• Nechi Dorado

    LA PLUMA DE NECHI

    El vestido made in Bangladesh

    por Nechi Dorado

vestido

Ilustración obra de la artista plástica argentina Beatriz Palmieri: “Vestido”


El vestido estaba ahí, todavía no lo habían vendido; flameaba suavemente al compás del aliento fresco de la brisa que parecía convertirlo en bandera de la mano de obra barata.

Ingrid lo miraba como hacía todos los domingos cuando salía de la monotonía de su casa tratando de empaparse de rayos de sol y cielo abierto. El primer o último día de la semana, según la fuente que se consulte, lo vivía distinto entre tantos iguales.

El paseo que realizaba con su amiga comenzaba por la feria artesanal, allí caminaban sorteando puestitos ubicados en hileras desparejas, serpenteantes, donde la policromía de los toldos resaltaba por entre las hamacas, toboganes y calesitas de hierro, también multicolores.

Feria que de tal solo guardaba un recuerdo agonizante; hace rato que esos espacios dejaron de ser exposiciones de artesanía para convertirse en pequeños negocios pintorescos en los que se ofrecen artículos importados. El arte y los artesanos quedaron sepultados entre las raíces de los árboles añosos cuyas copas trataban, infructuosamente, de agitar la memoria de un ayer que tal vez no fuera mejor, pero seguramente, fue mucho menos comercial.

Transitaban entre aroma a sahumerios, globos de aluminio, adornos de vidrio, instrumentos musicales de madera y mucha ropa entrada al país en inmensos buques, que arañando olas encrespadas tras larguísimas travesías, al tocar puerto habrían de triturar migas de pan en las mesas de los trabajadores obligados a colgar sus mamelucos antes de tiempo.

La influencia “made in” logró troncharle los talones al futuro cuando descerebrados del mundo contemporáneo decidieron que era más redituable importar que producir. De allí que el mundo fuera lanzado por un precipicio hasta quedar inmerso en una brutal crisis económica y ejércitos de desocupados impulsados barranca abajo comenzaron a pulular por las grandes orbes, ataviados con frágiles armaduras de miseria.

A ella le encantaban los amontonamientos de tonos estridentes chocándose entre sí sobre las telas: amarillo, violeta, naranja, verde brillante, turquesa, rojo fuego, negro.

Como el vestido de colores “made in Bangladesh” que resaltaba entre los otros, atrayendo su mirada.

-Me pregunto por qué no te lo comprás, comentó Haydee. Siempre te gustó esa ropa y sobre todo ese escándalo explosivo de pigmentos alocados. Convengamos que no sería la primera vez que te apartás de la discreción, agregó, y siguió diciendo:

-Además reconozcamos que es tu estilo histórico. Te recuerdo jovencita, descalza, con el pelo lacio, llovido, cayendo sobre tu espalda cubierta por telas coloridas como ésa. Hablabas de la guerra de Vietnam queriendo ir hacia allá para cuidar a los niños huérfanos; recordaba la mujer como tratando de empujar la decisión de su amiga de tantos años que ese domingo se reprimía frente al puesto mirando pensativa el bailoteo de la prenda.

-Gringos hijos de puta, decías con un odio que parecía nacer en tu estómago. ¿Te acordás? Preguntó Haydee sonriendo al evocar ese pasado inolvidable del que ambas fueron parte.

-Si, me acuerdo y lo seguimos diciendo, ¡gringos hijos de tres mil putas! no te despegues de la consigna que también fue y es tuya, enfatizó Ingrid sonriendo y antes de explicar el motivo de su inminente negativa.

-No, no lo compro. Hay algo que siento como escondido en esos pliegues. Intuyo que cada puntada atraviesa el llanto de niños sin madre. Como todo lo que se ofrece hoy está empapado de ninguneo a la vida, trasciende el límite del espanto en medio de esta guerra actual, sin balas a veces, pero guerra al fin.

- Mirá ese rojo, parecen brasas encendidas sobre el ocre oscuro de aquellos cuerpos doblados sobre las máquinas de coser. Siento escalofríos, quisiera meterme en la trama de ese tejido, entrar por cada agujerito, acabar con aquella vergüenza. Aparecer lejos de aquí, trasladarme hacia donde los ayes son ignorados y se convierten en agujas punzantes.

-Vos sabés de qué te estoy hablando, lo comentamos cuando sucedió, recordó y sin esperar respuesta siguió diciendo:

- Miralo bien, decime si las manchas no parecen las siluetas de esas mujeres. El verde se ve como un charco de lágrimas y el amarillo es como que explotara. ¡El vestido estoy segura que salió de aquella maquila, Haydee! ¡De ese lugar donde las grietas de las paredes se invisibilizaron escondiendo la tragedia tan anunciada como evitable!

-¡Ay no! No, Ingrid! definitivamente hoy estás muy angustiada, vamos hacia otros puestitos, olvidate de ese vestido, casi ordenó Haydee contagiada por la congoja de su amiga. Ambas mantenían los mismos conceptos desde siempre.

A metros de la percha donde seguía danzando su ritmo de aire y matices el vestido “made in Bangladesh”, un grupo de jóvenes seguidores de algún gurú al que una pseudo sacralización premiara con fortuna impresionante, movía sus pies al compás de un ritmo pegadizo. Ataviados con túnicas livianas, casi transparentes, en las que predominaba el color naranja, hacían sonar sus mridangas y kártalos mientras repetían su mantra krisnaísta con la mirada como ausente, perdida en su propia incógnita.

Metida vaya a saberse en qué extraño laberinto inexpugnable, en tanto agitaban sus cabezas rapadas. Mutiladas por dentro, desnudas por fuera, sobrevivientes de un permanente funeral de neuronas al que fueron introducidos y del que no podrán salir con facilidad.

A pocos metros de ahí, casi chocándose como los colores del vestido, un grupo de personas escuchaba atentamente a un señor que disparaba culpas sobre los oyentes, a la vez que aseguraba que de algún cielo rencoroso, impúdico, de celeste más claro que el estampado en la tela del vestido, llegaría la salvación eterna. Siempre y cuando se cumplieran órdenes y no se cuestionara nada. Siempre y cuando se mirara hacia las propias tripas. Falsos profetas del apocalipsis con ínfulas de “elegidos”.

Sectas aquí, sectas más allá y esa contaminación purulenta que se extiende y actúa como telaraña donde quedará atrapada la voluntad y la autonomía de las víctimas.

Ingrid apuró el paso hacia la salida del predio, una oleada de indignación se sumó a la angustia formando ese cóctel explosivo que suele arruinar jornadas, aunque el sol acaricie tibiamente y la tarde se acurruque en el tapiz matizado de verdes, donde los niños revuelcan su infancia y los adultos ven correr los días iguales, casi pegajosos.

-Vamos Haydee, es demasiado por hoy. Este hermoso domingo de otoño se juntaron muchas víctimas en este espacio. ¡Y ya estoy harta de víctimas y harta de estupidez!

El vestido siguió danzando su ritmo mientras los colores parecían ir empalideciendo la tarde que agonizaba. Como la de Bangladesh.

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