• Juan R. Mena

    Contraluz

    Pájaros en la Literatura (IV)

    por Juan R. Mena


El doctor don Juan García-Cubillana, compañero de la Academia San Romualdo de Ciencias, Letras y Artes, es en San Fernando (Cádiz), me atrevería a decir, el mejor conocedor de los canarios Malinois. Pero antes de mi experiencia con esos delicados pájaros, en mi inicio de aficionado, he de recordar en este arte paciente y esmerado de contemplar, más que de criar a esas pequeñísimas criaturas, los que me regaló dos años antes mi también otro amigo don Francisco Márquez Castejón.

Los canarios de Paco Márquez eran verdes, como son, según dicen los canariólogos más entendidos, los primitivos, como también lo dice Juan Ramón Jiménez en Platero y yo. Sin embargo, cuando el doctor García Cubillana me regaló los suyos, me quedé sorprendido al verlos: eran blancos como de níveo plumaje y de comportamiento más sosegado. Su nombre europeo parece que acompañaba a su carácter de canarios menos dinámicos en sus movimientos, pero de canto más dulce. Se llama “Malinois”.

Otros pájaros tampoco han tenido la fortuna literaria que el canario y el ruiseñor. Por ejemplo, el jilguero. la calandria o el mirlo. Recordemos la Canción a un jilguero de Pedro Soto de Rojas (1585-1658)

¡Oh cuánto es a la tuya parecida
esta mi triste vida!
Tú preso estás, yo preso;
tú cantas y yo canto,
tú simple, yo sin seso,
yo en eterna inquietud y tú travieso.
Música das a quien tu vuelo enfrena;
música doy, aunque a compás de llanto,
a quien me tiene en áspera cadena.

En lo que es diferente
nuestro estado presente
es en que tú, jilguero,
vives cantando y yo cantando muero.

En cuanto a la calandria, se nos viene a la memoria aquel romance que comienza "Que por mayo era por mayo..." y que se ha dado en llamar Romance del prisionero, aunque, en este caso, la calandria tiene el privilegio de ser pareja del famoso ruiseñor.

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor,
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión,
que ni sé cuándo es de día,
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.

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