• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    Víctor Lince, pistolero en Navidad

    por Manuel del Pino


Víctor Lince eligió un mal día de Nochebuena para volver a Albera y ver a su familia, porque en cuanto las autoridades le vieron, le metieron en el calabozo.

La celda era pequeña y fría, de cuando la dictadura. Entre la sierra de Sevilla y la campiña, en Albera hacía bastante frío en Navidad. La cama tenía poco abrigo, sólo le pusieron una manta y ni un mal calefactor.

Acusado falsamente de conspiración política, robo y asesinato en Albera, el futuro de Lince era ser juzgado y pasar los próximos treinta años en la cárcel.

Ante esas acusaciones, su familia no podía hacer nada por él. Solo y abandonado en un calabozo oscuro y húmedo, cualquiera otro en su lugar habría tenido la tentación de colgarse de la sábana ante esa perspectiva, pero Lince tenía otros planes.

Para su sorpresa, sólo recibió la visita de Carla Ruiz, antes de que pasaran las 72 horas y ponerle a disposición judicial. Carla solía pasar unos días de Navidad en Albera, de donde era natal también el inspector Jorge Leiva, para desconectar de Madrid. La dieron permiso para visitar a Víctor Lince en su celda gracias a sus influencias policiales en la localidad. A pesar de su belleza y juventud, el rostro de Carla Ruiz estaba en aquella ocasión crispado y descompuesto, y Lince se extrañó de verla así.

- Se trata de Leiva, mi jefe – dijo Carla –. Ha sufrido un atentado y está grave en el hospital.
- Vaya – dijo Lince –, creí que venías preocupada por mí.

Todo era culpa de la lucha sin piedad entre la ONG Justicia Internacional, conocida como la Rosa Blanca, y la organización secreta criminal la Rosa Negra, que en esos días se libró en la localidad de Albera. Pues el inspector Leiva era el director de Justicia Internacional en Albera, la ONG más preocupada por asistir a todos los afectados graves por la crisis. Pero eso entraba en colisión con los intereses de la Rosa Negra, que quería sacar tajada a su manera también de la miseria y desesperación de los parados y desahuciados de la crisis.

La Nochebuena, cuando Leiva regresaba tranquilamente a la casa que había sido de sus padres, descubrió con pavor que estaba ardiendo. Y no contentos con eso, los criminales le dispararon cuando corrió hacia la casa llamando a los bomberos. El ataque fue con nocturnidad y alevosía, cobarde y amparado en el anonimato. Los agresores huyeron con prisas en la oscuridad por entre las callejas, no sin antes dejar una rosa negra como firma sobre el agonizante inspector.

Cuando llegaron los bomberos, hallaron a Leiva en el suelo, con un disparo en el vientre y otro en el brazo. Su situación era grave, pero había salvado la vida. Carla llegó al día siguiente, como ya tenían convenido, y se encontró con el pastel.

Desde entonces y para el resto de su vida, el inspector Leiva detestó sin remedio la Navidad. Pensaba que el espíritu navideño actual no era más que intentar hacerse ricos con la lotería. Ahora cualquiera se disfrazaba de Papá Noel, esa figura estupenda había perdido toda su magia. Las obligadas comilonas de esos días provocaban en la gente indigestiones y colesterol. Los cotillones ponían el listón demasiado alto: todo el mundo debía divertirse, alternar, ser feliz, pero de hecho a cada cual le iba según sus circunstancias anteriores, por lo que muchos acababan frustrados, con el único consuelo de la borrachera para su decepción. De repente el mundo se volvía solidario y conciliador, por supuesto sólo en un trato superficial sin consecuencias, para volver en cuanto acabaran las fiestas a las ancestrales trifulcas y egoísmos. Y por último, se decía el pobre Leiva en su cama de hospital, ya no ponían en la tele las maravillosas películas navideñas de su infancia, sino engendros frívolos y desconocidos.

El inspector pasó todas las navidades en el hospital, cerca del coma y con posibles secuelas para el resto de su vida. Por eso su ayudante Carla Ruiz quería vengarle cuanto antes.

