ¡Eh – protestó Carla –, que yo no soy ningún dulce!
- Sí – dijo Lince –, más bien eres amarga.

Carla se revolvió, fingiéndose molesta por los comentarios. En realidad quería marcharse de allí cuanto antes.

- Estoy de tíos hasta el moño – dijo.

Era lo que Lince quería. Carla le dejó a solas con Herald, que se quedó con cara de frustración. Se le había escapado la joven yegua de entre las manos.

De malos modos, Carla salió de la habitación. Para apaciguar a Herald, Lince le mostró de nuevo el DVD de Marilyn, pero antes de verlo le pidió que le enseñara a su vez la valiosa información de que disponía.

Jim Herald encendió su portátil sentado a la mesa de despacho. La información que mostró en uno de los archivos era tan comprometedora que no existían de ella más copias: Herald no se fiaba de nadie y la llevaba toda encima.

Al instante entró Klein en silencio, con una Walther P99 en la mano. Apuntó a Herald y le disparó a bocajarro en la sien. Bastó un solo tiro de profesional.


* * *


Lince se quedó estupefacto. Para tratar de salvar su vida, dijo a Klein:

- ¿Sabe qué? Me pregunto qué hacía el viejo Herald en Torremolinos. Parece que estaba huyendo de algo, o quizá buscando algo.
- Suelte ese portátil, por favor – dijo Klein apuntándole.
- Aquí dice cosas muy interesantes. ¿Quiere que le cuente algunas?
- Si lo hace, le mataré.
- Me matará de todas formas.
- Eres un chico listo – rio Klein.

Lince apagó el portátil con lentitud y miró a Klein a los ojos.

- Aquí hay un documento muy importante – dijo –, que podría editarse como libro. Se titula “Yo maté a Marilyn” y lo escribió Jim Herald, si es que ése era su verdadero nombre.

- No me creo nada.
- ¿No? A Marilyn Monroe la encontró muerta su ama de llaves, en su casa de Hollywood, a las 3 de la madrugada del 5 de agosto de 1963. Eso lo sabe todo el mundo. Lo que no saben es que la Marilyn ya cadáver aún tenía bien agarrado el teléfono en su mano. Había llamado a alguien de confianza pidiendo ayuda, alguien muy importante que no podía aparecer allí, por miedo al escándalo.
- John Fitzgerald Kennedy.
- Está usted muy bien informado. Esa noche Jim Herald había sido la almohada de Marilyn en su habitación, según cuenta él mismo en sus memorias. Oyó todas sus penas. Ella le pidió alcohol y somníferos, y Herald se los dio a mansalva. La atiborró de alcohol y de Nembutal y la grabó en ese estado lamentable, antes de irse, dejándola allí sola. Marilyn llamó por teléfono a JFK, que no envió a nadie en su ayuda. Murió pocos minutos después. Jim Herald era un joven prometedor en los negocios turbios de Hollywood. Un señuelo a quien enviar sin ensuciarse, porque si lo hubieran detenido, todos lo relacionarían con el crimen organizado y no con el presidente. Herald tenía instrucciones de deshacerse del estorbo de Marilyn para evitar el escándalo, sobre todo desde que Marilyn le cantara en público el happy birthday a JFK dejando estupefacta a toda América. Pero después de aquello Herald cayó en desgracia, nadie quiso tratos con él. Estuvo dando tumbos toda su vida. Ahora, ya de viejo, amenazaba con publicar sus explosivas memorias en Europa para reventarlo todo y de paso hacerse rico. El apetitivo lo lanzó el mes pasado, cuando filtró ese vídeo de Marilyn para que Sotheby’s lo subastara, lo que consiguió su objetivo de alarmaros.
- Eso es sólo una sarta de mentiras – dijo Klein.
- Es lo que pensé yo. Pero entonces, ¿por qué está usted aquí?
- Para detener la infamia. Tengo orden de impedir a toda costa que esas memorias se publiquen.
- Claro, yo le hice el trabajo sucio, ¿no? Y ahora usted me liquidará también a mí, como un auténtico profesional. Como hicieron con los asesinos de Kennedy. Usted no es un millonario encaprichado de Marilyn. Ningún rico sería tan estúpido de pagar un millón por una cinta antigua que no va a ver, por mucho que sea de su admirada Marilyn. Desde el principio no me tragué su versión.
- Muy agudo. Entonces, ¿a qué club pertenezco, según usted?
- Al mismo que no soportó la política de Kennedy del New Frontier sobre servicios sociales, ni su lucha contra la segregación racial y a favor de la paz mundial, a raíz de la crisis de los misiles en Cuba, y que organizó poco después su asesinato aún no aclarado. En el caso de Marilyn, la policía no dijo nada del Nembutal. La compañía de teléfonos nunca reveló las llamadas que hizo Marilyn esa noche. El caso quedó debidamente maquillado con el mito trágico de la estrella que se suicidó joven.

Klein apuntó a Lince a la cabeza.

Lince se espantó: no podía hacer nada.

Se oyó la detonación de un disparo en el cuarto.

Fue Klein quien cayó abatido.

Tras él estaba Carla Ruiz con su arma reglamentaria humeante. Le dijo a Lince:

- Dame ese portátil.
- Han estado a punto de matarme. No quiero que te maten por él.

La policía local, avisada por el personal del hotel al oír los disparos, corría por el pasillo hacia la habitación con sus armas en ristre.

Lince rompió el DVD y lo arrojó con el portátil por la ventana, que se estrelló en pedazos junto a la piscina. Luego Lince se descolgó por la ventana con agilidad.

Al entrar la policía, Carla Ruiz les mostró su placa y les contó casi todo lo sucedido. Lince jamás reconoció que la agente Carla Ruiz le había salvado la vida, para evitar la vergüenza. Y Carla tampoco confesó nunca que había dejado escapar a ese bandido de Lince, que odiaba con toda su alma.

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