• manuel del pino

    Aventuras de Lince

    Complot contra el Papa

    por Manuel del Pino


Con las manos entrelazadas tras la nuca y la cabeza en la almohada, Silvio Caro mostraba su indignación con gritos de acento italiano:

– ¡La situación es insostenible! ¿Quién se ha creído que es? Rompe siempre el protocolo para saludar a enfermos. El Jueves Santo les lavó los pies a los presos. Envía grandes donativos a víctimas de inundaciones. Dice que quiere volver a los orígenes. ¡Pretende ayudar a los pobres! Y ahora investigará el Banco Vaticano.

Silvio era alto, moreno, delgado, con sombra de barba incluso después de afeitarse y vello en el pecho. Un tipo duro, mujeriego y machista, como los de antes, cual Torpedo del siglo XXI. Tenía gancho con las mujeres, incluso sin pagar.

– Anda, no te sulfures, cariño – le dijo Carla Martel a su lado –. Toma otra rayita de coca. Regalo de la casa.

Le acercó una bandejita de plata que cogió de su mesita de noche. Silvio la esnifó con ganas, dejando que invadiera su cerebro. Carla cogió también de la mesilla una botella de whisky escocés añejo.

– No me gusta mezclar – le dijo Silvio –, que luego me voy de la lengua. ¿No serás poli, querida?
– ¿Poli, yo? ¡Ja, ja, ja! Sólo recepcionista de hotel. Por cierto, aún no me has pagado todo esto, que ya es un pico.

Silvio señaló su chaqueta, que colgaba de una lujosa silla. Carla se levantó y hurgó en los bolsillos. Cogió un buen fajo de morados y dijo:

– Te cojo tres mil. ¿De dónde has sacado tanto dinero? Aquí debe de haber 300.000 euros. ¿Se los regalas a tu mujercita?

Silvio Caro agarró su Smith & Wesson de bajo la almohada y apuntó a Carla.

– ¿Quieres que te mate, amor mío? Coge lo tuyo y deja el dinero donde estaba.

La joven lo hizo, pero repuso arrogante:

– ¿Es que ya te han pagado el adelanto por cargarte al Papa o algo así?
– ¡Calla – chistó Silvio guardando otra vez la pistola –, nos puede oír alguien!

Desnuda como estaba, Carla puso las manos en jarras.

– ¡Tú no eres hombre ni eres nada! Ni siquiera has probado el whisky.

Silvio cogió la botella con furia y le dio unos buenos tragos. Él aguantaba todo eso y más, ya vería ese pivón. Luego agarró a Carla Martel por el brazo.

– Mañana quiero una fiestecita en el yate para mí solo – le dijo –. Y espero que estés muy cariñosa conmigo. Me gusta la felación. Empieza ahora, quiero ver cómo lo haces, pero despacito y suavecito.

Carla se volvió obediente. En una pausa del juego, le preguntó:

– ¿Cuándo va a ser?
– ¿El qué? ¡No te pares!
– Lo del Papa. ¿Cuándo lo vas a liquidar?
– ¡Por favor, sigue! ¡No te detengas ahora!

Carla Ruiz se cruzó de brazos mohína como una niña pequeña.

– Si no me lo dices, me voy. Quiero saberlo todo de ti, eres mi hombre.

Silvio meneó la cabeza, resignado a no comprender a las mujeres jamás.

– Pasado mañana – dijo –, durante su próximo paseo por la plaza de San Pedro. El tío va descubierto, sin papa móvil blindado ni nada, y se para con cualquiera. Va de sobrado, empezó demasiado fuerte. Será mi trabajo más fácil. Como matar a un niño. Me acercaré por detrás, le dispararé en la nuca y ya está. Pero sólo alguien con los nervios templados como yo puede hacer un trabajo tan profesional. No creas que es fácil disparar al pontífice en la cabeza en medio de la plaza de San Pedro atestada de fieles. Por eso me contrataron.
– ¿Quiénes? – quiso saber Carla.
– Secreto profesional, preciosa. No lo diría ni bajo tortura.

Carla miró a Silvio casi con admiración y le dijo:

– ¿Cómo vas a huir?
– Lo tienen todo previsto. Incluso si algún imbécil me coge, no habrá problema. Dirán que han sido los rusos, o los chinos, o Irán, o Corea del Norte.
– Y mientras, mi sicario favorito se pega la vida padre en Ibiza.
– Claro. En Italia me seguirían los pasos. Alguien podría descubrirlo todo y estropear la operación para quitar de en medio a ese mentecato. ¿Está contenta la niña? ¿Puedes seguir ahora, viciosilla?
– Sí, ahora sí…



Eivissa era uno de los pocos enclaves de Hispania donde no había crisis, gracias al turismo extranjero. Allí seguían las fiestas casi diarias en las grandes discotecas, los hoteles llenos, las tiendas de regalos concurridas y sus avenidas animadas por coches de gama alta. Algunos jóvenes emprendedores se trasladaron de la península para hacer buenos negocios en el sector del ocio.

Uno de ellos era Víctor Lince, acompañado de Carla Martel. Ese anochecer, Lince había organizado una multitudinaria fiesta en la explanada de Sort. Miles de jóvenes bailaban frenéticos cual antiguas hordas de la tribu y se repartían en las distintas barras, ávidos por beber licores. John Nasky, uno de los DJ más reputados (y más caros) del momento en el mundo, pinchaba las últimas tendencias en electro dance y tecno pop. También asistirían dos ex concursantes del último reality de moda en televisión, que demostrarían su talento firmando autógrafos a la concurrencia y cobrando un buen pico por una hora de dejarse ver.