- Son unos puercos cobardes que huyeron – dijo Carla –. Pero sabemos quién es el jefe. Le llaman Torquemada. Es un tipo deforme y muy peligroso, que nadie ha visto nunca. Ahora está aquí, de incógnito, planeando en secreto los crímenes que la Rosa Negra cometerá el año próximo. Debes infiltrarte en la organización y matarle.
- ¿Así de fácil? – dijo Lince –. ¿Y cómo voy a hacerlo?
- Ése es tu problema. Si no quieres pasar tu vida entera en esta pocilga, encuentra a ese cerdo de Torquemada y mátalo.


* * *


Como no era tonto, Lince accedió, aunque sabía que le estaban utilizando de carnaza ante los depredadores. Recordó “Por un puñado de dólares” del gran Sergio Leone, una de sus películas favoritas, y decidió aprovecharse de ello. La Rosa Blanca a un lado, la Rosa Negra a otro, y él en medio.

La Rosa Negra funcionaba como una sociedad secreta. ¿Dónde encontrarles? Esa tarde del día de Navidad, mientras la gente seguía de fiesta, Lince averiguó que había en las afueras un cortijo abandonado donde nunca iba nadie, porque circulaban sobre él en Albera historias de fantasmas y demonios, no del todo falsas.

Lince no supo dar la contraseña a los vigilantes del cortijo, pero se presentó con su verdadero nombre, para ofrecer sus servicios como matón a sueldo a Torquemada. Para entonces, la fama de malhechor de Víctor Lince se había extendido por toda España y parte de Europa, así que su visita despertó la curiosidad de la Rosa Negra, ansiosos por hacer tan gran fichaje para su sindicato del crimen.

Los vigilantes registraron a Lince para comprobar que no llevaba armas, le maniataron, le pusieron una capucha para que no viese nada y le metieron en el viejo cortijo. En el trayecto Lince oyó unos cánticos tan extraños, por parte de los miembros de la Rosa Negra, y unas consignas tan peligrosas, que casi se arrepintió de haberse metido en ese nido de víboras, donde no podía resultar nada bueno para él.

Al llegar a la habitación más profunda del cortijo, los vigilantes le quitaron la capucha, aunque le dejaron atadas las manos. Por primera vez, Lince pudo contemplar el aspecto de Torquemada.

Era un mexicano ya maduro, que siempre iba con sombrero, gafas negras, bufanda y guantes, para que no se vieran sus facciones. En el pasado, algunos de sus enemigos le capturaron y torturaron en represalia por sus crímenes. Le arrancaron los ojos y la nariz de cuajo, le prendieron fuego para quemarle vivo y que muriera así. Pero para su desgracia y del mundo, alguien le encontró antes de que terminara su agonía y sobrevivió. Desde entonces sus hombres le llamaban Torquemada.

Cuando hablaba con sus interlocutores, a veces la bufanda se le bajaba un poco, y mostraba parte de su cara monstruosa. Lo prefería así, para producir pavor en quien osara ponerse ante él. Por ese motivo, tampoco había optado por la cirugía, a pesar de que sus delitos le hicieron multimillonario. Su voz seguía no obstante grave y profunda. No sólo su cuerpo era ya un monstruo para siempre, también su alma. Para él la vida de los demás no valía nada. Así se lo habían mostrado las durezas del mundo. No dudaba en ordenar la tortura y el asesinato de sus enemigos, o de sus hombres ineptos y traidores, como habían hecho con él.

Incluso sus secuaces le evitaban, salvo el aventurero rumano Lionel Oituz Radescu, su perro lazarillo y de presa allá donde iba.

La tortura y la ceguera habían desarrollado los otros sentidos de Torquemada, por no hablar de su maligna inteligencia.

- No hueles a miedo, como todos los demás – le dijo a Lince nada más le oyó entrar –. No me fío de ti.

