• Ricardo Iribarren

    La Palabra Olvidada

    La Agonía del Unicornio (14)

    El Doctor Petrov. El Beso de Mika

    por Ricardo Iribarren


Se había olvidado de las cosas simples y naturales. Bañarse de pronto en el mar, hacer el amor sin pensar o salir de viaje y no prever las consecuencias.

El. Doctor Petrov miró preocupado la pequeña partícula luminosa que parpadeaba en el fondo de la caja. Años atrás, cuando dictara cursos a los militares acerca de cómo formar una logia, había enseñado la teoría de la maqueta. Leves variaciones introducidas en un modelo a escala y sometido a rituales, podían cambiar por completo la realidad de paisajes, situaciones y personas. El facultativo respondió afirmativamente cuando alguien le preguntó si aquello tenía que ver con el Vudú. Explicó los principios de la magia simpática, por la cual “lo igual actúa sobre lo igual”. Cuando reclamaron que cite las fuentes, contestó que era parte de la “Durapia”, nombre de la vieja enseñanza de los unicornios en la época en que alternaban con los humanos.

La tarde en que el escritor visitara la residencia del doctor Petrov para reclamarle que lo salve de la muerte, el viento cargado de vacío había separado esa partícula del cuerno. Aunque minúscula, la porción del asta era capaz de revelar el estado y la ubicación del unicornio. La caja que la contenía era ahora una maqueta. Desde que empezó la agonía, cuando una mujer llamada Irma La Morte fuera acribillada a balazos mientras apretaba su corazón, la organización Eunuperia seguía al escritor. Muchos de sus miembros eran militares de carrera y luego del golpe castrense, su poder se había multiplicado. Ya eran seis los unicornios a los que habían convencido de morir para convertir sus restos en polvo y brindar energía a hombres maduros.

A través de la porción de cuerno, el doctor Petrov podía intuir las maniobras de Eunuperia. Su actuar era lento, pero implacable. Un método era convencer al unicornio de que sólo era un hombre. El carácter de bestia fantástica, la sabiduría ancestral que decía poseer, no serían más que ilusiones. No podría evitar la muerte. La salud y la fuerza vital eran llevadas al borde del colapso. Empañando su alegría, le inocularían un veneno lento y sutil. Así había ocurrido con los seis unicornios cuyos cuernos habían terminado en el grueso vientre de militares de alto rango, obesos sacerdotes y ricos empresarios, brindándole un leve aumento de su fuego interior y una vaga promesa de inmortalidad.

El doctor Petrov observó con atención la niebla azul en el interior de la caja. Días atrás había visto un par de ojos y la expresión de un hombre de cara y cabellos rojos. Las pecas debajo de la barbilla, no eran manchas naturales, sino un tatuaje de la organización. Era el psiquiatra que había intervenido poco antes que el escritor lograra viajar al mundo sin nombre. Médico militar, se ocupaba de graduar las torturas a los adversarios políticos para evitar la muerte prematura . Conocía de memoria las obras del Marqués de Sade, en especial “Los Ciento Veinte días de Sodoma”. A los tormentos descriptos en la misma, los perfeccionaba con tecnología para aplicarlos a las víctimas.

En cuanto al hombre unicornio, se encontraba aún en el Mundo sin Nombre. Ubicado en uno de los círculos centrales, la agonía era una leve inquietud que crecía momento a momento. A veces la partícula mostraba imágenes de la glotis del escritor. El lugar preciso donde los sabores engendraban universos. El salado, acentuaba la voluntad y creaba ámbitos brillantes que florecían con rapidez. También podía sumergirlo en el miedo más profundo. El sabor dulce conducía a mundos donde predominaba la reflexión, que podía transformarse en obsesión.

Aún en el Mundo sin Nombre donde no tenía acceso, Eunuperia había logrado inocular gotas infinitesimales de sabor a aceite y a metal en el fondo de la garganta del escritor. Procuraban hacerlo retornar a su cotidianeidad, para iniciar la etapa que culminaría con su muerte.

En la caja, la partícula brillante produjo un ruido súbito, como si estallara. El interior se llenó de luz y se apagó enseguida. Aquello indicaba que el escritor unicornio había salido del mundo de Mika. El doctor Petrov debía encontrarlo rápidamente, antes que lo hiciera Eunuperia.

En la caja surgió la silueta de la muchacha. Caminaba vacilante ante la súbita desaparición del escritor. En su momento, ella también había sufrido una Cripsis es decir, un cambio en su aspecto para que pudiera interactuar con los humanos. El propio Petrov se había concentrado durante años introduciendo uranio en el hígado de aquel ser con forma de tres anillos brillantes. Había modelado su cuerpo, su rostro, reproduciendo los rasgos de Marilyn Monroe.

Ahora, el médico observó la silueta dorada y brillante de la muchacha contra el fondo azul y admiró su hermosura. Debía convocarla para encontrar al escritor antes que lo hiciera Eunuperia. No existían apelativos para llamar a los habitantes del Mundo sin Nombre. Sólo podía convocar a la joven murmurado un poema que encerraba un poderoso conjuro.

Llamo las moscas brillantes que hay en ti.
Las que pintan de plateado
la primera superficie de la luna
Las que cabalgan la tierra cuando las lombrices
se convierten en gemidos.
Muchacha, hay fango en tu mirada
que brilla con los destellos de la muerte y la vida
Pido tu boca
Tan sólo tu boca
Un trozo del viento cimbreante de tu entraña
Uno de los pájaros de tu desnudez.