En la caseta que hacía de despacho improvisado, algo apartado del ruido, Lince hacía el recuento de las entradas y de la caja. Ya estaba acostumbrado a pasar billetes con rapidez entre sus dedos. Esa noche casi diez mil entradas, a 20 euros por persona, cerca de 200.000 euros, sólo de entradas, sin contar los suculentos ingresos por el consumo de licores y de otras sustancias, que siempre reportaban más del doble.

Carla Martel entró como una gata suave y se le quedó mirando.

– ¿Qué quieres? – le dijo Lince –. Estoy ocupado.

Tras una pausa malévola, Carla le dijo:

– Mis contactos en la policía te han investigado. Ya sé por qué usas ese ridículo apodo de Víctor Lince, y cuál es tu verdadero nombre.

Lince dejó de contar billetes, sin darle importancia.

– ¿Ah, sí? ¿Y cuál es?
– Javier Lazo. Es un nombre judío, sefardí para ser más exactos.
– ¿Qué tiene de malo ser judío?
– ¡Nada! Se ve que te gusta el dinero.
– ¿A ti no?
– No cambies de tema. Tus padres son judíos sefardíes que volvieron a España con la democracia. Se instalaron en Albera, el pueblo de Sevilla donde vivían vuestros antepasados antes de exiliarse, porque durante las persecuciones los judíos primero se retiraban a las comarcas más aisladas del país. Tu familia obtuvo la nacionalidad gracias la ley del 2012 para descendientes de sefarditas, pero tú ya estabas volando solo por el mundo para cometer tus canalladas.
– ¿Para qué has venido, además de para insultarme? – bostezó Lince.

Carla le contó el caso.

– Ese pervertido quiere mañana una fiestecita a solas en el yate, antes de volar a Roma para matar al Papa. Me ha pagado tres mil euros, pero he visto que tiene en la cartera trescientos mil.

Intercambiaron una mirada significativa.

– Prepara los manjares más caros – le dijo Lince.
– Tú no comes carne de cerdo, ¿verdad?
– ¿Y tú carne en barra?



Hacía una mañana espléndida en la playa de S’Estanyol, a bordo de El futuro, el yate de 15 metros de eslora que mostraba lo que había prosperado Víctor Lince en los últimos tiempos gracias a su nueva dedicación de empresario turístico.

Carla estaba en bikini. Era un espectáculo verla. Sus curvas brillaban con el sol, en un día caluroso en que todo invitaba a vivir y a gozar.

Bajo la camisa hawaiana de Silvio Caro se notaba el bulto de su arma, que le acompañaba siempre, como la desconfianza y el miedo propios de un buen asesino profesional. Tomó a Carla y la sentó en sus piernas. Sabía que era la chica de Lince, pero razón de más para apropiársela ante sus ojos y humillarle. Cogió a Carla por la cintura y se dispuso a bajar con ella al camarote donde Lince tenía su cama.

– Tráenos el mejor champán – le dijo –, y luego quédate arriba tripulando. No me gustaría que chocáramos con ninguna ballena.

Carla se dejaba hacer. Sonreía embelesada por los encantos del italiano, apoyada la cabeza en su hombro. En esos momentos la sangre fría es clave. Perder los nervios un segundo puede ser un error fatal.
Lince bajó la botella de champán francés de dos mil euros y dos copas en una bandeja. Se encontró a Silvio Caro en su propia cama, magreando a Carla entre sucios besos. La pistola del italiano estaba sobre la mesilla, en parte por comodidad y en parte por la constante alerta. Silvio Caro cogió la pistola con su mano derecha, abrazado como estaba a Carla con la otra mano, apuntó vagamente a Lince y le dijo:

– ¡Sírvenos y vuelve arriba!

Con parsimonia, Lince puso las dos copas sobre la mesilla. Caro volvió a dejar la pistola y a besar a Carla. Entonces Lince estampó la botella de dos mil euros contra la escotilla, sobre la cabeza de Caro. Los cristales le saltaron al italiano a la cara de lleno, y también a Carla, que se echó atrás chillando.

Lince hizo lo mismo con las dos copas, como si fueran proyectiles. Tenía el efecto sorpresa a su favor, pero no podía perder ni un instante. El italiano le miró con estupor, lleno el rostro de cristales y de sangre. Lince buscó el gollete de la botella y degolló con él la garganta de Caro, antes de que éste pudiera coger su pistola.

El chorro de sangre salpicó a la cara de Carla Martel, que volvió a retirarse con asco. Y después, los borbotones oscuros del italiano fueron ensuciando la cama, hasta que Silvio Caro se convirtió en un pelele desarticulado e inerte.

Lince sonrió orgulloso y satisfecho. Carla aprovechó enseguida para registrar el cadáver lleno de sangre, le sacó la gruesa cartera donde estaban los trescientos mil en billetes de los grandes, pues el italiano los llevaba también siempre consigo para custodiarlos, y se los mostró eufórica a Lince como un trofeo.

– ¡Buena la has liado! – le dijo, pero se guardó la pasta.
– Ayúdame a llevarlo arriba – repuso Lince –. Luego limpiaremos todo esto.

Envolvieron a Silvio Caro en las sábanas ensangrentadas. Les costó un buen rato de trabajo y sudores subir el cuerpo por la estrecha escalera del camarote que llevaba a la cubierta. Comprobaron que la preciosa mañana en la mar seguía despejada, sin testigos hasta el horizonte.

Como si fuera un fardo, sujetaron el cuerpo envuelto en las sábanas por los extremos y lo arrojaron por la borda. Luego hicieron lo mismo con el revólver de Caro y con los cristales rotos, tras limpiar el camarote al detalle. El sol resplandecía en los cabellos castaños de Carla cuando dijo:

– Lo has hecho sólo por dinero, ¿verdad? No tienes moral ni principios.
– Por supuesto – rio Lince con picardía.

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