Lince trató de convencerle de que estaba dispuesto a hacer gratis el trabajo sucio, con tal de que le dejaran ingresar en la Rosa Negra, y después escalar puestos poco a poco de poder criminal y de riquezas.

Torquemada no se creyó sus buenas intenciones, ya que por sistema desconfiaba de todo el mundo. Decidió someter a Lince a una dura prueba, por haberse presentado por sorpresa en el cortijo abandonado, para ver si era verdad lo que decía.

Ordenó a sus lacayos que le dieran una paliza. Los guardianes le sujetaron, Oituz y otros se turnaban para darle puñetazos. Se tomaron el trabajo muy en serio, golpeando cada vez más fuerte en la cara y en el estómago de su nueva víctima. Sentían un íntimo placer en soltar la bestia que llevaban dentro, cumpliendo las órdenes de su jefe, y en humillar a Lince, hasta que cayó de rodillas y no pudo levantarse. No tenían nada que temer: Lince estaba indefenso y nada podía hacerles.

Torquemada reía divertido, al oír los gritos y lamentos desgarrados de Lince. Cuando le oyó caer al suelo, le preguntó con desprecio:

- ¿Quién te envía? Habla o te matarán a palos aquí mismo.

Lince tuvo que hablar para salvar su vida, aunque apenas podía articular palabra. Les contó que todo era idea de la agente Carla Ruiz, en represalia por el ataque que había sufrido su jefe, el inspector Leiva, que llevaba la firma cruel de Torquemada.

El líder de la Rosa Negra rio con maldad. Le preguntó a Lince si quería vivir. Lince suspiró que sí. Entonces Torquemada le propuso un reto para ingresar en la organización. Debía hacerle una visita a Carla Ruiz, con la excusa de contarle sus progresos en la investigación, y contarle que esa noche de Navidad habría una orgía aquelarre de la Rosa Negra en el cortijo abandonado: sería el momento ideal para matar a Torquemada, pero tendría que asegurarse de que Carla Ruiz vendría sola.

Una vez despachada Carla Ruiz, debía ir al hospital y liquidar también al inspector Leiva para siempre. Torquemada le hizo un gesto a Oituz, quien entregó a Lince su nueva arma: Una Walther P99 del mercado negro, ligera, manejable y certera en el disparo. Si cumplía su objetivo, Lince ingresaría en la Rosa Negra.

- Tranquilo – le dijo a Torquemada –. Yo siempre cumplo mis promesas.

A esas alturas de la conversación, a Torquemada ya se le había bajado la bufanda, y mostraba su rostro quemado bajo las gafas negras sin nariz ni ojos.

- Más te vale – dijo.


* * *


- ¿Qué te ha pasado? – le preguntó Carla Ruiz.
- Gajes del oficio – repuso Lince.

Y le contó que Torquemada requería su presencia para el aquelarre orgía de esa noche, en pleno día de Navidad, para mostrar las malas artes de la Rosa Negra.

Con tal de conocer a Torquemada y a la organización, Carla accedió a ir sola con Lince en su coche privado, sin ningún distintivo de la policía. Osó presentarse en el cortijo con su minifalda de colegiala, que mostraba gran parte de sus rollizas piernas, además de su esbelta figura, melena castaña y altiva pose.

El efecto fue inmediato. Todos los hombres de Torquemada se volvieron en seguida a comérsela con los ojos. Lince ya estaba acostumbrado, así que se limitó a avanzar junto a Carla hacia Torquemada, entre las antorchas que alumbraban la trasera del cortijo abandonado en la oscuridad de la noche.

Torquemada notó la conmoción de sus hombres. No podía ver a Carla, pero sí oler sus penetrantes feromonas de soberbia hembra.

Los esbirros cachearon a Carla despacio para comprobar que no llevaba armas en ningún rincón de su torneado cuerpo.

- ¿Qué es esto? – dijo Oituz echando mano al generoso escote de Carla.

La chica le dio un buen manotazo.

- Es mi inhalador – dijo –. Me dan ataques de asma al aire libre y lo necesito. Como me toques las tetas, te doy un sopapo que flipas.

