• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    Víctor Lince contra Shylock Holls

    por Manuel del Pino


Sentado en el escritorio de su suite malagueña, el señor Shylock Holls se sacudió levemente la manga de su traje de tweed, entrecruzó los dedos y dijo con acento inglés, observando a Víctor Lince, que seguía de pie ante él:

- Evidentemente es usted un joven apuesto, que debe tener gran predicamento entre las damas y jovencitas allá donde vaya.
- Genial – dijo Lince.
- Aunque posee usted cabellera rubia y ojos claros, por su tez tostada, esa manera informal de vestir y esa pose tan desenvuelta, yo diría que es también del sur de España, ya que habla con acento andaluz.
- ¡Sublime!
- Y ya que ha venido adrede a mi hotel en Málaga, supongo que tiene algo que consultarme, igual que los que me visitan en Inglaterra y por todo el mundo. Pero le advierto que soy caro, ya que a diferencia de mi bisabuelo, no me gano la vida como detective profesional, sino como asesor en marketing de finanzas y de bolsa.

Lince hizo un gesto de circunstancias.

- Por su porte – siguió Holls –, diría que pertenece a una buena familia del sur de España, pero por su indumentaria parece que desde muy joven ha elegido una vida de aventurero o trotamundos. ¿Puedo saber su nombre?

Lince puso sus dedos índice y pulgar ante su rostro en expresiva forma de “L”.

- Ah, lo sabía – dijo Shylock –. Es usted ese joven del que todos hablan en España, y también los pillos de Londres. Víctor Lince. Dicen los orgullosos españoles que usted derrotaría a mi bisabuelo, si hubiera podido enfrentarse a él.
- Podría ser.
- Pero puede enfrentarse a mí para comprobarlo. ¿Por qué no lo hace, señor Lince? ¿Qué es lo que quiere de mí exactamente?
- ¿Aún no lo sabe? – dijo Lince burlón –. Creí que ya lo había deducido.

Míster Holls torció el gesto con afectada insolencia.

- Por lo que veo – dijo –, es usted un joven truhan, sin oficio ni beneficio. Puedo hasta augurarle el futuro, lo que no es cosa de adivino, sino de lógica. Un buen científico que observe con detalle a un niño, podría predecir cómo va a ser de mayor, incluso sus logros y sus desgracias. En su caso, como se ha metido en muchos problemas, dentro de poco alguno de sus múltiples enemigos le abatirá en la calle o en una carretera; si tiene suerte, será la policía quien le detenga y le meta a la sombra el resto de su vida. Todos los rateros del mundo acaban de la misma forma, antes o después. Sin embargo, yo seguiré con mi vida de alto standing, disfrutando de manjares, riquezas y mujeres, en los selectos paraísos del mundo.
- Se pasa de listo – dijo Lince –. Entonces, ¿a qué he venido, según usted?

El señor Holls no se lo pensó ni un instante.

- Le han amenazado de muerte, o le están chantajeando, y usted quiere que descubra a los culpables y les dé su merecido. Pero le advierto que a estas alturas de su degradación moral, eso va a ser casi imposible.
Lince se sentó en el incómodo sillón moderno ante Holls y le dijo:
- Se equivoca del todo. Yo sé lo que usted ha venido a hacer aquí: asesorar financieramente a José Rabadán, tesorero del Partido Demócrata Independiente, que ahora está en serios apuros. Rabadán entró en política muy joven, porque no tenía mejor oficio ni beneficio, pero mira por dónde, eran los años del boom, se puso en el lugar adecuado en el momento preciso. No tenía que hacer nada, sólo firmar los documentos que le ponían sobre la mesa, y llevarse a casa los sobres que le daban a cambio. Su mujer y él llegaron a dormir en un colchón forrado de billetes de cien y de doscientos, antes de colocarlos en Suiza. Pero ahora las cosas se tuercen, estalla la crisis, los escándalos y las cuentas en Suiza con dinero público. De repente, Rabadán tiene que dar explicaciones ante los periodistas y ante su partido. No sabe qué hacer. Le informan de que en Londres hay un asesor financiero de primera, y aquí está usted.

Holls sacó una cajita del bolsillo, esnifó un poco de rapé, estornudó y dijo:

- ¿Me está acusando de encubrir a corruptos?
- Nada de eso. Deduce usted demasiadas cosas. Sólo le digo que quiero la mitad de su comisión, cincuenta mil euros de los cien mil que va a cobrar. Ya no hace tanto frío, le estaré esperando esta noche en una terraza junto a la catedral. Traiga el sobre, o lloverá sobre mojado y toda Málaga y España va a enterarse de la “Operación Holls”, lo que no creo que haga mucha gracia tampoco a Rabadán.

El señor Shylock perdió el tono disoluto y confiado que mantenía por costumbre en sus discursos frente al mundo.

- ¿Cómo se ha enterado de todo eso?
- Deduciéndolo, querido Holls.
- ¿Tanto le gustan “Las aventuras de Sherlock Holmes”?
- Prefiero las de “Arsene Lupin contra Herlock Sholmes” – repuso Lince con el mismo desdén antes de marcharse.


