• Susana Maroto Terrer

    Cultivo de humanidad (Ensayos)

    Cartas de Gertrudis Gómez de Avellaneda (I)

    por Susana Maroto Terrer



El concepto de amor en las cartas de Gertrudis Gómez de Avellaneda a Ignacio Cepeda.

1ª parte: introducción y concepción amorosa romántica


Uno de los grandes temas que ha motivado a los artistas de todos los tiempos ha sido el amor. Tal vez sea su intemporalidad la que hace de éste un tema recurrente que nunca pasa de moda. Y todos los autores, ya se dediquen a la escritura, a la pintura o a la escultura, siempre tendrán entre sus obras alguna de temática amorosa. Además, al tratarse de un tema familiar para todas las personas, pues siempre se tiene algo que decir al respecto, siempre gozará del favor popular, ya que todo el mundo podrá interpretar según sus propias experiencias lo que el autor quiere expresar, llegando a conclusiones que satisfacen en mayor grado el ansia de conocer el significado por parte de los receptores de la obra, algo que no sucederá si se trata de un tema profundamente especializado del que sólo unos pocos tienen conocimiento.
Sin embargo, el arte se construye a partir de una realidad, siendo únicamente el reflejo subjetivo de una percepción humana. Así, cada artista en principio lo que plasmará en su obra será su modo de sentir y de concebir el mundo. La obra artística sería por tanto el cristal a través del que el autor ve la realidad, para mostrárnosla bajo una forma concreta, resaltando lo que quiere hacer ver, y omitiendo aquello que le parece menos importante.

Así ocurre con nuestra Gertrudis Gómez de Avellaneda, que nos plasma en sus cartas su modo de sentir. Podemos pensar que como toda literatura puede existir entre sus folios cierta fantasía que no correspondiera con la realidad de sus sentimientos, pero también hemos de tener en cuenta que ella no escribe este epistolario con la intención de crear auténtica literatura, pues una carta es algo privado que cuando se escribe se hace para comunicar algo a un destinatario concreto y no con el pensamiento de que en algún momento llegue a publicarse como una obra literaria que a fin de cuentas leerán más personas que el único receptor al que va dirigida. De hecho Alexander Roselló Selimov aclara al respecto que en 1907 se produce la reaparición literaria de Tula “por medio de la publicación no autorizada de sus cartas a un tal Ignacio Cepeda. Los secretos íntimos de la difunta se convirtieron en la noticia del día.” (4), Por ello discrepo con lo que dice este autor, “las cartas son, más bien, un testimonio de su ideario romántico, ético y estético” , en el sentido que si lo son no es porque en algún momento la autora tuviera esa intención. Sin embargo, es innegable que tras su publicación totalmente inesperada se han puesto al descubierto ciertas facetas de la Avellaneda que sí podrían haber convertido su obra en un testimonio de su ideario romántico, ético y estético. Lo que quiero decir es que no ha sido algo intencionado, que la autora no ha escrito el epistolario de esa forma, cuidando sobremanera la escritura, pensando en un futuro comercio literario, si queremos llamarlo así, sino únicamente pensando en el destinatario de sus cartas, que a fin de cuentas es lo que hace todo el mundo cuando escribe una carta. La única diferencia es que ella es una mujer cultivada y su destinatario también, de forma que lo aprovecha y escribe al son de su corazón y de su intelecto. Pues dependiendo del destinatario usaremos un trato u otro, unas palabras u otras, unos saludos y despedidas u otros. Por eso creo que si Gertrudis estaba enamorada, sus cartas serían totalmente sinceras, o, como mucho, que retocara ciertos aspectos de su realidad para llamar la atención de Ignacio. En cualquier caso no lo considero un recurso literario premeditado para conseguir un gran éxito entre el público.

Mi labor con este análisis no es definir en qué consiste el amor, no es mi incumbencia definirlo, pues eso es una tarea tan imposible como innecesaria. El amor, al igual que la literatura, no se define. Nadie quiere leer acerca del amor, lo que se busca es sentir amor, sentir la literatura. Únicamente, (que paradoja, ni que fuera una tarea fácil) he de descubrir cómo vive Gertrudis Gómez de Avellaneda su amor por Ignacio Cepeda y cómo lo expresa en su epistolario.

La Real Academia Española define este concepto a través de cuatro acepciones:

1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.
3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.
4. m. Tendencia a la unión sexual.

Pero a lo largo de la historia, la literatura ha moldeado este concepto según la ideología, la cultura y la sociedad de la época, como ya hemos visto en la introducción.

Gertrudis Gómez de Avellaneda corresponde a la culminación del Romanticismo y como buena romántica nos muestra a una mujer, prototipo ideal de la época e ideología, cuya pluma se guía por el compás de su romántico corazón.

La concepción amorosa romántica radica en el amor cortés-trovadoresco del siglo XII, aunque este corresponde a las circunstancias de la corte medieval. Se trata de un amor no correspondido, irrealizable que a veces se concibe como un servicio o vasallaje del poeta a una dama inalcanzable, incluso divinizada; otras veces la realización del amor impide los acontecimientos del destino que se imponen en medio de los amantes. En el fondo se trata de un amor espiritual que debe olvidar toda esperanza de posesión. Pese al ideal, el poeta siente deseos y pasiones carnales; como debe renunciarlos, el sentimiento amoroso va acompañado de dolor, de sufrimiento, de padecimiento. El amor se reduce a oposiciones pasión/dolor, gloria/infierno, vida/muerte. El poeta es cautivado por el destino, por el amar y sufrir, y hasta se complace en ello porque el sufrimiento por amor ennoblece al alma.

El amor también puede simbolizar en el romanticismo lo metafísico, el anhelo del hombre de lo que debe ser y no es, la vanidad de ese anhelo, discrepancia entre la idea y la realidad, desilusión como arquetipo de discordancia entre el mundo exterior y la subjetividad. El individuo derrotado por la realidad toma esta derrota como fundamento de su actitud metafísica subjetiva. El hombre nace para padecer por no poder cumplir el deseo de saber quién es Dios y dónde está. El bien y la ilusión son la esperanza perdida.

El amor humano es tratado con una enorme riqueza de matices, pero el tema siempre trasciende lo meramente amoroso para considerar el dolor, la muerte, las normas sociales en la desgracia de la mujer o la indiferencia del mundo ante el sufrimiento de los hombres.

Todo ello se expresa a través de la subjetividad de forma libre y con mucha sinceridad del mundo interior, del yo personal, del ego: emociones, sentimientos, anhelos. Se busca la originalidad en la propia intimidad. Manifiesta tristeza, melancolía y desesperación, por que el romántico es un ser fantasioso, cuyos deseos e ilusiones chocan constantemente con la realidad. El amor atrae al romántico como vía de conocimiento, como sentimiento puro, fe en la vida y cima del arte y la belleza. El romántico ama el amor por el amor mismo, y éste le precipita a la muerte y se la hace desear, descubriendo en ella un principio de vida, y la posibilidad de convertir la muerte en vida: la muerte de amor es vida, y la vida sin amor es muerte. En el amor romántico hay una aceptación de la autodestrucción, de la tragedia, porque en el amor se deposita la esperanza en un renacer. En el amor se encarna toda la rebeldía romántica. En la muerte, el alma romántica encuentra la liberación de la finitud.


Notas:
4) Gertrudis Gómez de Avellaneda, Autobiografía y epistolarios de amor, ed. De Alexander Roselló Selimov, Delaware-Newark, Juan de la Cuesta, Barcelona, 1999, p.21.

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