Al oírlo Torquemada, le indicó a Oituz que lo dejara estar y éste tuvo que obedecer, pese a que prefería registrar todo lo que pudiera haber en aquellos ovalados pechos juveniles. Harta de sobones, Carla se revolvió con furia para deshacerse de ellos y le dijo a Torquemada con voz chillona impertinente:

- Ya ves, he venido.

La joven disimulaba el efecto que ese monstruo le producía, aunque llevara su perpetuo sombrero, gafas oscuras y bufanda. Torquemada no le contestó, se limitó a seguir husmeando el perfume embriagador a mujer, con sus fosas nasales sin nariz. Carla se repuso de la impresión y le dijo:

- ¿Esto no iba a ser una orgía? ¿Dónde está la fiesta y las demás chicas?
- Tú eres la fiesta y la chica – dijo Torquemada.

Levantó la mano y al momento sus hombres sujetaron a Carla. La llevaron a la vieja mesa de piedra donde antiguamente despachaban los cortijeros y la pusieron encima. Carla chillaba y pataleaba, pero no podía soltarse. Lo único que logró fue excitar bastante más los ánimos, pues en su lucha la falda de colegiala dejaba ver sus braguitas blancas y todos sus muslos. Torquemada se dirigió a Lince:

- ¿Te importa que la violemos entre todos?
- Al contrario – repuso Lince –. Me encantará ver cómo machacáis a esa hiena.
- Estupendo. Cuando hayamos terminado y esté medio muerta, tú le darás el tiro de gracia, para cumplir con el trato.

Lince sacó la Walther P99, la montó y apuntó con ella a Carla, para que los esbirros de Torquemada pudieran violarla con tranquilidad. Echada sobre la mesa, la joven miró a Lince con odio y le escupió:

- Eres un cerdo. ¡Ojalá te violen y te maten también a ti después!
- Eso te pasa por utilizarme – le dijo Lince con indiferencia –. La Rosa Negra me ha tratado mucho mejor que la policía.

Oituz tomó del brazo a su jefe Torquemada, siempre dispuesto a obsequiarle con sus atenciones de lacayo vil, y lo condujo hacia Carla.

- Empiece usted a gozar de la moza – le dijo.

Torquemada se detuvo un instante. Era evidente que también sufría ya problemas en su masculinidad, aunque no podía confesarlo ante sus hombres, pues eso le haría perder autoridad, por mucho que lo disimulasen.

Entonces Carla aprovechó su último momento. Sacó el inhalador del escote, que en realidad era un bote de pimienta antivioladores, y roció con él las fosas nasales descarnadas de Torquemada y el hocico zorruno de Oituz.

Sin nariz siquiera para protegerse, Torquemada se retorció por el suelo, con las fosas nasales y las cuencas vacías de sus ojos repletas de pimienta. Era lo peor que podía pasarle. Incluso Oituz cayó de rodillas, rascándose la cara con las manos, por la corrosiva pimienta que les hacía toser ahogándose.

Lince disparó con rapidez, pero no a Carla, sino a los hombres de Torquemada para neutralizarles, antes de que pudieran reaccionar. Tres de ellos cayeron muertos, dos heridos y el resto corrió a protegerse, pues de lo contrario habrían muerto también.

Lince tomó a Carla de la mano y corrieron de allí hasta el coche, entre disparos enemigos en la noche oscura. Lo más importante entonces era salvar la vida.

Cuando ya circulaban veloces por la autovía, Carla le dijo al volante:

- No hemos vengado al inspector Leiva. Dejaste vivo a Torquemada y a su perro Oituz. Yo no podía llevar armas de fuego, pero les di su merecido.
- Al menos acabé con casi toda la célula de la Rosa Negra en Albera. Y te he salvado de sus garras. Con esta minifalda venías demasiado provocativa.

Lince miró de reojo las carnosas piernas, y Carla le dijo:

- ¡A que te quemo los ojos con pimienta a ti también, aunque nos estrellemos los dos con el coche!.

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