El casco antiguo de Málaga posee el encanto del contraste. De la plaza de la Constitución salen arterias plagadas de restaurantes modernos y tiendas para turistas, mientras en otros rincones se respira el abandono de edificios viejos o ya derribados. Málaga huele a salitre del puerto cercano, a libertad. Sobre sus calles ruidosas frecuentadas por turistas se oyen los sugerentes graznidos de alguna gaviota. Sólo una torre de su soberbia catedral está acabada… como Hispania misma.

En su hermosa suite de la calle Larios con vistas al puerto, Holls recibió después, con su típica cortesía inglesa, la visita de la agente Carla Ruiz. Tan galante fue Holls que la metió en su cama. Ese día Carla no se dejaba tocar, Holls tenía que conformarse con observar sus puntiagudos pechos juveniles bajo la camisa, su altivo rostro perfecto, la melena castaña jugando con sus hombros. Carla aguantaba mohína, cruzada de brazos como si esperase algo.

- Déjame. Hoy no tengo ganas.
- Me están chantajeando – dijo Holls –. Ese perro de Lince me pide cincuenta mil. ¿Cómo voy a darle la mitad de mis honorarios a cambio de nada? ¿Para eso he viajado hasta la árida Hispania? Ya te pago diez mil para que la poli me proteja y me deje las manos libres. Quiero que detengáis a ese sinvergüenza y le hagáis pagar con años de cárcel su chantaje.
- Eso está hecho – inclinó Carla un tanto su bello rostro.

Holls sufrió un ataque de euforia.

- ¡Mi guapa niña! La Mata Hari española. Te daré mil besos y abrazos.

Intentó agarrarla, pero la moza se escabulló de su lado.

- Primero te besaré el cuello y los hombros. ¿No te gustaría?
- Creo que no.
- Luego te acariciaría por la barriguita y la cintura, y bien abrazadita te besaría cerca de los pechos mmmm.
- De eso nada.

Holls se echó hacia atrás, viendo que su plan carnívoro en España iba a terminar en fracaso por haber dado con esa niña caprichosa.

- ¿Entonces qué quieres de mí?
- Lince es un hueso duro de roer – dijo Carla –. Sólo crea problemas. Que sean veinte mil por el paquete de mis servicios.
- ¡Pero si quedamos en diez mil! Todos queréis sangrarme en este dichoso país. ¡No sólo los delincuentes, también la policía!
- Esto es confidencial. Si mi jefe el inspector Leiva se entera, nos meterá a todos en chirona, incluyéndote a ti y a tu amiguito Rabadán.

La ira creció dentro de Holls, hasta producirle una buena idea.

- De acuerdo, te daré veinte mil. Pero a cambio, quiero esta noche la cabeza de Lince aquí mismo. Don José Rabadán y yo le daremos su merecido. No me fío de las leyes ni de las autoridades de este país.
- Haces muy bien.
- Y luego nos dedicarás tus encantos en esta cama a Rabadán y a mí, querida Mata Hari española, que estás muy buena.
- Por mí vale – dijo Carla con belleza gélida en su rostro.
- ¿Seguro? ¿O seguirás comportándote como una niña tonta?
- Os haré cosas a los dos a la vez que vais a flipar, ya veréis.

El señor Holls salió desnudo de la cama, fue hasta la caja fuerte de la suite y cogió veinte mil euros. Más que en el dinero, Carla se fijó en el fofo cuerpo envejecido de Holls, que le produjo asco.



Sentado en una terraza de la plaza del Obispo, Lince cenaba disfrutando de la prodigiosa catedral ante él. En una pausa de los buenos mariscos y jamón ibérico, cogió su móvil para hacer una llamada. Era una tarde casi primaveral, aunque aún venían días fríos de invierno. Ya anochecía después, sobre las siete. Los turistas merodeaban, haciendo fotos a los monumentos o buscando un buen sitio para tapear.

Carla Ruiz se acercó por detrás en silencio y apuntó a Lince con su pistola reglamentaria en la nuca. No era la primera vez que Lince sentía ese frío metálico en el cogote, que le hacía poca gracia, sobre todo por lo que significaba: “Si no quieres que te espose y demos un escándalo ante todo el mundo, deja la cena sobre la mesa, levántate calladito y echa a andar despacio delante de mí.”

A falta de perspectiva mejor, Lince lo hizo, con las manos fuera de los bolsillos, pues sabía que Carla era capaz de pegarle un tiro allí mismo si sospechaba que él iba a coger un arma. En una calle más tranquila Carla le explicó que no se preocupara por la cena, pues sería mucho mejor en la suite de Shylock Holls. Luego le preguntó:

- ¿A quién llamabas por teléfono?
- A nadie – repuso Lince –. ¿Por qué?

Carla gruñó y siguió encañonándole con disimulo hasta que llegaron al gran hotel de la calle Larios. En la suite les esperaba Holls, elegante como siempre con su chaqueta de tweed, acompañado por José Rabadán.