Frente a estas palabras, Mika levantó la cabeza y empezó una danza ritual . La Cripsis largamente elaborada por Petrov, la capacitaba para coagularse, disolverse y de ese modo recorrer en un instante las complicadas barreras que separaban a ambos mundos. Bastaba con pasar del estado sólido al líquido o al gaseoso siete veces para llegar al universo de los humanos. Cuando decidiera marcharse, le bastarían otros siete parpadeos para retornar a su mundo.

En menos de media hora, la muchacha se encontró en la biblioteca. Vestía falda amplia y llevaba el cabello suelto con una faja que lo sostenía desde la frente. El doctor Petrov se acercó a ella. Apoyó las manos sobre los hombros y la miró fijamente.

— Mika, te voy a besar -dijo con voz grave-. Ella asintió con un gesto solemne de la cabeza.

A pesar de su hermosura, la joven no resultaba atractiva para el doctor Petrov. Muchas veces había comentado con su sirviente y confidente, que la joven era una hija para él y que en su naturaleza no estaba romper los límites del incesto. El médico despreciaba a figuras como Pigmalión, el artista enamorado de su obra. Por otro lado, utilizaba los besos no en sentido romántico, sino por sus propiedades técnicas y proféticas. Como chamán, debió hocicar desde gusanos a águilas, pasando por seres con forma o sin ella de casi todos los mundos que ocupaban el universo.

Mika tampoco sentía una particular preferencia por aquel contacto de mucosas. Simplemente accedía a los pedidos de Petrov. Se sentó y entreabrió los hermosos y gruesos labios que el médico modelara con luz destilada del corazón de los volcanes. De uno de los estantes cercano a los libros de Nemesio Agripa, tomó un elixir que pasó por los labios de la joven. Aquel beso no era el resultado de un impulso espontáneo, sino que, como la mayoría de las cosas que realizaba el facultativo, respondía a un estudiado ritual con un preciso objetivo

Alguien le había dicho alguna vez que su problema era el exceso de ritos. Se había olvidado de las cosas simples y naturales. Bañarse de pronto en el mar, hacer el amor sin pensar o salir de viaje y no prever las consecuencias. Petrov sabía el peso que tenía cada acción en la vida de las personas. Antes de dar un paso en cualquier sentido, calculaba las múltiples consecuencias en su vida cotidiana y en la de quienes lo rodeaban.

Mika, con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente inclinada, esperaba el beso. El médico midió el ángulo con un sextante, ajustó la inclinación de la boca y finalmente escogió una de las tantas técnicas para apoyar sus labios. En su momento había ensayado durante varios días con una réplica de la boca de la muchacha. En ella se reproducía desde el calor del paladar hasta la acidez de la saliva. Cuando todo estuvo listo, estrechó a Mika contra sí y le dio un profundo beso. Buscaba las imágenes que el contacto con el cuerpo desataría en su interior.

Vio un prado en medio de montañas con enredaderas de rosas. Vio un paisaje de invierno cubierto de nieve, sobre el que no dejaban de caer pétalos rojos que se convertían en sangre. Vio un águila volando hacia su nido con un plumón de nube en el pico. Vio marinos en sus barcos, inmóviles, silenciosos, con los ojos perdidos en la línea del horizonte.

La boca de la muchacha lo arrebató por calles luminosas. Sintió júbilo que en su visión se transformó en viento. Allí estaba el unicornio. Para correr tras él le bastaba introducir la lengua más profundamente en la boca de Mika. Finalmente logró ponerse a la par del escritor. La niebla salina entró por su nariz e invadió el fondo de la boca. Lo seguía por las cercanías del puerto. Por momentos se acercaba tanto que podía ver la mirada alucinada y la barba crecida. Marchaba hacia la costa. Los rayos reverberaron a lo lejos. Una tempestad se preparaba sobre el mar. Desde las tormentas, Eunuperia vigilaría a sus presas.

Petrov miró a su alrededor. Aquel lugar correspondía a la ciudad, pero no sabía dónde se encontraba. Necesitaba algo más preciso y no tenía demasiado tiempo. Debía haber introducido en Mika una droga etérea que le permitiera mantener el grado de pasión del beso, la contundencia de los fluidos; aquello que aumente el vínculo entre el mundo intermedio y el real.

Desde el aire, el médico pudo ver al escritor caminando en círculos en dirección a la playa. Advirtió que seguía a un par de siluetas difusas que por momentos se confundían con los brillos de la noche. Los halos iridiscentes y las auras tornasoles, indicaban que eran espectros. Un grupo de militares estaban apostados en una calle lateral a la costa. Detenían a los automóviles y les exigían documentación.

Cuando su lengua llegó cerca del fondo del paladar de Mika, advirtió que la muchacha estaba por toser. El espasmo trepó lento por su laringe. Debía encontrar algo que le permitiera ubicar al unicornio, pero la tos crecía como una nube. Un momento antes de separarse, vio sobre la arena un destrozado cartel que anunciaba una marca de ginebra. El escritor se había detenido junto a él y se sostenía con gesto abatido.

El doctor Petrov se separó de Mika y la dejó toser.

— Sé dónde está  -dijo- Ahora debo ir a buscarlo. 

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