• Juan R. Mena

    Contraluz

    Pájaros en la Literatura (y VI)

    por Juan R. Mena



MI ACERCAMIENTO A LOS CANARIOS


Mi primer acercamiento serio a los canarios, o sea con ánimo de conocerlos como elementos vivos y melódicos de la naturaleza, fue en casa de Paco Márquez, mi amigo de la arboleada calle Ancha de la Isla.

Aquel mediodía puso en mi panorama diario una partitura musical atípica cuyas notas se movían en el pentagrama de las jaulas.

—Son timbrados españoles, ¿sabes, Juan?

Primera sorpresa: Los canarios no eran amarillos, como mis románticas suposiciones me hicieron creer. Saltaban nerviosos de un lado a otro de la jaula como si un pintor surrealista bosquejase en el lienzo transparente del aire pinceladas verdes.

—Son muy bravíos, pero son finos en el canto, a diferencia de los que aún son silvestres y modulan sin notas regulares-, me dice Paco.

Yo los observo asombrado. Estas pequeñas criaturas se sienten tal vez incómodas con mi presencia.

Paco insiste:

—A pesar de que son inquietos, cuando están tranquilos, cantan que es un contento. Son timbrados, timbrados españoles. Tengo un libro ahí que cuenta cómo de "silvestres" pasaron a "finos" y, más adelante, algunos, en generaciones posteriores, pasaron a "timbrados". El libro me dice también que su canto fue, por fin, reconocido en el X Campeonato Mundial celebrado en Bruselas.

Fíjate en sus patas: son finas, pequeñas y acodadas. Si tienen las patas rectas son descalificados. Fíjate también en el plumaje: está cerrado y ceñido al cuerpo. Ay, como tengan rizos, te los descalifican en un concurso. Y de la cola, ¿qué te puedo decir de la cola? Como verás, la tienen poco abierta. Parece como un pez. Qué cabecita más pequeña y qué elegancia en el cuello, delgado y de tamaño medio.

Me deja sorprendido Paco. Se ve que los contempla con cariño y ya se sabe de memoria sus rasgos. Él me los diferencia bien de los otros canarios: los de postura.

Pero remata su fragmentada descripción, un poco a vuela pluma, diciéndome que los ojos deben ser negros o quizá marrones, porque si son rojos, serían descalificados en un concurso.

Yo le cuento la anécdota de que a dos casas más arriba de la mía hubo un canario "del país", como lo llamaba su dueño. El canto me llegaba, hacia el mediodía, cuando el sol calentaba el balcón y el calorcillo invitaba al pájaro, que éste sí era entre verde y amarillo, a alegrar las ondas aéreas del entorno con sus compases rulados.

Era un juglar del espacio afortunado de calle del casco antiguo, donde parece que la historia se queda adormecida, y despertaba titubeando en la memoria con los cloqueos y las flautas del cantor que alegra un trozo de calle.

En los días de verano, cuando la sombra con viento de levante en calma echa su carpa de alivio sobre la fachada, el canario volvía a sorprenderme, quizás agradecido porque respiraba un aire más de agradecer que el de la plomiza siesta.

Volvemos a la conversación. Paco me indica que nos salgamos fuera del cuarto, asistido por una mitigada luz solar. Paco dispone de una pequeña bibliografía sobre los canarios. A poco de abandonar la estancia, a la que la claridad agasaja ya al mediodía, los canarios agradecen que nos vayamos para iniciar su canto.

—Son tenores-, dice Paco con rictus y voz de satisfacción.

Es cierto. Es un tenor con variedad de notas y de emisión rápida. Su timbre es agudo, como si se oyera a lo lejos el alarido, por un instante, de una piedra de moler.

—Son los más fuertes de los canarios, ¿sabes, Juan? -continúa Paco-. Son más resistentes que los demás a las enfermedades. Por eso tú los has visto con ese porte como de canario de batalla, diría yo. Tampoco se quedan atrás como reproductores.

Cuando salí de casa de Paco, mi noción sobre los canarios había ganado en quilates de conocimiento acerca de estos pequeños animalitos que cantan, y con su canto metálico y alegre colorean la tranquilidad de los inquilinos de una casa, incluso de vecinos próximos. Subí la calle Ancha como nunca lo hice: con un esquema musical en el oído que no olvidaría jamás.

Actualmente mi vecina de piso tiene uno y me recuerda con sus variados giros aquellos otros que engolfaron mi curiosidad, tan bien servida por esos canarios de mi amigo Paco Márquez.

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