• Alfonso Estudillo

    La Voz de Arena y Cal

    En esta España formidable

    por Alfonso Estudillo


-Señor, disculpe... ¿Podría usted darme un cigarrito?
-Sí, hombre, cómo no. Y fuego también, tenga...

El hombre, de unos cincuenta y tantos años, vistiendo un chándal bastante raído, barba larga y cabellera abundante y algo enmarañada, denotaba educados modales y un carácter afable que, además, parecería alegre si no fuera porque se lo impedía la profunda tristeza que encerraba en lo más hondo de sus ojos.

No era la primera vez que me pedía un cigarrillo. Pero, hombre prudente y moderado, no solía hacerlo con frecuencia. Yo, sentado con mi mujer en la terraza de la cafetería donde solíamos ir alguna que otra noche a tomar una copa, lo veía pasar andando parsimonioso hasta detenerse y entrar en el hall de cajeros de la oficina bancaria donde dormía cada noche.

Según me dijo Luis, el camarero, que hablaba con él de vez en cuando, fue empleado de Banca hasta que la crisis -y la falta de ética y profesionalidad de sus directivos- dejó en fuera de juego a la entidad... y a él en mitad de la calle. De eso hacía cinco o seis años. Casado y con dos hijos veinteañeros, aún continuó costeándoles las carreras hasta finalizarlas. Con lo que le quedó de la jubilación anticipada podía haber ido tirando, pero, entre lo que quedaba de la hipoteca del piso, los créditos para acabar los estudios de los niños y la irresponsable negación de su señora esposa a limitar ciertos gastos le precipitó en poco tiempo a la previsible ruina. Tras que los niños se fueran a la búsqueda de futuro -uno a Australia y el otro a EE.UU.-, los continuados reproches y malos modos de la señora acabaron en el Juzgado y con el consiguiente divorcio. Naturalmente, la señora, aduciendo que los hijos seguían con ella, se quedó con la casa, los muebles y su pensión compensatoria. Y el resto de la pensión, embargada por hipoteca y préstamos. Le quedó toda la amplitud de la calle y la inmensidad de los horizontes para él solo.

Una historia que, con ligeras variaciones, se repite en todos y cada uno de la veintena de vagabundos que encuentran cobijo en las diversas entidades bancarias que abren sus puertas en la calle principal de mi ciudad. Y que se extendería a los varios cientos que -temporalmente- consiguen comida y pernocta en los dos o tres comedores o centros de caridad que, afortunadamente, abren cada día sus puertas y cuentan con numerosos voluntarios que dedican a ello fuerzas e ilusiones.

Esta es una historia de la que nadie quiere hablar. Pero, que es real, que existe y vemos como se repite cada día en todos y cada uno de los pueblos y ciudades de esta formidable España. Y no es justo, no...

Vagabundos han existido siempre. Personas desheredadas de la fortuna o desertoras de la sociedad que, por circunstancia diversas, malos hábitos, mala cabeza, mala suerte -muy mala- o, la mayoría de las veces, porque una constelación de circunstancias se confabulan para hacer que el mundo le cierre todas las puertas, han pasado o se han visto obligados a pasar a esa zona mísera y triste de la exclusión total.

Recordamos los clásicos mendigos que solíamos ver de vez en cuando con su hatillo a cuestas y a los que dábamos unas monedas sin ninguna duda ni recelo convencidos de su absoluta y perpetua pobreza. Pero estas personas de ahora, este altísimo número de hombres -y también algunas mujeres- que rumian sus penas en silencio y llenan nuestras calles con los callados gritos de su mísera existencia, no son los mendigos de siempre, los pobres de siempre, aquellos a quienes la vida señaló con el dedo de la pobreza de la misma forma que a otros señala con el dedo de la fortuna. No. Estos hombres no son hombres pobres, ni pobres hombres, son simple y llanamente víctimas engendradas y paridas por la ambición y la codicia de otros hombres, condenados a una no vida por la avaricia y total carencia de humanidad de unos pocos energúmenos tocados por la fortuna y que se sientan a la derecha de aquello que todo lo puede, daños colaterales de una guerra sin cuartel generada por el poder, dirigida por el poder, con el fin único de seguir en el poder, de amasar más poder y para quienes las vidas de los soldados, civiles y todo cuanto se mueva por aquí abajo no tienen más valor que un papel mojado.

Me consta que hay mucha gente que sufre, se preocupa y trata de paliar la miseria de estos desgraciados con toda la infinita bondad que les reboza en el corazón, que trabajan y se afanan por ellos cada día, que se esfuerzan hasta el sacrificio por reportarles un plato de comida, un techo bajo el que dormir y unas palabras que les sirvan de consuelo en su penosa existencia. Admirable acción la de estas personas, buena gente a quienes mueven la bondad, el altruismo y el amor a sus semejantes... Pero que no pueden, no está a su alcance, cambiar el rumbo de estas vidas desgraciadas.

En esta España formidable, de Gobiernos y mandamases con prebendas y sueldos formidables, de políticos con enchufes y sueldos formidables, de estamentos públicos regidos por amigos y amiguísimos con sueldos formidables, de Banca y finanzas con directivos y otros personal de la casa con chollos, momios, gangas y sueldos súper formidables... de tanta gente, en resumen, en la cúspide del poder, dueños únicos y absolutos del bastón y la espada, no hay quien mueva un dedo por evitar este sangramiento que se le hace a la sociedad. Porque no es justo que unos pocos -muchos, demasiados- vivan con todo tipo de lujos y opulencias mientras que otros  -muchos más que demasiados...- no tengan ni un rincón donde caerse muertos.

Pueden que no sean ellos, ni gobernantes, ni políticos, ni cargos públicos, ni banqueros los culpables de esta terrible y anómala situación social. Puede que, incluso, duerman con la conciencia tranquila porque consideran que hacen lo que pueden por remediar o paliar las tantas miserias sobrevenidas con la crisis.

Puede ser... Pero, en tanto quienes podrían remediarlo, quienes ostentan el poder, vivan a todo tren, sobrados de todo, permitiendo que todas estas personas malvivan en tan terribles condiciones, no cabe la menor duda y es obligado reconocer que, como mínimo -sin entrar en otras consideraciones-, carecen por completo de algo tan fundamental como es la sensibilidad, la compasión, la bondad hacia sus semejantes. Ignoran o pasan de la caridad, el desprendimiento, la magnanimidad, el altruismo, la formidable virtud de la solidaridad, la participación afectiva en la realidad que afecta a otras personas.

Si reflexionaran un poco se percatarían del enorme drama que viven estos componentes de la sociedad. Y si realizaran una tranquila introspección abriendo la ventana del alma, quizás encontrarían dentro algunos retazos y muestras de lo que llamamos humanidad. Y puede que, movidos por la más formidable de todas las virtudes, restada a orgullos e indiferencias la superior bondad de una mano tendida a estos sitios donde las hambres, llegaran a sentir la satisfacción, la enorme y formidable satisfacción, de haber compartido el cacho de pan y el racimo de uvas con los semejantes necesitados.

Tendríamos, entonces, la mejor de las razones para decir que España, esta España nuestra, es formidable.

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