Rabadán parecía un bandolero vestido con traje caro del siglo XXI. Tenía patillones, bigote y melena ya con canas. Su porte era orgulloso y engreído. Se notaba que estaba acostumbrado a mandar, a hacer lo que quiso toda su vida, a abusar de los demás impunemente. Y no abusaba más de los débiles porque no quería y no era un completo desalmado, pero de haberlo deseado, las leyes, las costumbres y el sistema se lo hubieran permitido sin rechistar. Esas mismas leyes que embargan el piso a un desgraciado si no puede pagar dos cuotas de la hipoteca.

En cuanto Holls vio entrar de nuevo a la joven Carla sonrió de satisfacción, pensando en el plan que tenía para esa noche lujuriosa, y al ver que Carla traía detenido a Víctor Lince, entre otras cosas para que Rabadán lo viera: así sabría lo que le pasa a quien osara chantajear a su brillante asesor londinense.

- Aquí tiene al chantajista – dijo Carla –. ¿Quiere que le dispare ahora? Le advierto que mi HK no tiene silenciador.
- No – dijo Holls –. Antes de matarlo, espósalo en esa silla ante la cama, para que vea cómo Rabadán y yo gozamos de ti.

El señor Holls era retorcido en la intimidad, a la hora de la verdad sus instintos sacaban su lado mezquino, ante una yegua tierna como Carla Ruiz.

La agente se desnudó despacio y se echó sobre la cama. Los tres hombres la miraban en silencio. Esposado a la silla, Lince se abstuvo de gritar para no romper su única posibilidad. Sólo le quedaba aguantar un minuto más, un segundo más, sin volverse loco entre aquella jauría de elegancia sólo aparente.
Los hermosos muslos abiertos de Carla Ruiz hacían evidente toda su anatomía, invitando al pecado o a la virtud de tentar la vida.

Holls se acercó como una abeja atraída sin remedio por la flor y comenzó a degustar el néctar. Carla ronroneaba como una gata en celo. Sabía que aquello torturaba a Lince, aunque mantuviera su cara de circunstancias.

- Ven tú también – le dijo a Lince.
- Yo no meto la lengua ahí – repuso Lince –. No me fío.

Rabadán también se limitó a mirar al principio, y dejó al delicado Holls darse el banquete. Es lo que tiene la vida, nunca se sabe cómo reaccionará cada cual en el momento decisivo. Rabadán tenía familia y muchas riquezas que perder en esta vida. Sabía bien que los millones, igual de rápido que los tomas, puedes perderlos. Y ya había olido el azufre con el terremoto del escándalo.

Pensó incluso en abrir la puerta y largarse. Pero antes de que cogiera el pomo, irrumpió en la suite la policía, pistolas en mano, al mando del inspector Leiva.

- Señor Rabadán – le dijo –. Queda detenido por evasión de impuestos, lavado de dinero negro, cohecho y desfalco público.

Los agentes se desplegaron por toda la suite, entre ellos Prieto y Castilla, los más fieles del inspector en su lucha contra el delito.

La situación superaba a Rabadán. Ya no sabía qué hacer. Levantó las manos delante de la policía y dijo con voz temblorosa:

- No me hagan nada. ¡Lo devolveré todo y en paz!
- Me temo que eso no será suficiente – le dijo Leiva.

Rabadán se indignó como un perro acorralado.

- ¿Que no es suficiente con devolver lo sustraído? ¿Y qué será lo próximo, meternos en la cárcel?

Leiva le dedicó una risotada sarcástica. Luego se dirigió a Carla:

- Y tú, vístete. Parece mentira que hayas llegado a esto.

Carla pertenecía aún de hecho a esa unidad. Su jefe y sus compañeros ahora la veían desnuda en la cama con corruptos. Sin embargo, Carla se dirigió a Lince, que seguía esposado a la silla con el rostro impertérrito.

- Ahora lo entiendo – le dijo –. Tú estabas en contacto con Leiva. Lo llamaste antes para cerrar la trampa de esta noche, puerco maldito.

Lince no contestó. La policía le quitó las esposas y le dejó libre, pues no tenían nada contra él. Se llevaron detenidos a Rabadán y a Carla Ruiz por corrupción, con el fin de ponerles cuanto antes a disposición judicial.

De modo que, tras la tormenta, Lince volvió a quedar solo frente a Holls en la lujosa suite. El gentleman inglés le dijo:

- Esta vez te has librado, gracias a tus tejemanejes con la policía, pero la próxima caerás tú también, es de lógica. Sin embargo yo seguiré visitando las mejores suites y gozando de todas las Carlas del mundo.
- Te falta lógica parda de la vida – repuso Lince –. ¿Cómo puedes creerte tan listo y ser tan ingenuo en el fondo?

Cuando Holls logró entender esas enigmáticas palabras, ya era tarde. Empezó a sentirse muy mal. Sufrió convulsiones, intentó vomitar, pero no fue suficiente. Cayó abatido por el veneno que Carla había disimulado en la intimidad de su cuerpo y él ingirió sin saberlo en esa trampa placentera de la vida.

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